Rafael Reig y la regeneración del periodismo

Rafael Regir AC

Cuando la exigencia social para depurar a la clase política y sus
prácticas corruptas parece ya un clamor, es necesario recordar que no
es menor la demanda de regeneración en el periodismo español, un
aliado imprescindible del desprestigiado poder político. Hay una clase
periodística como existe una clase política, y ambas son activas
colaboradoras y cómplices en relación al proceso de degeneración
que ha convertido a la vida pública española en una auténtica
cloaca.
Cierto es que la mayor responsabilidad, en relación a los medios,
está en lo que se podría denominar “aristocracia mediática”, esos
periodistas con grandes ingresos y escasa ética profesional,
vinculados a partidos o empresas, que tanto contrastan con la
legión de periodistas explotados y desmotivados que pululan por
las redacciones.


La regeneración del periodismo que ya se vislumbra tiene hace tiempo
algunos nombres como referencia. Rafael Reig (Cangues d´Onís, 1963) es
uno de ellos. Escritor y periodista, Reig representa la continuidad de
la mejor tradición mediática española, esa que compagina con brillantez literatura y periodismo, con independencia y  espíritu crítico. Larra se entendería hoy muy bien con Rafael Reig en esta España de los escándalos y los titulares de infarto,  hasta coincidirían en los bares del Madrid cotilla y castizo,
esas excelentes fuentes de información, en contraste con los comunicados
y las ruedas de prensa que alimentan ahora a los medios de mediocridad
y oficialismo.
Reig también es una persona activa y polifacética. Es editor y profesor de literatura, una tarea en la que podría citar a su propia obra, porque es el autor de algunos de los títulos más  significativos publicados en España en los últimos años, como “Sangre a  borbotones” (Premio de la Crítica de Asturias), “Todo está perdonado”  (Premio Tusquets) o “Lo que está escrito”, su entrega más reciente. Trabajó y colaboró en varios medios de comunicación, como El Mundo, ABC, La Voz de Asturias y Público. En la actualidad está en la redacción del digital eldiario.es y colabora con un artículo de opinión en ATLÁNTICA XXII.
Reproducimos a continuación el artículo que publicó en el número
23 de la  revista, aparecido en el pasado mes de noviembre.

Volver a ver solo lo visible

Rafael Reig

Fernando Pessoa le encargó a Alberto Caeiro que escribiera en El guardador de rebaños: “¡Qué difícil es ser consecuente y no ver sino lo visible!”. Así nos hemos pasado la vida, entre la NASA y la CIA.

Cuando éramos pequeños, todo era culpa de la NASA. Lo visible, lo que teníamos delante de los ojos, el colegio, el patio de recreo, la ropa crecedera, las cuestaciones del Domund o las tablas de multiplicar, eso no queríamos verlo, no servía para explicar nada de lo que nos ocurría, no nos resignábamos a que todo fuera tan simple y tan sombrío. Tenía que haber una explicación oculta, ésa era nuestra única esperanza: ¡los experimentos secretos de la NASA! Valían lo mismo para un roto que para un descosido: los huracanes, los OVNIS, la talidomida, la polio, las tardes de domingo que duraban varias vidas, el triángulo de las Bermudas, el cansancio de los padres, todo encontraba su explicación, todo encajaba, si estabas decidido a creer que la NASA ensayaba armas en laboratorios subterráneos y gobernaba en secreto nuestras vidas, ahora llenas de sentido (aunque estuviera oculto). Para el caso, podíamos haber creído en Dios, pero eso estaba descartado: tras la clase de Religión en el cole, ¿quién no prefiere a los científicos de la NASA?

Dejamos atrás la NASA como abandonamos las chapas, las canicas y el chicle Bazooka. Bebíamos cerveza, íbamos a los billares, salíamos con chicas, pero nuestras vidas seguían sin tener sentido y pasábamos demasiadas tardes tristes. Por eso empezamos de nuevo a creer, esta vez en la CIA. ¿Guerras? ¿Te deja una novia? ¿Un golpe de Estado? ¿Te echan del trabajo? ¿Dimisión de Suárez? ¿El GAL? ¿El sida? ¡Todo era turbias maniobras de la CIA! Todo encajaba, todo tenía sentido: en la sombra, la Agencia controlaba el universo y nuestras noches de sábado formábamos parte de una trama invisible que, desde las profundidades, iluminaba nuestras vidas tan oscuras y vacías.

Cuando apareció el diario El País, por ejemplo, no tuvimos ninguna duda de que había sido creado por la CIA. Saltaba a la vista. Eran tiempos revueltos, la única oposición al franquismo había sido el partido comunista, en cualquier momento podía haber una revolución (como en Portugal), así que la CIA necesitaba un periódico socialdemócrata, un “intelectual colectivo” que creara un “sentido común” capaz de impedir cualquier transformación radical de la sociedad. Todo encajaba, hasta su director, Juan Luis Cebrián, al que el último Gobierno de la dictadura nombró director de informativos en la tele.

Claro que, si por algo es legendaria la CIA, es por su afición a la chapuza: casi todas sus operaciones secretas acaban como el rosario de la aurora, desde el Sha de Persia a Noriega, pasando por la transición española y El País, al que la ludopatía bursátil de sus dueños y su afición al capitalismo de casino han dejado en los palos del sombrajo.

Hemos dejado de creer en la CIA, pero aún necesitamos tener fe en algo. Que el resplandor de lo invisible dé sentido a lo que vemos con nuestros propios ojos.

Así ha aparecido la creencia en la economía. La prima de riesgo, Bruselas, el FMI, la productividad, la deuda, la burbuja, el rescate… todo tan esotérico, tan oculto, tan incomprensible como los experimentos de la NASA o las operaciones de la CIA. Pero ocupa el mismo lugar, nos consuela de la vida que llevamos y garantiza que alguna explicación habrá, aunque no la entendamos en absoluto.

Lo que me pregunto es si no vamos teniendo edad para ser consecuentes. ¿Cuándo veremos sólo lo visible? Lo que tenemos delante de los ojos se explica por sí solo: es el capitalismo lo que “non tien igua”.

 

Invisibles, vienen a hablarme las mentiras de los hombres

Ante las cosas,

Ante las cosas que simplemente existen.

Miremos lo que tenemos delante de los ojos, lo que simplemente existe: la explotación, la desigualdad, la injusticia. Que no vengan a hablarnos las mentiras de la mano invisible del mercado.

 

 

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