Rafael Reig, escritor y periodista: “Se está mucho mejor sin amor”

Rafael Reig en su casa de Cercedilla (Madrid). Foto / Javier López.

Rafael Reig en su casa de Cercedilla (Madrid). Foto / Javier López.

Es misteriosa la sencillez de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963). Escritor, columnista, profesor y librero, ha publicado su undécima novela, Un árbol caído (Tusquets), retrato certero y ácido de la Transición. Charlamos con él en Cercedilla, municipio donde reside, a la sombra y cobijo de un frondoso tilo y en un entorno idílico. Su ya legendaria ironía nos divierte en la misma medida en que nos sitúa ante dilemas fundamentales de la literatura, la cultura y la política.

Texto: Azahara Alonso.

Cada uno de sus libros responde a una pregunta distinta. ¿Cuál era la de Un árbol caído?
Eso lo suelo decir cuando me comentan que cambia mucho mi estilo de un libro a otro. Claro, es porque hay un método distinto para responder a una pregunta diferente. En Un árbol caído la pregunta era “¿Se puede juzgar a los padres?”. Yo creo que no, hay que tratarlos con empatía. Lo digo porque soy padre, claro. Intentaba averiguar qué siente uno con el paso del tiempo con respecto a sus padres y a sí mismo. Creo que hay que suspender el juicio. La novela trata de la suspensión del juicio, no de la suspensión de la incredulidad. No soy muy kafkiano, pero creo que si uno escribe es porque es -o se siente- culpable de algo, siempre.

Decía Flaubert que un escritor no elige sus temas sino que más bien los soporta. ¿Cómo lleva los suyos?
Flaubert lo decía porque lo veía muy bien en los otros, pero eso es como los michelines: uno los tiene, pero no se los ve. No sé cuáles son mis temas. Estoy seguro de que cualquier lector dice “Joder, este siempre escribe de lo mismo”, pero yo no lo acabo de notar. Sí sé que, si leo mis novelas, todas se parecen; aunque no tienen nada que ver superficialmente, en el fondo vienen del mismo sitio. Lo que hay en ese sitio debe de ser una sentina de escombros, algo que prefiero no mirar. Marsé por ejemplo tiene tres o cuatro temas, yo los noto muy fácilmente porque es él y no yo. Tampoco me veo con tripa ni nada, me veo delgadito, bien, guapo…

¿No hay historia sin muerto?
No, no la hay. La novela es el desenterramiento de un cadáver, la búsqueda de un cuerpo en una cuneta, y al final hay que desenterrarlo. Empieza con alguien que está buscando una verdad oculta, ese cuerpo. Hay que sacarlo y cuando lo sacas, por supuesto, está cadáver, no está vivo.

“Soy comunista”

¿Por qué tiene que ser picaresca la novela de la Transición?
Por todo en general: el origen infame, los trucos, el hambre, la ambición… Todas las características de la novela picaresca las cumplen los políticos de la Transición. Digamos que Suárez es más estilo Lazarillo, es un tío más de Tormes, y González es más estilo el Patio de Monipodio de Sevilla. Estos son los que han forjado la España contemporánea, dos pícaros auténticos. Suárez alquilaba la casa de al lado de un ministro para hacer amistad con él, González era capaz de todo, un encantador de serpientes. Yo en la política creo en la seriedad y en la honradez. La picaresca, la política como seducción y mercado es la política capitalista. Soy comunista y creo que se trata del hombre nuevo, de la honradez. Si se cambian las relaciones de producción no es sobre todo por una cuestión económica sino para que tengamos una vida más auténtica y podamos relacionarnos entre iguales.

¿La literatura le da sentido a los hechos históricos? ¿Le da Un árbol caído sentido a la Transición?
L
a narración es una máquina de producir sentido. Cuando alguien te cuenta, por ejemplo, su divorcio, te lo está contando ya con sentido, de tal manera que tú te posicionas a su favor. Narrar es nuestra forma de dar sentido a la experiencia. Lo que me preocupa es que eso tiene algo de falso, al narrar nos explicamos las cosas, pero también las desvirtuamos y convertimos en una construcción algo artificial. Esa aporía de la novela es la que yo quiero poner de manifiesto y la que me interesa discutir: por una parte no podemos vivir sin sentido, pero por otra, la experiencia real no es el sentido. La experiencia real es aceptar la falta de sentido.

Suele decir que “escribir es un acto político”. ¿Qué opina de los que deliberadamente intentan que su novela no tenga un trasfondo político?
No hay acto más político que ese: están a favor de la ideología dominante. Cincuenta sombras de Grey es más político que El capital. Los que pretenden decir que es transparente y que ahí no hay nada más que narración o son tontos de capirote o son chicos listos que quieren hacer creer que esa es la forma natural de ver las cosas, que lo otro viene añadido, que tú lo pones todo desde un punto de vista ideológico. Claro, pero ellos también, lo que pasa que no quieren que se note.

¿Estamos viviendo una segunda Transición?
Sí, además en un sentido muy claro. El argumento de la primera Transición fue la expulsión de la izquierda, se trataba de que el Partido Comunista no tuviera el protagonismo que lógicamente merecía porque fue la resistencia antifranquista. Entonces se creó El País, el PSOE y una opción socialdemócrata aceptable por norteamericanos y por la OTAN. Parece ser que, a pesar de eso, la izquierda seguía viva, no mucho, pero un poquito. Entonces se creó Podemos, que lo primero que hizo fue mandar a casa al 15-M y luego cargarse a Izquierda Unida. Ahora por fin han conseguido que no haya izquierda, que solamente haya una especie de PSOE 2, que es Podemos, y una especie de PP 2, que es Ciudadanos. Son los flecos de la Transición.

