Santiago Alba Rico: Juventud, vejez prematura

Alba RicoEn Totem y Tabú, Freud trató de fijar el esquema de un conflicto eterno entre padres e hijos. Con independencia del contenido de la sociedad o de los cambios que se produzcan en ella, las generaciones están condenadas a chocar: los más jóvenes heredan las ruinas de los viejos, a los que apartan del camino para reproducir, como si fueran nuevos, sus propios escombros. La juventud renueva y prolonga el mundo contra la generación que la precedió.

No me gusta sobrestimar el llamado factor generacional. En realidad, durante la mayor parte de la historia ha jugado un papel muy subsidiario. En sociedades que cambiaban poco o muy despacio, padres e hijos compartían el mismo mundo y se reconocían, de hecho, en el de los abuelos. “Juventud” era una franja de edad asociada a toda una serie de clichés de orden biológico o energético: ímpetu, rebeldía, deseo. En sociedades inmutables, la vida recorría etapas ya establecidas con una acumulación estándar de experiencias, de manera que la vejez se asociaba, por su parte, a clichés de orden moral: sabiduría, autoridad, pragmatismo. Sócrates y Alcibíades o César y Marco Antonio, separados por la edad, compartían la memoria, la tradición política, la experiencia de un régimen moral y cultural que se remontaba a cientos de años atrás.

Pero en los últimos cincuenta años el mundo ha cambiado mucho más, y muchas más veces, que en 1.200 años de civilización romana o en tres milenios de imperio faraónico. Hoy juventud y vejez no son edades diferentes: son mundos diferentes. Los españoles nacidos en 1960 heredamos la memoria de la Guerra Civil, crecimos bajo la dictadura, nos politizamos en la Guerra Fría y, además, escribíamos a mano o a máquina, veíamos dos canales de televisión y mandábamos y recibíamos cartas y telegramas. Los nacidos en 1990, en cambio, piensan en Franco y en el muro de Berlín como en Fernando VII y en la caída de Constantinopla, identifican democracia y mercancías baratas y construyen su percepción del mundo conectados a un flujo de imágenes y sonidos que suplanta a la vida misma -porque es la vida misma-. Los cambios tecnológicos y políticos se han acelerado tanto desde 1990 que los historiadores tendrán muchos problemas para periodizar las últimas décadas; ya no hay generaciones estables; cada generación dura un año, seis meses, incluso solo un día. Como en el mundo ratonil de la Josefina de Kafka, se suceden a tanta velocidad que casi no llegan a cruzarse -ni a instruirse- jamás.

Desde la derrota de la URSS en la Guerra Fría se mantienen apenas dos continuidades. La primera, a nivel global, la hegemonía del capitalismo euro-estadounidense, que se está desmoronando muy deprisa. Nadie puede asegurar que lo que vendrá después será mejor ni, desde luego, capaz de estabilizar las relaciones económicas y geopolíticas durante mucho tiempo. La crisis capitalista abre un campo inédito, sembrado de minas, a las luchas populares, sí, pero sobre todo a las llamadas “potencias emergentes”, cuyo crédito democrático y social ennoblece a menudo el historial criminal de los EEUU. La acumulación y uso de armas con un poder destructivo sin precedentes hace temer, como escribía hace poco Hawking respecto de Siria, si no el fin de la civilización, sí al menos un severo retroceso.

La otra continuidad tiene que ver, en Europa, con las instituciones democráticas surgidas tras el final de la Segunda Guerra Mundial y, en España, tras la muerte de Franco. Nunca se han visto más desacreditadas ni más cuestionadas. Desarboladas por la crisis, con su agudo sarampión de lucha de clases, no ofrecen ya garantías -ni materiales ni políticas- para afrontar el futuro con un mínimo de confianza. En España, de hecho, puede decirse que el campo político se ha abierto por primera vez desde 1976 o, al menos, desde 1982, con todos los riesgos y posibilidades que ello entraña.

Pero hay una tercera continuidad. En Europa y en España solo la izquierda -a veces sectaria, a veces oportunista, pero siempre combativa- ha tratado de mantener el hilo de la memoria entre generaciones. El problema es que ese hilo no enhebraba el mundo. Nuestra memoria de lucha estaba pensada para otra humanidad, y la hemos conservado heroicamente al margen de la sociedad misma. Los izquierdistas nacidos en torno a 1960 no es que no sepamos cómo vive “la clase obrera”; es que no sabemos cómo viven las nuevas clases medias y sus juventudes sin futuro. Tendríamos que hacer un trabajo de campo sobre lo que compran, lo que comen, lo que ven, lo que desean. En cualquier caso, e incluso si entre nosotros hubiera alguna gran figura intelectual, los mecanismos de transmisión se han roto: pretender ejercer algún tipo de magisterio sería condenarse al aislamiento. Objetivamente tenemos poco que ofrecer a las “nuevas generaciones”. Objetivamente, una generación sin maestros es una generación desarmada y desorientada.

Así estamos. En un mundo por primera vez abierto en tres décadas, lleno de peligros, tenemos que resignarnos a la injusticia de que no se acepte nuestro legado y a la necesidad de acompañar, si es que queremos aún intervenir, a un mundo demasiado joven que envejece demasiado deprisa. No sé si podemos o no podemos; lo que es seguro es que no debemos ni retirarnos ni intentar dar lecciones.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 31, MARZO DE 2014

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