Plans nos sonríe desde la cabina

El periodista Juan José Plans, recientemente fallecido.

El periodista Juan José Plans, fallecido esta semana.

Quique Faes. Conocí a Plans mal y tarde, cuando aquella sonrisa suya tan leve pero tan luminosa, anticipo a menudo de una tos o un carraspeo, garantía siempre de una escucha no sé si atenta o condescendiente (o ambas cosas al tiempo) sugería que ya lo tenía casi todo hecho. Y algo de eso debía de haber, porque para entonces aquel hombre de cuencas orbitales algo exageradas y frente amplia, cigarro en mano, chaqueta al viento, cierta elegancia natural al subrayar con gestos el más trivial de los comentarios, acumulaba ya casi todos los méritos que hoy adornan sus necrológicas: iba para treinta años que atesoraba su Premio Nacional de Guión Radiofónico, y pronto se cumplirían veinte desde que uno de los premios Ondas reconociera su trabajo en la radio. Había pasado por puestos de importancia en televisión, aunque apenas hablaba de ello.

Mencionaba, si acaso y como de pasada, entre el humo de un pitillo que ya se estaba yendo, que suya había sido la idea de repetir los titulares al final de los informativos de la tele. Creo que lo hacía sin vanagloriarse. Doblaba una servilleta sobre la mesa del restaurante, o intentaba ordenar sin éxito un manojo de llaves que llevaba consigo, y pasaba a otra cosa. La eficacia de un mechero, el ritmo loco de las mareas, un asombro infantil ante el enigmático juego de las motas de polvo que acaban formando una pelusa sobre el suelo laminado de una oficina. Cosas en general asombrosas, por simples.

Cuando conocí a Plans en una cafetería de Viesques, el barrio gijonés donde residía, aún regalaba ejemplares de libros suyos que de repente debían de aparecer por entre las tripas de alguna caja vieja. No sé hasta qué punto era un tipo apacible, pero desde luego lo parecía. Importa traer al primer plano aquel momento: los casi dos años condenados de antemano a no destacar nunca en su biografía, y que de hecho se están obviando en las evocaciones que se escriben estos días. Importan, digo, los apenas veintidós meses durante los que Plans fue director de la edición asturiana del diario en Internet Estrella Digital, adonde debió de llegar más o menos por accidente, porque en ese periodo no ocurrió allí absolutamente nada que pueda acercarse a lo glorioso. Uno tiende a pensar que, si la esencia de las cosas pudiera agruparse en algún lado, seguramente lo haría en esas zonas grises que va dejando el tránsito de cada cual. Zonas como un silencio compartido, el modo en que un par de zapatos dialogan con un felpudo o el escándalo exterior de gaviotas revoltosas en una ciudad donde lo raro es no escucharlas. Nada grandilocuente, ya ven.

Plans callaba a ratos junto a los cuatro redactores que participábamos en aquel artificio, seguía las evoluciones de alguna de esas gaviotas allá afuera o sorteaba el felpudo de la entrada con el mismo paso tranquilo con el que había llegado. Y entre una y otra cosa casi nunca ocurría nada reseñable. A simple vista podía pasar por un hombre indolente; yo no creo que lo fuera. En el microcosmos al que estábamos acostumbrados, el del periodismo veloz y rotundo donde la edulcoración de noticias empezaba a estar bien vista, no encajaban aquellas irrupciones suyas en pleno mediodía para charlar sobre cuestiones que nada tenían que ver con la especie de canódromo donde unas y otros perseguíamos la información, dando vueltas siempre en el mismo sentido, completando cada día, cada mes, cada año, un ciclo que, si no era idéntico al anterior, se le parecía mucho.

Ignorábamos entonces que Juan José Plans había escrito un relato sobre el que después se escribiría el célebre mediometraje La cabina. Desconozco si en su concepción pesó más o menos la idea hobsbawmiana de que los mayores despropósitos del siglo XX (incluyendo como tales los actos de crueldad colectiva) se perpetraron en nombre del procedimiento y la norma, de una rutina en última instancia tan absurda como peligrosa, y de cuya razón nadie sabe dar cuenta. Pero ahí está el personaje de Plans, encerrado de repente en una cabina telefónica, atrapado por una fuerza extraña sin que la ayuda de nadie pueda liberarlo, indefenso ante una suerte de fatalidad. Exagerando un poco -quizá bastante- aquello fue Estrella Digital en Asturias. Un artefacto deficitario informativa y no digamos económicamente, sin sentido claro aparente, al frente del que Plans debió sentirse más de una vez incómodo. Como una extensa zona gris.

Intento sortear la seducción del relato amable, perfecto, que amenaza la credibilidad de este género periodístico menor que es la nota necrológica. Tomo aire. Cierro los ojos. Sonrío al fin y al cabo al recordar aquella sonrisa de Plans, ya dije que leve. Pudiera ser la sonrisa del tipo que, si alguna vez estuvo dentro de la cabina, tuvo la fortuna, o el mérito, o el acierto, de encontrar una salida.

Pudiera ser.

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