¿República catalana? Entre la ilusión y el negocio

El independentismo en Cataluña ha ganado la calle. Foto / Lluis Brunet.

El independentismo en Cataluña ha ganado la calle. Foto / Lluis Brunet.

En el último año el auge del independentismo en Cataluña se ha convertido en un asunto esencial para los medios y la opinión pública española. Fue a partir de la gran manifestación de la Diada de 2012, una movilización arrolladora que creció aún más el pasado 11 de septiembre, cuando más de un millón y medio de personas formaron una cadena humana que juntó los Pirineos con el Delta del Ebro. La vía catalana hacia la independencia, que ha recuperado el referente de la báltica de agosto de 1989, ha demostrado, una vez más, que el secesionismo no es solo una construcción propagandística sino un sentimiento profundamente arraigado en buena parte de la sociedad catalana. Por Steven Forti / Historiador.

Para el historiador catalán Josep Fontana el independentismo es “la reacción de una sociedad más cohesionada contra el desmantelamiento de su bienestar”, un proceso que “surge desde abajo y se une a sentimientos identitarios en un cóctel explosivo” y una “reacción regeneracionista contra el sistema autonómico que copió los defectos españoles a escala catalana”. El periodista Antonio Baños, autor de La Rebel.lió catalana, considera al movimiento independentista como una rebelión “contra los oligarcas, los suyos y los nuestros”, mientras que el historiador y ensayista catalán Xavier Casals lo califica como “la manifestación más ostentosa de un descontento territorial”. El secesionismo catalán pone de relieve, según Casals, “un problema de vertebración territorial similar al que plasmó la irrupción de la Liga Norte” en la Italia de los noventa, “ya que expresa la protesta del Norte ante la política fiscal del Estado”.

Las clases medias urbanas

La verdad es que las razones y las causas pueden ser muy diferentes y demuestran la heterogeneidad de la sociedad catalana: la independencia como oportunidad para regenerar el sistema, como la posibilidad de salir de la crisis y de tener un mayor desarrollo económico e industrial, como la única solución a la imposibilidad de encontrar un encaje de Cataluña dentro de España como resultado del giro político de Convergència i Unió. El rompecabezas catalán no tiene fácil solución. Lo que resulta indudable es que la independencia es uno de los pocos o más bien el único proyecto político atractivo en la actualidad para la ciudadanía. El historiador Joaquim Coll ha hablado del independentismo como de “una utopía activa” que ofrece “una imagen romántica”.

También es verdad que, más allá del romanticismo, las clases medias urbanas catalanas apuestan por la independencia sobre todo por razones económicas. La crisis que a partir del otoño de 2008 hizo saltar por los aires la marca España cambió todo el panorama. En este contexto se debe situar también el proceso comenzado por José Luis Rodríguez Zapatero y el Tripartito (PSC, ERC, ICV-EUiA) con nuevo Estatuto de Cataluña y su amarga conclusión con la sentencia del Tribunal Constitucional, que sacó a la calle a más de un millón de personas en Barcelona en julio de 2010. “Las clases medias catalanas que habían crecido mucho en los ochenta y en los noventa -explica el historiador Xavier Domènech, que participa en una nueva alternativa política, Procés Constituent- no ven un futuro para sus hijos y ven esfumarse sus ahorros. Lo de querer un poder propio y cercano es un intento de recuperar un espacio de influencia y de control de ciertos recursos en un momento en que se está produciendo un proyecto de recentralización por parte del Estado”. De hecho no es casualidad que el mutismo de Rajoy respecto a la cuestión catalana se rompa solo cuando habla de la supuesta recuperación económica española. El espejismo del Gobierno del PP es que con la vuelta del crédito y el fin de la recesión la cuestión catalana vuelva en el cauce de antaño.

Demostración de fuerza del catalanismo en el Nou Camp. Foto / Lluis Brunet.

Demostración de fuerza del catalanismo en el Nou Camp. Foto / Lluis Brunet.

