Revolución portuguesa versus Transición española

Cartel del 40 aniversario de la revolución portuguesa.

Cartel del 40 aniversario de la revolución portuguesa.

El fascismo cayó hace cuarenta años en la Península Ibérica de dos maneras bien distintas. Primero en Portugal por la presión popular, con una revolución democrática y pacífica. Luego en España por la muerte del dictador y con un pacto por las alturas auspiciado por los reformistas franquistas. Caminos diferentes para llegar al mismo sitio: retrocesos democráticos y sociales castigan ahora a portugueses y españoles.

Steven Forti / Profesor del Instituto de História Contemporânea de la Universidade Nova de Lisboa.

En un reciente artículo publicado en El País, Jordi Gràcia escribía que “la Transición es ya el payaso oficial de las bofetadas para casi cualquier movimiento que aspire a proyectar nuevos horizontes”. Las referencias obligadas son el secesionismo catalán y los movimientos sociales, con el 15-M y Podemos a la cabeza. El mito de la Transición española a la democracia se ha venido abajo, casi de golpe, con la llegada de la crisis económica, institucional y política y sus consecuencias. En 2014 ya no son unos bichos raros, o no son únicamente los tradicionales excluidos del sistema, los que están cuestionando desde sus fundamentos la manera en que se gestionó el fin de la dictadura franquista y la construcción de la democracia en España.

Era impensable hace tan solo diez años un concepto, y su éxito mediático, como el de “Cultura de la Transición”, acuñado por Guillem Martínez, en alusión a la cultura consensuada y vertical que ha actuado, desde los años ochenta, como el paradigma cultural unificador de conciencias políticas y sociales en España. Y la Constitución de 1978 es lógicamente uno de los nudos gordianos de todo esto. Suenan muy lejanos los elogios de la Constitución -y por tanto a la Transición- que se oyeron en 2003 al ex presidente Adolfo Suárez. En la actualidad son casi solamente la derecha, y el establishment socialdemócrata, los que reivindican la bondad de la que Casimiro García-Abadillo, en las páginas de El Mundo, define como “esa achacosa ley de leyes [que] ha procurado el mayor periodo de estabilidad política y bienestar económico que ha vivido España en varios siglos”.

Este es el panorama español. ¿Y qué está pasando en Portugal, un país cuyas condiciones sociales y económicas no son tan distintas de las españolas, con un sinfín de políticas de austeridad y con la intervención directa de la troika en el último trienio? ¿En qué manera la sociedad portuguesa está mirando a su pasado próximo, la Revolución de los Claveles y el siguiente proceso de construcción de un Estado democrático después del derribo de la dictadura de Salazar y de Caetano?

Imagen icónica de la Revolución de los Claveles.

Imagen icónica de la Revolución de los Claveles.

Más que una Transición

Las diferencias en el origen y el desarrollo de los dos procesos son fundamentales para entender las últimas cuatro décadas y la situación actual. “La Revolución portuguesa es más que una transición a la democracia. Se producen profundas transformaciones económicas y sociales y se manifiesta un movimiento popular multiforme que busca una transformación revolucionaria de la sociedad”, explica Miguel Pérez, investigador del Instituto de História Contemporânea de la Universidade Nova de Lisboa.

“Contrariamente a una opinión común en el Estado español, el 25 de Abril no es el final de una revolución, sino su inicio”. De hecho, el pronunciamiento del 25 de noviembre de 1975 cierra diecinueve meses de Proceso Revolucionario En Curso (PREC) -una escalada de tensión política y social marcada por fuertes movilizaciones populares que tuvo su comienzo el 25 de abril de 1974- y significa el fin de las opciones de la izquierda del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA). En esos diecinueve meses, y sobre todo después de marzo de 1975, cuando fracasó el pronunciamiento derechista encabezado por el general Spínola -que había sido presidente de la República entre abril y septiembre de 1974-, se dio un impulso al avance de la Revolución con la institucionalización del MFA, las nacionalizaciones (banca, seguros, transportes, energía, sectores industriales de base) y la reforma agraria, con la ocupación de más de un millón de hectáreas, una dimensión equivalente a la colectivizada en la Guerra Civil española.

Antes y después habían acontecido tres hechos clave: la victoria del Partido Socialista (PS) de Mario Soares con el 38% de los votos en las elecciones generales en abril de 1975 -las primeras elecciones libres-, la aprobación en abril de 1976 de una Constitución profundamente progresista, que declaró irreversibles las conquistas del proceso revolucionario, y la victoria de un moderado, el general Ramalho Eanes, apoyado por los grandes partidos, en contra del líder izquierdista Otelo Saraiva de Carvalho, en las elecciones presidenciales de junio de 1976. Un proceso bien distinto del  que vivió España entre la muerte de Franco y la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978. Una Revolución -la de Portugal- versus una Transición -la de España-, para resumirlo en una fórmula sencilla.