Siempre dice que la cultura no está en las cumbres sino en los valles. ¿Y la política?
Soy contrario a la idea de que la política se resuelve en las elecciones. Eso es lo que quieren, que no hagamos política en el trabajo, en las escuelas, en la calle… sino votando una vez cada cuatro años o cuando toque. Yo creo que la política real es un acto de ciudadanía que se ejerce continuamente: en las comunidades de vecinos, en los sindicatos, en las charlas de café, en todos lados, y todos tenemos que participar en la política a diario. Quieren que nos desentendamos, que pensemos que eso no existe. No soy especialmente demócrata, soy más partidario de una democracia popular, comunista. En ese caso la voluntad popular no chocaría con un techo de cristal, pero tampoco nos han dejado intentarlo. La igualdad, el comunismo, es el desarrollo lógico del pensamiento ilustrado: vamos a dejarnos de las iglesias, de las creencias… vamos a utilizar la razón y ella no puede conducir a otro sitio que no sea el “todos somos iguales y todos nos merecemos lo mismo”. Hay que completar la Ilustración, el Siglo de las Luces, el desenvolvimiento final de la razón, que evidentemente no es otro que la revolución. Es irrazonable pensar que un tipo, porque haya nacido en África, tiene menos derechos que otro que ha nacido en Málaga. Cosas tan obvias como esta pasan todos los días y mueren miles de personas luchando contra la sinrazón a la que nos conduce el capitalismo. No podemos estar discutiendo qué cupo de inmigrantes te quedas y encima con rebajas: “No, 2.000 son muchos, yo quiero menos”. La libre circulación de capitales es un hecho, la libre circulación de personas tiene que ser obligatoria. Somos seres humanos. Todo lo demás son tonterías, pero cuesta defender algo tan evidente. ¿Que entonces seríamos los pobres? A lo mejor tendríamos que serlo. Y, desde luego, yo no creo que fuéramos más pobres nosotros, serían más pobre Amancio Ortega, Iberdrola…

La esquizofrenia del PSOE

El ajedrez es el hilo conductor de la historia narrada en Un árbol caído. ¿Quién diría que está jugando hoy contra sus propios movimientos en el ámbito político?
El PSOE. Pedro Sánchez es el retrato de Dorian Gray de Felipe González. En el armario tiene un retrato de Felipe con su cara de gatazo castrado. El PSOE es un partido esquizofrénico. Yo he estado a la misma distancia que estoy de ti con Javier Solana en la Complutense gritando los dos “OTAN no, bases fuera”. Este fue secretario general de la OTAN y bombardeó Yugoslavia, no tuvo ningún empacho en ello a pesar de haberlo hecho en una situación que, luego se ha visto, no era nada clara. Nunca le han juzgado por crímenes de guerra ni lo harán. Yo sugerí esto una vez y me echaron de un periódico.

La política interviene en las relaciones personales, como ocurre con los personajes de la novela. ¿En qué medida?
Influye totalmente en la vida. La idea de que la política es una cosa aparte es una idea de derechas, como el consejo que le dio Franco a uno de sus ministros: “Bueno, amigo, no se preocupe, usted haga como yo, no se meta en política y le irá todo muy bien”. Luego, creo que las relaciones de pareja son relaciones de poder. Hoy nos resulta muy fácil ver cómo el amor cortés no es sino una traslación de la relación de vasallaje de la época feudal y nos cuesta un poco más ver cómo las parejas contemporáneas no son más que una traslación del sistema de esclavitud empresarial de los emprendedores, de los autónomos… Yo creo que el amor no existe, siempre es una transposición de las relaciones de poder que hay en cada momento. Hoy en día todas las relaciones sentimentales son precarias, temporales, sin indemnizaciones, con los ERE… Funcionan exactamente igual que funciona el mercado laboral y están igualmente jodidas. Yo no creo nada en el amor, creo que es una pamplina, la vida de pareja es mucho más. Se está mucho mejor sin amor. En la pareja hay necesidad (y eso es bueno), dependencia, relaciones de poder, conveniencia, compañía, cariño… pero ¿amor? ¿Quién lo necesita? A mí me parece un aburrimiento.

Seguimos pidiendo el cambio, como hace cuarenta años.
A mí me parece un eslogan y no creo en la publicidad. Creo que es una idiotez, no hay ningún cambio. El único cambio posible es la revolución, pero parece ser que este es el año en el que tampoco la hemos hecho. El cambio siempre es lampedusiano, siempre es para que no cambie nada. Un buen ejemplo es el PSOE, que nunca ha cambiado; bueno, para peor, sí. El cambio es lo típico que dicen los maltratadores, los borrachos, la gente que no tiene ninguna posibilidad de hacerlo. La gente normal no habla de ello, cambia y ya está.

¿Qué papel juega la resignación dentro de la política?
En la política hay que tener fe y un corazón insurrecto. Resignarse, no, nunca. Ser realista y decir “no lo hemos conseguido”, vale, pero pensar que no se pueden cambiar las cosas, no, las cosas se pueden cambiar, no es una cosa atmosférica, son como son por las decisiones que tomamos: podemos tomar otras.

Le gusta inventar títulos para novelas. ¿Qué título le daría a la situación política actual y de cara a las elecciones generales?
A las ruinas de Itálica.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXIINº 39, JULIO DE 2015

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