Sánchez Ferlosio, el sabio en zapatillas

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio acaba de cumplir 90 años, recogidos en la biografía escrita por J. Benito Fernández.

De Rafael Sánchez Ferlosio se sabe poco más allá de sus libros y artículos, a pesar de su enorme prestigio literario y su reconocida altura moral, cualidades que le han convertido en un referente para lectores y ciudadanos. Ahora sabremos un poco más gracias a El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía. El libro de J. Benito Fernández, editado por Árdora, acaba de salir al mercado. Su autor, que abordó otras biografías de personajes tan difíciles como Leopoldo María Panero o Eduardo Haro Ibars, cuenta en este artículo la dificultosa elaboración de su último trabajo.

J. Benito Fernández / Escritor y periodista.

Antes de nada les diré que este libro es producto de una renuncia. Había comenzado un proyecto difícil y los obstinados hechos me dijeron que debía tomar otro camino para desembocar en la lectura de la obra de Ferlosio. De ahí a tratar de bucear en la vida del siempre escurridizo autor de Alfanhuí transcurrieron unos meses. Al final he pasado cuatro años sumergido en el mundo ferlosiano. Y ustedes se preguntarán qué interés tiene una persona tan sedentaria que pasa el día estudiando, leyendo y escribiendo. Pues precisamente por lo asocial, por sus rarezas -siempre lo he visto en zapatillas de orillo por la calle-, por los conocimientos tan singulares que posee y, sobre todo, por esa prosa himaláyica que practica, despertó en mí un desmedido interés.

Sin embargo, el biografiado no muestra la más mínima disposición ni a relatar ni a que sea relatada su vida. Hijo del ministro falangista Rafael Sánchez Mazas, casado y divorciado de la novelista Carmen Martín Gaite, padre de una de las primeras víctimas de sida en España, su hija Marta, durante muchos años feroz consumidor de anfetaminas, Ferlosio asegura que él no es nadie, que apenas cuenta con amigos y que su existencia no tiene encanto alguno. Se negó a colaborar conmigo rotunda y cortésmente.

Rafael Sánchez Ferlosio, entre otros muchos saberes, es un erudito en hidráulica e hidrografía. Siempre le interesó el aprovechamiento del agua, hasta el extremo de que en 1974, hospedado en Sigüenza, le dedicó un tiempo al estudio de la captura por parte del río Henares de los afluentes de esa comarca. Cómo van discurriendo las aguas, sus configuraciones, tipos de terreno por los que pasan, el caudal, el clima, el régimen de lluvias… El Jarama, novela fluvial por excelencia, se abre y se cierra con una magnífica descripción geográfica del río. El río Jarama es uno de los protagonistas de la novela, como lo fue el Henares en Industrias y andanzas de Alfanhuí o el ficticio Barcial en El testimonio de Yarfoz.

Caza y toros

Desde la adolescencia Rafael fue un gran aficionado a la caza menor y a la naturaleza. Fue muy cazador -de buen tino- y le fascina caminar por el campo. Admira los árboles y, con sus amigos, en las salidas campo traviesa, le gusta hacer el papel de cicerone, apoyado en su cayada. Ha cazado en distintos lugares. Pero sobre todo en Coria (Cáceres), con amigos lugareños o con otros amigos como los pintores Javier Clavo y Álvaro Delgado, con el crítico de arte Ramón D. Faraldo, con los hermanos José Agustín y Luis Goytisolo.

El interés de Ferlosio por el indefenso animal, en el que sobresale el lobo, su verdadero numen, ha quedado plasmado en algunos de sus cuentos: “Dientes de pólvora, febrero”, “Carta de provincias”, “El reincidente” o “De los orígenes del perro”. Ya abunda la presencia de este mamífero en los comentarios sobre Los niños selváticos, de Lucien Malson. No son pocos admiradores los que creen que sus mejores relatos son los protagonizados por los lobos. Hasta finales de los años sesenta Ferlosio cargó con la escopeta al hombro y descargó pólvora y perdigones sobre perdices, conejos, patos, fochas, tórtolas, becadas, zorros… Fue hasta que su hija Marta, de gran ascendiente sobre su padre, le preguntó qué le habían hecho esos animalitos, por qué los mataba. Rafael sufrió un espeluzno y no tuvo más argumento que la renuncia a la caza.

