Playas vacías

Playa de San Lorenzo en Gijón, objeto de polémica este verano por los comentarios machistas que han tenido que soportar las socorristas. Foto / Patricia Simón.

Patricia Simón / Periodista.

Un día más Safa no irá a la playa con sus niños. Prefiere evitarles las miradas y cuchicheos de a los que les molesta que juegue con ellos en la orilla, con los pantalones arremangados y el hiyab cubriendo su cabello. Le volverá a pedir a su vecina que se los lleve con sus hijos, con los que tan bien se llevan. Ella se quedará limpiando la casa y haciendo la cena.

Leonor agradece que un día más esté nublado y llovizne a ratos. Así su jefa no le pedirá que lleve esta tarde a sus críos a la playa. Da igual que lleve vaqueros y camisa de manga corta. Es como si sus ojos rasgados y su tez morena, frente a la nívea de los infantes, fuesen un luminoso con la palabra “chacha” en su cara. Lo que no saben las maldicientes es que no son sus prejuicios los que la matan, sino el sentimiento de culpa cuando juega con esas criaturas –a las que tanto quiere– por dedicar sus cuidados de madre postiza a otras, cuando las suyas, en la otra orilla de ese mar inmenso, no recuerdan ya sus caricias. Hoy Leonor se quedará en casa, limpiando, planchando, cocinando y arropando a unos niños que espera se duerman pronto para poder conectarse a Skype y conversar con los suyos.

Desiré ha decidido dejar su trabajo como socorrista en Gijón. No está dispuesta a aceptar “la recomendación” por la que tiene que vestir bermudas para “evitar actitudes machistas”. Tiene 18 años y no le da la gana aceptar que la visión de sus piernas y parte de su bañador legitime comentarios obscenos. No es eso lo que le llevan diciendo toda su vida en casa y en el colegio. Se quedará en casa, viendo series y cagándose en todos los que le dijeron que era igual a los chicos.

Antonia nunca ha ido a la playa. Sus niños, alguna vez con excursiones del colegio. Le daría vergüenza bajar con su falda negra, su camisa negra, sus medias negras de luto. “Los gitanos no vamos a la playa”, se dice cuando le asalta la mala conciencia por ver a sus churumbeles asados por la calor a menos de un kilómetro de la mar. “Seríamos el espectáculo de los payos y eso sí que no”, se repite. Ha comprado a sus chiquillos una piscina hinchable porque ellos no van a ser menos. Pero sí son menos, “porque su madre ni siquiera es capaz de llevarles a la playa”, se reprocha. Hoy Antonia se quedará en casa, mientras escucha a sus niños reír y chapotear en el patio.

Elena hoy no pasará la tarde en la playa de su pueblo. Ayer un hombre se masturbó a apenas unos metros de ella que, instintivamente, se puso la parte de arriba del bikini, como si su topless le diera excusas a aquel desgraciado, que la desafiaba mirándola fijamente, para rozarse su miembro. Enfadada consigo misma miró alrededor, buscando cómplices con los que enfrentarse al agresor. Nadie parecía querer meterse en problemas. Terminó recogiendo su toalla mientras le gritaba “guarro”, “enfermo”, para inmediatamente enfurecerse consigo misma por utilizar ese adjetivo. No era un enfermo, ni ella tenía por qué cubrir sus pechos, ni por qué recoger su toalla, ni por qué salir pitando de esa playa en la que había crecido, ni estar pensando que debía haber cogido el coche y haber conducido hasta una playa nudista, el sitio donde realmente se sentía a gusto. Pero hoy Elena no irá a la playa, no tiene fuerzas para ir a un sitio que, siente, se ha convertido en territorio hostil. Pero no consigue sacudirse la pringosa sensación de sentirse una desertora. O la perdedora de una batalla. Pero ella no estaba preparada para entrar en guerra con nadie.

Y así fue como la playa se fue vaciando de mujeres y llenando de clasismo, racismo, sexismo y machismo. Y mientras, algunos las iban tachando de cobardes, de sumisas, de haberse dejado vencer por sus propias inseguridades, de no estar a la altura de los tiempos, de no querer integrarse, desacreditando así sus legítimas razones –incapaces de ponerse en su lugar– y juzgándolas desde un sentimiento de superioridad. Era aquel un mundo en el que sólo valían las mujeres que daban todas las batallas. Habíamos perdido el derecho a elegir cuáles, cuándo y cómo. Juanas de Arco o nada.

No quisieron darse cuenta de que ellos, los biempensantes juzgadores, y no sólo los que las habían expulsado de las playas con sus prejuicios, estaban construyendo así muros de ignorancia y miedos que terminarían encarcelándoles a sí mismos. Y a esa playa vacía la llamarían hogar.

Deja un comentario