El ‘agitprop’ independentista

El giro dado por Convergència en septiembre de 2012 ha supuesto sin duda un cambio de época cuyo desenlace es un verdadero enigma. La propuesta de un pacto fiscal se convirtió de un día para otro en la propuesta de creación de un Estado propio. La movilización masiva dejó descolocadas a todas las fuerzas políticas y Artur Mas, rompiendo con la tradición pactista pujoliana, decidió ponerse delante de la ola con el objetivo de conseguir la legitimidad perdida. El resultado fue todo lo contrario. En las elecciones del 25 de noviembre de 2012, CiU perdió 12 diputados y tuvo que pactar con ERC una hoja de ruta hacia la independencia, mientras que en los más recientes sondeos se augura un posible sorpasso de la formación liderada por Oriol Junqueras. CiU ha decidido jugarse la carta independentista y no parece tener otros ases en la manga. En un contexto de políticas neoliberales basadas en el leitmotiv de la austeridad, CiU intenta cubrir sus pecados (los recortes al Estado del Bienestar y los numerosos casos de corrupción) con los mitos de la independencia. La culpa acaba teniéndola Madrid que impone los recortes, mientras que una Cataluña independiente sería la octava economía de la UE y la tasa de desempleo bajaría al menos un 10%, como declaró hace unos meses el convergente Josep Rull.

Según el historiador Pere Ysàs, la Diada de este año “se inscribe en el marco de una intensa campaña de ‘agitprop’ impulsada por un independentismo muy activo y con un gran apoyo institucional y mediático, cuyo objetivo fundamental es  proyectar interior e internacionalmente la imagen de una Cataluña casi unánimemente partidaria de la independencia”. Una imagen que según Ysàs es irreal ya que los datos disponibles muestran que no existe una mayoría social amplia y sólida favorable a la independencia: “Por ello se mezcla la defensa de la independencia con una fórmula tan vaporosa como el  denominado ‘derecho a decidir’ -presentado como un derecho humano fundamental-, evitando al mismo tiempo apelar al derecho de ‘autodeterminación’ por su compleja aplicación y aceptación internacional”.

Acto del Procés Constituent con la monja Teresa Forcades en primer plano. Foto / Lluis Brunet.

Acto del Procés Constituent con la monja Teresa Forcades en primer plano. Foto / Lluis Brunet.

Procés Constituent

La de CiU no es de todos modos la única novedad en el independentismo en Cataluña. En los últimos tiempos han crecido y han nacido otros proyectos desde las izquierdas, como la CUP y el Procés Constituent. Este último, impulsado a principios de 2013 por el economista y presidente de Justícia i Pau, Arcadi Oliveres,  la monja benedectina Teresa Forcades y por otros intelectuales y activistas de izquierdas como Vicenç Navarro y Esther Vivas, ha recogido ya 45.000 adhesiones. El 11 de septiembre consiguió convocar a más de 4.000 personas para rodear simbólicamente la sede de La Caixa en la Diagonal de Barcelona y el 13 de octubre celebró un acto en la capital catalana en que participaron miles de personas. Según Xavier Domènech, el Procés Constituent “ha evidenciado que hay un espacio político que no está cubierto” y que “hay una crisis de representatividad política”.

El movimiento tiene una propuesta electoral -“ir hacia un espacio político donde confluyen diferentes sectores políticos, sociales y culturales que están en contra de los recortes”- y la propuesta de que “todo ha fallado y que es necesario hacer un proceso constituyente, redefinir las reglas del juego”. Según Domènech, el eje central del Procés Constituent es lo social y no lo nacional: “Si los demás dicen ‘primero la independencia y después hablamos de todo’, en el caso del Procés Constituent se dice ‘primero hablamos de todo lo demás y para hablar de todo esto necesitamos un Estado’. La idea es que no se construye nunca un espacio de soberanía propio si no es producto de un pacto social y cuando no se habla de este pacto social lo que se hace es omitir que se está utilizando la construcción de un Estado propio para hacer otra cosa”. Domènech reconoce que dentro del Procés confluyen sectores claramente independentistas con otros que no lo son, pero todos están dispuestos a hablar de qué modelo de país quieren. “Este diálogo es muy positivo. Es un debate que no está basado solo en la protesta sino también en la propuesta”. No es poca cosa en los tiempos que corren.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 29, NOVIEMBRE DE 2013

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