Rafael Reig: Tener razón no da derecho a tanto

Rafael Regir ACImagino que no soy el único que recibe correos electrónicos indeseados y a menudo indeseables (y no todos relativos a la longitud de cierto miembro del cuerpo masculino). Hace poco recibí uno que decía: “Acabo de firmar en Change.org la petición Para que El Corte Inglés, FNAC, Casa del Libro y Amazon.es retiren el libro ‘Cómo prevenir la homosexualidad’. Me parece una iniciativa importante y me gustaría que tú también la apoyases”.

Me quedé estupefacto. ¿Qué me estaban proponiendo? ¿Que colaborara para secuestrar de hecho un libro? Un libro detestable, sin duda, pero ¿querían reclutarme para impedir que se difundiera?

“Detesto su opinión, pero daría la vida para que usted tuviera derecho a expresarla” es una frase que al parecer jamás escribió Voltaire, aunque ya le pertenece, puesto que otros resumieron así su punto de vista. Otros la citan diciendo que darían hasta la última gota de su sangre por defender la libertad de publicar ideas detestables. Semejante estupidez estoy convencido de que jamás la pudo escribir Voltaire. Ni pensarla siquiera. En primer lugar, porque es irracional: ¿de qué sirve dar la última gota, el último chorro o incluso los últimos dos litros de sangre, si con la entrega de los tres primeros litros ya habría perdido uno la vida?

Como fuere, pensé en Voltaire, que se puso a combatir siglos de intolerancia, y me sentí transportado a la Edad Media, la verdadera patria de los españoles cargados de razón. ¿Cómo habría podido alguien pensar en mí como inquisidor voluntario, dispuesto a impedir que la expresión de ideas, por muy inmundas que me parezcan?

Pues porque la intolerancia empieza ya también a formar parte de muchos que se dicen de izquierdas. Me pregunto qué diferencia puede haber entre este individuo que me escribía y aquellos otros que se arrodillaban a la puerta de los cines con pancartas para que la gente no entrara a ver una película de Godard sobre la Virgen.

Conozco la respuesta: el individuo del correo electrónico está cargado de razón y convencido de que a los piadosos en cambio les ciega el fanatismo.

Creo que precisamente contra eso es contra lo que luchó Voltaire toda su vida: tener razón no da derecho a tanto. Y mucho menos derecho a silenciar al otro, aunque no la tenga.

Lo que convierte a alguien en intolerante no es que tenga o no razón, sino su comportamiento ante las razones (o sinrazones) de los demás. Quien intenta impedir que otros expongan sus razones (por muy irracionales que sean) ya ha traspasado un límite, más allá del cual solo está la Edad Media, la Inquisición, la quema de brujas, la represión de los otros.

Por curiosidad, entré en la web que mencionaba el correo electrónico. Había más de cuatro mil personas que ya estaban dispuestas a pedir la retirada efectiva de un libro.

Había otras peticiones. Unos pedían la DIMISIÓN INMEDIATA, con mayúsculas, como si la pidieran a gritos, del presidente del Gobierno. Una solo tenía once firmas: “A los premiados reivindicativos de Los Goya: que subasten sus ropas de lujo para familias desahuciadas”. Otra tenía noventa y cinco firmas: “A la sociedad española: que Ángel Carromero recoja en coche a Yoani Sánchez en el aeropuerto”.

La mayoría, sin embargo, exige dimisiones irrevocables, la disolución del parlamento o trabajo para todos, pero hay demasiadas que lo que pretenden es prohibir a los demás algo con lo que uno no está de acuerdo: que vayan a los toros, que fumen, que lean ciertos libros o que escuchen la música de ciertos grupos.

Salta a la vista que lo hacen con las mejores intenciones, pero ¿no tenía la Inquisición acaso buenas intenciones?

Ya lo sé: la Inquisición no tenía razón. De acuerdo, pero el tenerla tampoco da derecho a actuar como la Inquisición. Suelo citar a Marco Aurelio: la mejor venganza es no parecerse a ellos.

Qué triste que la Ilustración desemboque, a través de la intransigencia, en una nueva Edad Media. Y sin necesidad de bárbaros. Como decía Cavafis: los bárbaros ya están aquí, dentro de las murallas de nuestras ciudades.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 25, MARZO DE 2013.

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