De muy joven, desde los años cincuenta, Rafael Sánchez Ferlosio ha tenido una gran afición a los toros. Ha sido devoto de Rafael Ortega, de Juan Belmonte -“el más grande y el más inteligente de todos”- y de Curro Romero -“uno de los caballeros más elegantes y más educados que han pisado los ruedos españoles”-. En El Jarama hay referencias a figuras del toreo como Cocherito de Bilbao, Rafael Ortega, Belmonte y Manolete. Su madre, la italiana Liliana Ferlosio, tuvo en Coria una ganadería de reses bravas de segunda.

En los años ochenta Ferlosio tenía una tertulia en el sótano del Lums, un barucho sin ningún encanto situado enfrente de la plaza de toros, en la calle de Alcalá 202. Allí se reunía el clan, formado, entre otros, por Demetria Chamorro (su actual esposa), Javier Pradera, Miguel Ángel Aguilar, Ignacio Álvarez Vara ‘Barquerito’, Agustín Díaz Yanes… Así mismo, en mayo de 1980, con motivo de la feria de San Isidro para la que le facilitaron un abono, tenía una columna en Diario 16 a petición de Miguel Ángel Aguilar, director del periódico. Cuando destituyeron a Aguilar, Ferlosio, por fidelidad, cesó en la colaboración. Aquellas columnas fueron muy celebradas, incluso por los críticos taurinos.

Por esos años, una tarde oscura y amenazando tormenta, en una feria de San Isidro, cuando salió el primer toro, que le correspondía a Curro Romero, el respetable montó la bronca y se puso alguacilesco. Un clamoroso griterío invadió la plaza: “¡Cojo, cojo!”. El presidente seguía la escena impávido. Curro en la barrera, el público en pie impaciente y fuera de sí. Entonces Ferlosio, sublime como solo él sabe serlo, cachaba en mano y a voz en cuello, erguido se dirigió a la manada: “¡Dejadle en paz! ¡No está cojo! ¡Es su forma de andar!”.

La anécdota, contada por Fernando Savater, revela muchas cosas, entre otras hasta qué punto Rafael detesta al público taurino. “Los españoles, que ya en la calle son bastante despreciables, se llevan a la plaza de toros lo más despreciable que tienen”, escribió Ferlosio, que asegura tener un escrito de gran extensión contra los toros. Pero es por el respetable por lo que Rafael en la actualidad no es que no profese ninguna simpatía por la fiesta de los toros, es que la odia. No por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres.

Rafale Sánchez Ferlosio es un escritor radicalmente independiente. Foto / Ángel de Antonio (ARCHIVO ABC).

Radicalmente independiente

El autor de Alfanhuí siempre ha sido radicalmente independiente, sensu estricto. Lo sentenció en la década del sesenta Miguel Delibes: “Haga lo que haga -vivir o escribir- lo hará siempre a su aire, desdeñando las rutinas y las convenciones sociales”. Y así ha sido. Ferlosio ha osado enmendar la plana al mismísimo Fernando Lázaro Carreter, lingüista y director de la Real Academia de la Lengua (1991-1998), por poner un caso.

Para Ferlosio, “la doctrina ortodoxa ortográfica y semántica establecida por [el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua] no es, en modo alguno, de obligado cumplimiento: nadie -salvo tal vez determinadas instituciones estatales- está legalmente obligado a obedecer sus prescripciones, como, por ejemplo, la de usar para el ordinal eso tan culto y distinguido de ‘decimocuarto’ en lugar del común ‘catorceavo’”. De este modo Ferlosio, pro domo sua, escribe “el veinticincoavo aniversario de su publicación. Nota: Sic; siempre lo he dicho así y lo tengo por más castellano que ‘duodécimoquinto’”.

