Réquiem por la palabra en Barcelona-Sants

Viajeros atrapados por los piquetes de huelga en la estación barcelonesa de Sants. Foto / Quique Faes.

Quique Faes / Periodista (Barcelona).

Si las palabras son lo que hacemos con ellas, son también lo que no hacemos. Lo saben el vigilante de seguridad desbordado por los acontecimientos, el mosso d’esquadra que no pronunciará una sílaba mientras todo esto dure, el viajero que ya empieza a asumir con fastidio que no podrá subir al tren hasta la mañana siguiente, y lo sabrá también, muy en especial, el responsable último de una empresa ferroviaria que debería informar a esos cientos de pasajeros de cuál es la razón de que permanezcan varados, pero no lo hace. No hay explicaciones, más allá de una advertencia vaga por megafonía que, además, llega tarde. Si trasciende que una multitud de manifestantes, muy jóvenes en su mayoría, han accedido a las vías del AVE en la estación de Barcelona-Sants, provocando un caos monumental en el servicio de trenes de alta velocidad, es porque algo se escucha allá abajo y las imágenes de la anomalía empiezan ya a correr de uno a otro teléfono móvil. Son las seis de la tarde de un miércoles, y la capital catalana parece desperezarse hacia el final de una jornada de huelga general muy difusa que poca gente ha secundado, en su clásica acepción de no acudir al trabajo. Eso sí, quienes lo han hecho han elegido paralizar los desplazamientos para fabricar la imagen de un país detenido, y lo de Sants es el corolario del día. Hay que admitir que ha sido un buen golpe.

Pero el lenguaje. Desde los andenes vuelan hacia el vestíbulo, escaleras arriba, ecos de una letanía: la Unión Europea debe intervenir, claman los huelguistas, para solucionar un problema que viene de lejos y que de ningún modo podrá resolverse a palos, ni mucho menos encarcelando a un Gobierno casi en pleno. ¿Cien años hará que existen demostraciones en ese sentido? ¿Más? Podría argumentarse que la mayoría de los manifestantes reproduce algo que le han contado, porque son tan jóvenes que su memoria apenas alcanCatza a doblar la esquina, pero el caso es que gritan “¡Presos polítics, llibertat!”, y uno, en su espera, piensa si no estará ahí el meollo del asunto: en sustantivar lo que solo es adjetivo y viceversa, es decir, en hacer un accesorio de lo que debería ser sustantivo. No sería lo mismo gritar, por ejemplo: polítics presos, llibertat. ¿Interpelaría o espantaría eso a más gente?

Una ola terrible de toxicidad lingüística, jaleada desde arriba, consentida e incluso celebrada por abajo, ha ido vaciando las palabras hasta hacer de ellas una suma de balbuceos que ya no nos sirven. Hay que retomarlas, o sustituirlas. No ha pasado ni una hora desde que los viajeros se arremolinan ante el control de seguridad, con el acceso cerrado a cal y canto, y una señora se envalentona: “¡Perros, todos los catalanes sois iguales!”, acusa a los escasos integrantes de un piquete que se ha puesto a gritar lo de presos polítics aquí mismo, en el vestíbulo. Catalanes. Perros. Todos. Uno de esos huelguistas se ha dirigido con desprecio a otro pasajero en tierra, y éste le ha replicado: “Hijo de puta, voy ahí y te ahogo”. Ya está dando pasos para cumplir su amenaza, aunque finalmente no lo hará. Pero por qué habrá escogido ese verbo, tan ligado a la garganta. Acaban de conocerse y ya se reconocen como contrarios de una misma historia con doble relato. Hay más. Un tercer viajero que se dice muy consciente de sus derechos (individuales) ha aprovechado el tumulto para lanzar una arenga muy rudimentaria al resto (esto es indignante, para qué están los Mossos, ahora, empujemos todos juntos, etcétera) y logra que una escasa vanguardia gane unos metros hasta ser consciente de la estupidez del avance: no pasarán del cordón, y aunque lo hicieran no han llegado a Sants, ni llegarán ya, los trenes a los que deberían subir. Nadie viajará ya esta tarde. Los más ruidosos, o en el mejor de los casos los más ingenuos, se muestran incapaces de comprender por qué la policía no desaloja de una vez por todas a los estudiantes y —piensan— se zanja así el problema como quien esconde bajo la cama el polvo recién barrido.

