¿Por qué la guerra es un negocio?

la guerra es un negocio

La guerra es un negocio que mueve millones de euros cada año.

Mario José Diego Rodríguez / Sindicalista jubilado

Karl von Clausewitz, general prusiano del siglo XIX, historiador y teórico de la ciencia militar decía: “La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas con otros medios”. Por ello, supone también la continuación del comercio y de la política económica de las potencias industriales compitiendo entre ellas. Porque es mediante la guerra y una política determinada en relación con el armamento que los Estados más potentes han impuesto su dominación.

La industria armamentística siempre ha estado estrechamente vinculada al Estado. El Estado no es un árbitro imparcial o el representante del interés colectivo, sino una institución política relacionada con la estructura de clases de la sociedad que representa esencialmente el poder de la clase dominante.

La burguesía necesita armas, policía y ejército para defender sus intereses e imponer su dictadura económica al conjunto de la población, si bien ésta no es la única utilización de la industria armamentística. Cada vez más, el poder dominante la utiliza para sostener el sistema económico establecido, razón por la cual, los representantes del Estado se convierten, sin ningún reparo, en representantes comerciales de dicha industria durante sus viajes oficiales.

La industria armamentística siempre ha sido un sector clave para la economía en muchos países occidentales, incluido el nuestro, y siempre ha contado con el apoyo de sus Estados respectivos. Muchos capitalistas han obtenido beneficios gigantescos engendrados por este sector productivo, creando o consolidando así inmensas fortunas.

Los cabecillas de esta industria pueden farolearse de ser los promotores del libre mercado y libre competencia, y aunque estamos viendo hoy que las cosas están cambiando, el amo en materia de producción de armas ha sido, es y siempre será el Estado.

Esta situación no es solo el fruto de las abarrotadas carteras de pedidos de las empresas pertenecientes a este sector industrial, gracias a la eficacia de sus “representantes comerciales” durante sus viajes oficiales, quienes también toman las riendas de dicho sector en caso de fuertes tensiones internacionales y, sobre todo, en caso de guerras.

Los gastos militares mundiales alcanzan aproximadamente 1,7 billones de dólares por año, según el informe anual del Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz de Estocolmo. Si Estados Unidos encabeza muy por delante el ranking mundial, gastando él solo un tercio del total, los gastos de España, ocupando el séptimo puesto de dicho ranking, superan más de 20.000 millones este año.

Que diferentes grupos humanos se declaren la guerra mutuamente no es una primicia propia de la sociedad capitalista moderna. Ya el imperio romano, con su glotonería insaciable a propósito de sus conquistas territoriales, ha sido lo que permitió el alto nivel alcanzado por la organización militar movilizando una parte importante de las fuerzas sociales existentes en esa época. No obstante, con el desarrollo del capitalismo, la producción armamentística alcanzó inigualables y monstruosos niveles.

Desde la Segunda Guerra mundial, el planeta no ha conocido un día sin guerra. El balance es macabro. Citando únicamente las guerras llevadas a cabo directa o indirectamente por las potencias imperialistas occidentales, las cifras dan escalofríos. Empezando por la guerra de Indochina (1946-1954), pasando por la de los Seis Días (1967), y acabando por la de Irán-Irak (2003-2011), – intercalando entre estas Corea, Vietnam, Argelia o Biafra, la lista no es exhaustiva –, son 116.65.000 los muertos dejados en esta secuencia de décadas.

Teniendo en cuenta que todos los partidos del arco parlamentario defienden el concepto de “defensa nacional”, se puede decir que los proveedores de armas tienen garantizados para rato días al Sol. Es una tradición en todos los países, ver a los partidos llamados de izquierda criticar la política armamentística y militar cuando se encuentran en la oposición, pero una vez al mando del ejecutivo, no hay excepción, tienen que demostrar su sentido de Estado y sus responsabilidades defendiéndola.

Para esa izquierda, denunciar el hecho de que cuando la burguesía habla de “defensa nacional”, en realidad está hablando de “defensa de sus propios intereses”, es algo que no tiene cabida en su forma de pensar. Es más, las ocasiones en las que no dudan de arroparse con la propia bandera que los poderosos han establecido como bandera “nacional” no faltan. Una manera como otra cualquiera para demostrar su razonable sensatez.

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