Tras la lectura de un texto de Rafael, un buen amigo suyo, convencido de que lo correcto habría sido utilizar en una frase del mismo la locución adverbial “cuanto más”, le preguntó afectuosamente al escritor: “¿Y eso de ‘contra más’?”, a lo que Ferlosio declaró: “Es verdad, tendría que haber escrito contri más, que es como se dice en Coria”.

Rafael Sánchez Ferlosio, como su padre, tiene una curiosidad intelectual inagotable y jamás deja nada al albur. Al contrario: con una prosa sublime indaga hasta lo indecible, acumula precisiones hasta la prolijidad, argumenta y explora con la minuciosidad de un entomólogo. Constantes en su obra son la infancia, la hidráulica, lo fluvial, la polemología, la naturaleza… Le obsesiona la historia, la ética y la teodicea.

“Lo mío no se puede decir que sea ensayo. Son reflexiones, comentarios, observaciones”. Ferlosio expresa su pensamiento de manera literaria y, en opinión de Félix de Azúa, tiene una prosa de sabiduría babilónica. Ferlosio impregna de calmosos razonamientos, de minuciosas argumentaciones, de complicadas cogitaciones, sus prólogos (“En torno al ‘Pinocho’ de Colllodi”), sus oceánicos artículos en la prensa (“Discrepancias ante el V Centenario”, “Notas sobre terrorismo”), sus discursos (“Carácter y destino”), sus conferencias (“O religión o historia”), sus ensayos (Las semanas del jardín, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos) y sus pecios, gérmenes de ensayos todavía sin pulir, verdaderos chispazos de pensamiento crítico.

En todos los géneros, en todas las facetas del escritor, aparece el pensador. Pero “en la obra de Ferlosio no hay un sistema de pensamiento ni una ideología”, como escribió su estimado Tomás Pollán. Sánchez Ferlosio tiene ideas, no tiene ideología, porque, lo dijo él, tener ideología no es tener ideas. Lo mismo elogia a Antonio Gramsci que denuesta a Santiago Carrillo.

Las inquietudes de Sánchez Ferlosio acerca de la pedagogía, el aprendizaje o la instrucción (“Borriquitos con chándal”), las guerras, lo militar (Campo de Marte.1. El ejército nacional, La hija de la guerra y la madre de la patria, God &gun. Apuntes de polemología, Sobre la guerra), la infancia (Alfanhuí, los comentarios y traducción de Los niños salvajes, de Lucien Malson, y Memoria sobre Victor de L’Aveyron, de Jean Itard), se reiteran a lo largo de su obra.

Por aludir a algunos de sus puntos de vista, tiene sus reservas contra la democracia de partidos y antipatía por el neoliberalismo; nada le resulta más chocante que la Teología de la Liberación: ni un santo con dos pistolas, ni la espada o la metralleta entre los instrumentos evangélicos; el individualismo y el egocentrismo moral del objetor de conciencia le inspiran poca simpatía. “Beltranejo fui siempre, beltranejo sigo y beltranejo moriré porque Doña Isabel y Don Fernando empezaron a labrar la destrucción de España”. Las Autonomías le parecen una peste catastrófica: “Ser y sentirse catalán es una decisión abstracta pasionalmente asumida, como ser del Atlético de Madrid o del Real Madrid (y no es que tenga nada yo contra las abstracciones; hacen un papel dignísimo en el órgano del conocimiento, pero no deberían bajar al corazón)”.

Ferlosio conserva la funesta manía de pensar; no es un filósofo, ni de campanario, pero sí un pensador. Un pensador, de indiscutible autoridad moral e intelectual, contra el dogma y la intolerancia.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 53, NOVIEMBRE DE 2017

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