Pequeñas corruptelas sin importancia

Xuan Candano/Director de Atlantica XXII. Un empresario despide a varios trabajadores porque han  bajado sus beneficios. Sus hijos podrán seguir trabajando en el extranjero. 

Un médico retrasa las operaciones de la mañana para  cobrar las peonadas de la tarde, que es como llaman a las horas extras de quirófano. Todo su equipo saca tajada.

Un deportista aclamado por las masas cobra en un paraíso fiscal. Hasta cuando se lesiona.

Un funcionario dice amén a todo lo que le sugiere su jefe político, ilegalidades incluidas: es agradecido, porque le nombraron a dedo.

Un currante se apunta a un sindicato para no dar clavo. No tarda en estar liberado. Y de paso está blindado frente  a los despidos.

Un periodista censura y se autocensura sin problemas de  conciencia. La verdad es que la verdad le importa poco. De algo hay que comer, dice.

Un abogado gana juicios con testigos que mienten, abusa  con sus tarifas de clientes ingenuos y hace la pelota a los  jueces sin recato. Su nombre sólo reluce en una pomposa placa en el portal de su bufete.

Varios directores de centros educativos son reclutados por  su fidelidad al partido para poner un cero en un tribunal a un  compañero que merecía una plaza. No les tembló el pulso.

Un industrial roba material en cada suministro que aporta  a una obra pública. Tiene metido en el ajo al gerente y a varios funcionarios. Algo que no ignoran todos los currantes,  aunque callan. Saben que los chivatos van al paro.

Le debe el nombramiento en un organismo público  precisamente a su soberana incompetencia. Eso no lo puso en su tarjeta.

Un hostelero da gato por liebre y pescado congelado por fresco. Sus camareros curran catorce horas al día y  cobran parte de su sueldo en dinero negro. Todo eso no  sale en la carta.

Un obrero está continuamente de baja: tiene un amigo  médico complaciente.

Un policía local vigila a un conductor, hasta que lo pilla mal aparcado mientras va a comprar el periódico. Es un vecino que le cae mal y al que le cae una multa servida con  chulería y prepotencia. A él no le cae la cara de vergüenza.

Una señorita asciende en su empresa por vía vaginal. No se anda con pijadas.

Mi banquero no se conforma con robar millones en oscuras operaciones especulativas. Me cobra comisiones hasta por tener las pelas en su banco. Y el recibo de la comunidad  sólo lo puedo pagar hasta las once, así tiene más tiempo para seguir pillando. A mí no me dejan montar un banco con los colegas para robarnos entre nosotros.

Un promotor musical consigue contratos porque es amigo  del alcalde, pasa una comisión al ayuntamiento, se queda  con otra y a costa de todo ello las tarifas están absolutamente infladas. Los músicos, encantados, tocan con más alegría tras firmar el contrato. Suena mal la melodía, pero es igual,  la gente baila muy feliz.

Un arquitecto es un mandado de los constructores y firma proyectos horribles con viviendas deficientes que invaden las  aceras y afean la ciudad, burlando la ley cuando el negocio lo exige. En el bar dice que es una víctima del cártel del ladrillo y de la especulación urbanística.

Un juez acumula denuncias por vagancia, dicta sentencias caprichosas y firma los recursos sin leerlos. Eso sí, el domingo acude puntual a la santa misa.

Un fontanero coloca piezas en mal estado y provoca averías intencionadamente. Así nunca le faltan los clientes, a los que cobra generosamente sin emitir facturas ni garantía  alguna. Es lo que se llama un trabajo sucio.

Un exalcalde es recompensado por el partido, cuando los  votantes le mandan para casa, con un puestín en un consejo  de administración de un chiringuito público. De lo que  gestiona no tiene ni idea, pero en cada sesión levanta la mano y un sueldín tonto al menos una vez al mes, aunque a veces se convocan consejos sólo para cobrar dietas. En su casa la llaman la mano de Dios.

Se separa de su pareja, vive a su costa el resto de sus días y no le deja ver al crío, al que educa en el odio y la  mentira. Y cree que el chaval progresa porque lo lleva a  un colegio de pago.

Un prestigioso escritor se brinda al paripé de un rico  editor y escribe una novela premiada de antemano. El  fallo es todo un acontecimiento cultural. La cena fue muy  agradable.

Le dan un carguín y un buen plus para que calle. De su  dignidad nunca más se supo.  Saca la plaza en la Universidad a base de complacer al catedrático, que organiza un tribunal a su medida y deja  en la estacada al mejor aspirante. Toda una lección para los alumnos.

Hoy llego tarde al trabajo, como casi siempre. Es igual, voy a cobrar lo mismo.

PUBLICADO EN ATLANTICA XXII, Nº 13, MARZO DE 2011

1 comentario en Pequeñas corruptelas sin importancia

  1. Sr. Candamo, me gustó el artículo, pero echo de menos alguna reflexión sobre el asunto… no es lo mismo concluir con “la intrínseca inmoralidad del ser humano”, que con “la degeneración de la sociedad autoritario-capitalista”, o con “hace falta mas mano dura”. La conclusión es el diagnóstico, sin ella solo tenemos una colección de síntomas.

    Por otro lado me ha parecido que algunos de los mini relatos – solo algunos – caen en el cliché. A modo ilustrativo aquellos que se refieren a las mujeres: estas solo aparecen como tales (es decir, no incluidas en el masculino genérico) para ilustrar su perfidia: 1) “Una señorita asciende en su empresa por vía vaginal. No se anda con pijadas.” 2) “Se separa de su pareja, vive a su costa el resto de sus días y no le deja ver al crío, al que educa en el odio y la mentira. Y cree que el chaval progresa porque lo lleva a un colegio de pago.” Bueno, en este segundo caso no sé porqué supongo que es una mujer… quizás por el cliché…

    Saludos y ¡¡muchas felicitaciones por su revista!!

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