Ni permiso, ni perdón: el imparable avance del feminismo

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Anita Sirgo, símbolo de la lucha de las mujeres en las huelgas mineras de 1962. Foto / Iván Martínez.

Patricia Simón / Periodista.

Es natural el orgullo que se nota en Asturias por la llamada “huelgona” de la minería de 1962, el primer gran desafío en España al franquismo, que se vio obligado a acometer reformas. Y no solo por aquella rebelión obrera. También porque aquel conflicto, que empezó siendo laboral y terminó convertido en un movimiento de oposición política que se contagió por todo el Estado, abortando el intento del régimen de limpiar su imagen internacional, no habría sido posible sin la contribución irreemplazable de las mujeres de las cuencas mineras. Mujeres que desde el siglo XIX habían trabajado en distintas labores relacionadas con la mina, que habían sufrido las más desalmadas formas de represión fascista por vivir en una zona considerada especialmente combativa y que durante la huelgona se organizaron para hacerla posible.

Sin sus plantones a las puertas de los pozos para evitar que los considerados ‘esquiroles’ entraran no hubieran sido posibles tres meses de paros; sin las octavillas que repartían no se habrían sumado hasta 300.000 obreros de Cataluña, Euskadi o Andalucía a su causa ni se habría convocado una manifestación de mujeres en solidaridad en la madrileña Puerta del Sol; sin sus cortes de carreteras no se habría impedido el transporte rodado; sin sus colectas por los comercios y chigres los mineros no habrían podido seguir en huelga porque los niños y adultos no habrían tenido qué comer; sin sus cuerpos magullados por los golpes de la Guardia Civil ni su resistencia no se habrían hecho eco medios como The New York Times ni la comunidad internacional habría podido saber que el franquismo seguía empleando la tortura contra aquellas personas que osaban pedir un salario que les diera para poder comer.

Hoy, muchas de las nietas de esas mujeres –que en muchos casos sufrían a manos de esos mismos mineros palizas y humillaciones– son mujeres formadas, independientes, orgullosas de su historia y de haber nacido en este pedazo de tierra, pero con la firme convicción de que también ellas tienen que escribir la Historia para que la de sus abuelas, madres y las suyas propias no sean invisiblizadas como las de aquellas mujeres que con los golpes de los culatazos de los guardia civiles, tan frescos como el dolor de la ausencia de los padres enterrados años atrás en las cunetas, salían por la mañana a las calles a clamar por el pan de sus hijos, después de noches rotas por los registros domiciliarios.

La historia de las personas

Y ése es uno de los grandes logros de los feminismos: que ya somos muchas, muchísimas, las que no estamos dispuestas a pedir permiso ni perdón. Ni permiso para ser libres, ni perdón por no ser de nadie, ni permiso para organizarnos en movimientos sociales en los que somos mayoría –como cualquiera que tenga ojos puede ver en asambleas, Plataformas, ONGs, emergencias humanitarias, manifestaciones…–, ni perdón porque nuestro cuerpo sea nuestro y podamos abortar, tener criaturas solas o acompañadas, ser lesbianas, transexuales o bisexuales; ni permiso para reinventar las lenguas y que dejen de conformar una representación del mundo misógina y patriarcal, ni perdón por decir la historia de las personas en lugar de la del hombre o portavozas o miembras. Y, sobre todo, no pediremos perdón por cometer errores en la tan urgente, legítima y ambiciosa misión de construir un nuevo orden social sustentado en la igualdad.

Los feminismos, que son muchos porque para configurar nuevos mundos no se pueden imponer visiones eurocéntricas y coloniales, sino crear espacios de encuentro, han conseguido en estos años que las labores de cuidados mutuos –sin los que la vida sería imposible– empiecen a ser visibilizados, valorados y cuantificados. Han sido los feminismos los que han evidenciado que el sistema neoliberal, diseñado desde una concepción de la masculinidad basada en la competitividad y la productividad industrial, es incompatible con un estilo de vida satisfactorio y sostenible. Han sido las feministas las que han llevado a los Parlamentos las cuestiones más vitales para el 99% de la población: la urgente erradicación de una cultura machista que hace que más de 600.000 mujeres sufran violencia de género en nuestro país y que en los últimos 14 años fueran asesinadas más de 1.000 a manos de sus parejas y exparejas, y 23 niños y niñas a manos de sus padres –solo desde 2013– como forma de tortura hacia sus madres.

También han sido las feministas las que han evidenciado que la pobreza que ha generado la corrupción, la crisis y los recortes en derechos sociales tiene rostro de mujer y de menores. La brecha salarial, el retroceso que ha supuesto para la igualdad de las mujeres la supresión en la práctica de la Ley de Dependencia, la transnacionalización de los cuidados de nuestros mayores, niños y niñas a través de la subcontratación en condiciones penosas de mujeres migrantes… son algunos de los temas que hasta el 15-M estaban enclaustrados en círculos activistas y que ahora, a veces, encontramos hasta en titulares y en mesas de debate político gracias al esfuerzo de esas feministas radicales que tanta displicencia, burlas y ninguneo hemos y han tenido que soportar.

Porque ya no pedimos “perdón por las molestias, pero nos están asesinando”, ni nos conformamos con guardar minutos de silencio por nuestras muertas, sino que organizamos una huelga de mujeres o llenamos Trenes de la Libertad como el que logró paralizar la reforma del aborto del entonces ministro Alberto Ruiz Gallardón. Porque ya no nos conformamos con tener compañeros no machistas, sino que les exigimos que se identifiquen con la ideología que defiende la radical igualdad entre todos los seres humanos, es decir, el feminismo, o dejaremos de oírles cuando nos hablen de derechos humanos, de progresismo o de cualquier cosa que tenga que ver con la defensa de la justicia y la dignidad.

Porque ya no nos callamos cuando un hombre hace un comentario sobre nuestro aspecto físico, ni cuando le hacemos ver que está siendo machista y nos responde, en el mejor de los casos, con un comentario condescendiente o tachándonos de ‘feminazis’. Porque ya no aceptamos que nos traten como a una minoría cuando somos la mayoría de la población mundial, las que sostenemos y reproducimos la vida como amas de casa, agricultoras, ganaderas, obreras, universitarias y profesionales. Porque de las mujeres migrantes hemos aprendido que no puede haber feminismo que no esté atravesado por la lucha antirracista, descolonial y anticlasista. Porque, igual que en 1962 las mujeres de las cuencas hicieron posible con su trabajo la huelgona minera, provocando el aperturismo del franquismo, son ahora otras las que están liderando la batalla contra el régimen neoliberal alrededor de todo el mundo.

En 1962, mujeres como Anita Sirgo o Celestina Marrón lo pagaron siendo torturadas. En la actualidad, decenas de mujeres como Berta Cáceres son asesinadas por su lucha contra el expolio de las multinacionales en países empobrecidos. De su ejemplo bebemos, ancladas a sus raíces florecemos. Entenderán que no será fácil que desistamos.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 55, MARZO DE 2018

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