Política cultural o casa tomada

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Ana Vega

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

–Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

–¿Estás seguro?

Asentí.

–Entonces –dijo recogiendo las agujas– tendremos que vivir en este lado.

Casa tomada. Julio Cortázar.

Asistimos a un nuevo orden y estado de las cosas, en el que la cultura, como otros tantos elementos, se ha convertido en moneda de cambio pero también en materia de engaño o ficción. Extraordinaria metáfora la que nos ofrece Cortázar en su relato Casa tomada, pues así se define la situación actual. La cultura se ha convertido en una herramienta más, o recurso, del poder para ejercer una manipulación clara y evidente, una zanahoria colocada justo delante de nuestras bocas hambrientas de luz y llenas de sombra. Todos parecen querer alzarse con este hueso tan atractivo que parece domesticar a las masas y que lejos de oponer resistencia —valor y coraje— o rebeldía parece haberse adaptado de un modo extraordinariamente fácil y rápido a esta situación de conveniencia en ambos lados: quien desea un amo que pague y gestione su creatividad asegurando un buen puesto a su derecha (o izquierda) como buen sirviente y quien ve en este momento una oportunidad única de vencer la única arma aún intacta del pueblo, la creación, la imaginación, la palabra, el testigo y testimonio de todo tiempo y toda historia. Y el hueso se divide en partes, formando un esqueleto difuso pero bien establecido en el sistema y orden no natural de las cosas. Dónde queda la rebeldía y la intelectualidad de esta casa, dónde quien la habita realmente, pues nadie se atreve a pronunciar el nombre de quien la toma, pues se comparte la casa y también sus ganancias. Quien se vende también otorga, labor consentida por tanto.

Nace la Plataforma de Defensa de la Cultura y el Libro Blanco pero con sigilo, sin causar demasiado ruido. Al igual que sindicatos y entidades que cuidan tan solo en el papel de ciertos intereses cambian estos por otros, nadie se atreve a alzar la voz, nombrar, pues la ley mordaza se transforma ahora en ley del silencio por omisión. A veces solo es posible lograr cierto grado de empatía desde la barricada. El propio sentido común debería establecer una premisa base: el poder no puede estar nunca vinculado en modo alguno a una actividad que implica la absoluta libertad. Si el poder marca el precio, marca también el discurso. Las políticas culturales de derechas o izquierdas se han convertido no solo en vergonzosa herramienta de adquisición de votos, también en demostración activa de necedad, de una falta de respeto y conocimiento inaudito y, lo que es peor, de una ausencia absoluta de criterio de realidad. En resumen, un juego de las sillas que en cierto modo no se aleja de lo que en otros ámbitos se denomina como puertas giratorias. Se crean comisiones culturales, figuras que asesoran, iniciativas y propuestas, noches blancas con presupuestos que ofrecen un alto y claro insulto a la realidad y tiempos que vivimos, festivales y todo tipo de eventos, sin cuidar lo más importante, quién crea, quién escribe, quién piensa y nos piensa. Transformar a los creadores y creadoras en perros adiestrados es sin duda la apuesta más segura para asegurar el devenir histórico: cambiamos relaciones y ajuste. Cuando el protagonista del relato de Cortázar le pregunta a ella si ha tenido tiempo de traer alguna cosa, ésta le responde que nada: “Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora”. Quizá aún estemos a tiempo, pues la casa no ha sido tomada del todo. Aún.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 45, JULIO DE 2016

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