Dinero alemán contra el contagio revolucionario

Los acontecimientos portugueses de 1974-1975 influyeron directa e indirectamente sobre lo que estaba a punto de pasar en España. La cronología nos ofrece una peculiar coincidencia: el 20 de noviembre de 1975 muere Franco y solo cinco días más tarde se produce el pronunciamiento de los sectores moderados del Ejército portugués, con el apoyo de socialistas y socialdemócratas, que pone fin al PREC. Cuando está a punto de abrirse un proceso, el español, que será mucho más moderado y “controlado”, se cierra otro, el portugués, que fue mucho más radical. ¿Cuánto pesó sobre todo esto el contexto internacional marcado por la Guerra Fría?

Para Antonio Muñoz Sánchez, investigador del Instituto de Ciências Sociais de la Universidad de Lisboa y autor de El amigo alemán. El PSOE y el SPD de la dictadura a la democracia,  “el temor a un sobrepeso de los partidos comunistas en el Sur de Europa que acabaría con el statu quo entre los bloques y echaría por tierra la estrategia de distensión promovida por el canciller Willy Brandt mediante su Ostpolitik, llevó al Gobierno alemán a implicarse masivamente en Portugal para intentar moderar la Revolución y en España para intentar prevenir un contagio desde el país vecino”.

La preocupación por la situación en España se disparó en Bonn a partir de marzo de 1975. “En Bonn fue madurando la idea de que la clave para una transición tranquila tras la muerte de Franco pasaba, como en Portugal, por la emergencia de una sólida fuerza socialista capaz de competir con los comunistas por el espacio de la izquierda y que aceptase una democratización liderada desde el régimen”, afirma Muñoz Sánchez. A partir de la primavera de 1975 el SPD apoyó claramente al PSOE. “Un apoyo no solo logístico y financiero, sino también político”, según Muñoz Sánchez, en el que tuvo un papel clave la masiva asistencia y financiación aportada por la Fundación Friedrich Ebert en la reconstrucción del PSOE y de la UGT: desde el pago de los alquileres de los locales de los 52 comités provinciales del partido y del sindicato y de los salarios de centenares de liberados en todo el país hasta la organización de centenares de cursos para cuadros del PSOE, la financiación de la puesta en marcha del Centro de Estudios de la Administración, que formó a miles de cuadros municipales del PSOE y dio asistencia jurídica y técnica a los Ayuntamientos socialistas, y la creación en Madrid de IESA, un think tank de inspiración socialdemócrata que realizó informes sobre los temas más variados y que el PSOE utilizó como base para su programa de gobierno de 1982.

Multitudinario mitin de la CNT en Barcelona en 1977. De espaldas, Federica Montseny.

Multitudinario mitin de la CNT en Barcelona en 1977. De espaldas, Federica Montseny.

El 25 de Abril, aún un referente

Los recientes sondeos de opinión muestran una realidad completamente distinta acerca de la importancia que tienen para los ciudadanos españoles y portugueses los procesos de cambio democrático que tuvieron lugar en los años setenta en los dos países. Según un sondeo del CIS de diciembre de 2013, el 73% de los españoles apoya una reforma de la Constitución y el 52,5% está poco o nada satisfecho con ella, cuando solo en 2000 eran el 35 y el 29,5% respectivamente. En Portugal el panorama es muy diferente. Según un sondeo de opinión elaborado por Eurosondagem en abril de este año, el 91,9% de los portugueses califica el 25 de Abril como un acontecimiento importante, el 80,3% considera que el 25 de Abril le cambió la vida y el 79,4% cree que los valores de Abril no son respetados por el actual poder político.

Es decir, como ha declarado a ATLÁNTICA XXII el coronel Aprígio Ramalho, uno de los capitanes de abril y actualmente vicepresidente de la Asociação 25 de Abril [véase la entrevista anexa], los portugueses se sienten representados por la Constitución de abril de 1976 y por los valores de la Revolución y en ellos buscan una referencia y un baluarte frente a las políticas de recortes aplicadas por el Gobierno conservador de Passos Coelho e impulsadas por la Troika. Todo lo contrario de lo que pasa en España.

Pero ¿qué queda, cuarenta años después, del proceso revolucionario? “De las conquistas económicas propiamente revolucionarias poco, en realidad casi nada. La reforma agraria y las nacionalizaciones fueron destruidas, definitivamente, en los ochenta y noventa, con el discurso europeísta habitual como fondo”, dice Miguel Pérez. En 1989 el Partido Social Demócrata (PSD, de centroderecha) de Cavaco Silva, el actual presidente de la República, eliminó de la Constitución un buen número de artículos revolucionarios, en una reforma pactada con el PS.

“Pero -continúa Pérez- cabe señalar que en Portugal, fruto de la Revolución, existe una vinculación sentida entre la dimensión política y social del régimen democrático. El primer Gobierno después del 25 de Abril legisló sobre aspectos fundamentales del Estado del bienestar, con el establecimiento del salario mínimo, pensiones de vejez y los primeros pasos de una sanidad y educación públicas que serían desarrollados después, en la Revolución y en los Gobiernos socialistas. En la Constitución se inscribe aún una visión de los derechos fundamentales claramente progresista y amplia -a título de ejemplo la prohibición del lock-out (cierre patronal) y los derechos de las Comisiones de Trabajadores están allí recogidos-”. Unas conquistan que han sido atacadas duramente por la Troika, con recortes brutales en la salud, el sistema educativo y en las pensiones similares a los que han sufrido los españoles.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 34, SEPTIEMBRE DE 2014

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