Premio de la Concordia a la UE: una osadía escandalosa

El jurado que falló este año el Premio Princesa de la Concordia otorgado a la UE. Se entrega esta tarde en Oviedo. Foto / Mario Rojas.

Mario José Diego Rodríguez / Sindicalista jubilado.

Por lo visto, la Unión Europea, después de haber recibido en 2012 el Nobel de la Paz con el beneplácito de gente tan distinguida como Felipe González, Ana Patricia Botín o Ignacio Toxo, deseaba este año un nuevo galardón. Su deseo ha sido satisfecho por parte de la Fundación Princesa de Asturias, otorgándole el Premio de la Concordia 2017.

Si en 2012 el Nobel ya era inmerecido –la UE no solo ha sido observadora impotente durante la guerra de los Balcanes, que duró una década (1991-2001), sino que países miembros como Alemania e Italia se declararon favorables a la independencia de Eslovenia y Croacia para ganarse sus favores mientras que Francia e Inglaterra se posicionaban en contra intentando ganarse los de Serbia–, el Premio Princesa de la Concordia no lo es menos.

El premio le reconoce a la UE el mérito de haber contribuido a la difusión de valores como la libertad, los derechos humanos y la solidaridad. Sí, incluso los más distraídos de entre nosotros nos hemos dado cuenta de la alta estima en la que la UE tiene dichos valores.

Además de haber multiplicado en un siglo el número de fronteras por dos, esta Europa “idílica” se ha fortificado detrás de muros y alambradas, en la cumbre de las cuales han añadido concertinas, multiplicando así los obstáculos para protegerse de las víctimas que sus guerras y sus pillajes continuos, a lo largo de la historia, han esparcido por el mundo, hundiéndolas en la miseria. Esta Europa que ha convertido el Mediterráneo y la periferia de sus fronteras en fosas comunes.

La UE está más preocupada por los negocios que puede proporcionar a ciertos países miembros vendedores de armas (Alemania, Francia), mimando las relaciones, los acuerdos y alianzas con países dictatoriales o monarquías absolutas en los cuales la única ley vigente es la impuesta por el poder establecido: sigues la corriente o mueres.

El único logro de la UE, representante supranacional de la burguesía europea –que en ningún caso justifica el galardón otorgado–, es la unión perfecta de los diferentes países miembros para, sin discusión, instaurar una política de austeridad nivelando la legislación laboral por abajo, a fin de incrementar la explotación del conjunto de la clase trabajadora europea. Por una parte, una manera de concentrar la riqueza en manos de una minoría, mientras que por otra se incrementa el deterioro general de las condiciones de vida de la mayoría productora: abaratamiento del trabajo, paro, precariedad y pobreza.

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