Jirones de tela triste

Es desolador comprobar que, aunque la muchedumbre de viajeros y el pequeño piquete del vestíbulo casi se rozan físicamente, no circula ni una sola palabra en ambos sentidos si no es un insulto. O eso, o un silencio duro y estéril de miradas retadoras, que quizá sea aún peor en la medida en que degrada todavía más cualquier comunicación posible. Tan inservible se nos ha vuelto el lenguaje, tan rutinario, que nadie se mueve del sitio en cuanto una voz anónima advierte por megafonía que la estación va a cerrarse por completo y que todos, pasajeros y huelguistas, deben abandonarla por orden policial, a través de uno de sus accesos. Tan poco se aprecia la capacidad para hablarnos, que nadie ha comparecido, ni lo hará, para explicar de viva voz ante la multitud en aumento qué es lo que está ocurriendo y de qué modo podrán solventarse los inconvenientes causados.

En la Barcelona de los balcones abanderados con metros y metros cuadrados de tela, para alegría de mercerías y sustento de una docena de africanos que esta misma mañana vendían el género en plena Rambla, a poco que se escarbe se encuentra cansancio. Puede ser mayor o menor, según el caso, pero suele ir a parar a un par de lugares comunes que son la impresión general tras la represión (firme o desproporcionada, depende de quién lo cuente) del 1 de octubre y un estado de alteración emocional que tiene que ver con una potente sensación de incertidumbre. Es una lástima. Se palpa la polarización, y eso sin ignorar a una buena porción de la población catalana a la que probablemente no le importaría instalarse en una feliz inopia, bajo una u otra forma de gobierno, con tal de que todo funcione y la vida siga sin mayores contratiempos. En pleno corazón de la patronal de Cataluña, en el fastuoso edificio que el Fomento del Trabajo Nacional tiene cerca de la catedral, sobre la Via Laietana, un operario que trabajaba con una sierra radial se ha pasado la mañana silbando el pasodoble Que viva España con una naturalidad pasmosa. Nadie repararía en ella, bajo otras circunstancias. Pero suenan tambores de anomalía, y llaman la atención gestos que no deberían hacerlo porque el lenguaje y todos sus códigos asociados, en lugar de templar, golpean.

Un runrún de nuevas furgonetas policiales acudiendo a la estación de Sants se mezcla al fin con el chirrido, molesto, de las ruedas de las maletas que los viajeros arrastran en su deambular por las proximidades en busca de un alojamiento para esta noche con la que no contaban. Aunque hay conversaciones a propósito del destino de cada quien, predominan la dispersión y el silencio. Se romperá en unas horas. Los huelguistas contarán mañana que consiguieron su propósito. Los pasajeros regresarán en su mayoría a un Madrid barrido en las últimas semanas por un huracán ultraconservador a propósito de todo esto, y es probable que muchos de ellos alimenten la corriente con el relato de su propia vivencia. Y cómo no reivindicar la palabra, con semejante panorama. Cómo no tatuarse, por ejemplo, versos tan apropiados como los que recita el músico uruguayo Jorge Drexler en una milonga que algo tiene que ver con su colega y antecesor Chicho Sánchez Ferlosio: “La guerra es muy mala escuela / no importa el disfraz que viste / perdonen que no me aliste / bajo ninguna bandera / vale más cualquier quimera / que un trozo de tela triste”. Ha anochecido hace ya un buen rato en Barcelona. Y algo habrá que hacer, porque sí: la ciudad entera se dispone a acostarse —un día más— envuelta, como Madrid, en jirones de tela triste.

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