Seamus Heaney, poeta:“Tengo la sensación de ser el jefe de la tribu”

Seamus Heaney durante la entrevista en el Centro Niemeyer de Avilés. Fotos / Mara Villanuza

Seamus Heaney durante la entrevista en el Centro Niemeyer de Avilés. Foto / Mara Villanuza

La poesía de Seamus Heaney (Mossbawn, 1939, condado de Derry, Irlanda del Norte) es turbadora y críptica, valiente y poderosa, refrescante y evocadora; deslumbrante lírica que desnuda al poeta al tiempo que evoca unos ancestros, una cultura y una identidad -celta, irlandesa-  que nos invita a repensar la dimensión y profundidad de nuestro propio pasado, con una enorme carga emocional.

El premio Nobel de Literatura de 1995 recibió a ATLÁNTICA XXII en el Centro Niemeyer de Avilés (donde recitó poemas), a escasos  metros de la playa de San Balandrán, lugar al que bien pudo haber arribado San Brendan.

La obra de este gigante de la literatura universal traza la poética sentimental de un mundo que fenece. También la de una contienda política contra la dominación británica en Irlanda que aún perdura. Su dimensión pública, comparable a su dignidad, suponen una resistencia contra la barbarie y la dominación que va más allá de lo literario.

Entre sus libros de poemas más reverenciados resaltan Norte, Muerte de un Naturalista o El Espino-Linterna. Cadena Humana es su último poemario.

En la distancia corta Heaney resulta afable y tímido, e irradia dulzura, ironía y modestia.

Por Carlos Barral Álvarez. Traducción: Jordi Doce, Olaya Brion y Carlos Barral.

¿Qué significa Derry en su universo poético?

Ha resultado esencial a lo largo de mi vida poética pero no solo durante mis comienzos, sino también hoy en día. Crecí, estudié y me crié en Derry, que en gaélico irlandés es Doire (roble). Por cuestiones históricas ha sido y continúa siendo una ciudad separada entre protestantes unionistas y católicos irlandeses; en ella tomé conciencia de la mayoría de las cosas.

Usted ha hecho de la cultura ancestral irlandesa la esencia de su poesía. ¿Le preocupa lo que perdure de ese territorio, de esa ruralidad que desaparece?

El mundo está modificándose; aún así, pienso que la nueva tecnología puede ayudar a preservar la cultura, la música tradicional, a sabiendas de que la calidad de la sociedad y la comunicación entre los artistas y el público está cambiando. Históricamente, gran parte de la música y de las tonadas se ha traspasado oralmente y, en ese sentido, sí que se ha perdido infinidad de material. Desconozco cómo es la situación en Asturias pero en Irlanda existe hoy día una preocupación importante para recuperar y proteger esa cultura oral, siendo conscientes de que está desapareciendo la oportunidad para su pervivencia y, esto, es muy necesario que exista.

Desde su primer poemario y hasta la publicación del último, ¿su poesía ha variado sustancialmente?

Mi escasa inspiración no ha cambiado en este tiempo, continúa agazapada; de la misma manera que la memoria del primer paisaje y el recuerdo de los primeros tiempos continúan configurando el corpus de mi creación. Quizá al principio mi poesía era más directa puesto que, cuando te haces viejo, tu voz se modifica, cambia el registro, la intencionalidad, que adquiere cambios indirectos. En la década de los setenta y de los ochenta el asunto político, la colonización, resultaron cruciales, pero luego, en los noventa y en la del 2000, ahonda mucho más en temas personales, pasa a ser una poesía más luminosa y transformadora.

La lengua de la modernidad

Su poesía desentraña y recrea un territorio y una identidad, y lo hace con una belleza formal espléndida en la cual el lenguaje se acomoda a usted y la naturaleza se convierte en actor protagonista. La ciudad, como espacio principal de este tiempo, ¿le agrede?

La verdad es que vivo a gusto en la ciudad pero en mi cabeza, cómo decirle, no puedo vivir de la misma manera creativa dando vueltas a una rotonda o pensando en el tráfico: no me atrae, no me hace sentir, no me sugiere. Emocionalmente, la lengua del mundo de la modernidad no opera sobre mí. Creo que un escritor tiene que escribir de aquello que le pertenece, de su propio mundo. En mi caso ya es muy tarde para cambiar, ¿no le parece?

Hace años declaró en Asturias que “escribir es un misterio”. ¿Sería descabellado, desde un plano místico, considerar a la poesía una religión y a los poetas sus sacerdotes?

Creo que la poesía y la religión tienen muchas cosas en común porque han tratado siempre de llegar más lejos de lo establecido. Yo mismo tengo un gran interés por lo trascendental y creo que la poesía está en esa dirección, tiende  a ir un poco más allá y, aunque no está orientada por lo que la doctrina quiera predicar, sí que tiene la necesidad de satisfacer haciendo más de lo esperado; por tanto, sí creo que la poesía y la religión tienen algo en común. Hablo, claro está, del nivel poético más alto, caso de Rilke, y, de alguna manera, también Lorca, que, habiendo escrito poesía surrealista, estuvo a punto de tocar lo más sagrado.

Algunos de los grandes gurús de la crítica le sitúan por categoría literaria junto a su paisano Yeats. Además de rotundidad poética comparte con él otras actitudes cívicas y posiciones políticas. ¿Le gusta la comparación?

Yeats es un gran genio, una enorme montaña, mientras los demás tan solo somos pequeñas colinas. Cuando era más joven y descubrí su poesía era halagüeño pero, al hacerme mayor, esa idea se desvaneció. Yo nunca me compararía con Yeats, y creo que nadie debería hacerlo.

Ha impartido clases de literatura y poesía en Irlanda, Harvard y finalmente con una cátedra en Oxford. ¿Qué le ha dado a usted la enseñanza? ¿La añora?

Ja, ja, ¿añorarla? No, no, lo que inicialmente me inclinó hacia la docencia fue el dinero y después, en fin, continué porque era la manera más segura de ganarme la vida.

Tras la concesión del premio Nobel, ¿su vida dio un vuelco radical?

Suelo bromear al respecto: ¿Sabes?, yo era algo famoso antes del premio Nobel. He tratado de ignorarlo lo más posible pero, claro está, Nobel es una de las últimas palabras mágicas que aún perduran en el mundo (risas). Lo que básicamente cambia es la percepción que los demás comienzan a tener sobre ti, que no la tuya propia, y eso sí que es difícil de manejar porque ellos esperan demasiado de ti. He conocido a otros premios Nobel como Joseph Brodsky, ermitaño y pícaro, o Derek Walcott, tan irónico, y creo que ellos tampoco cambiaron en exceso. Aunque han pasado ya años, Irlanda sigue siendo un pueblo familiar, pequeño, igual que lo es Asturias y, claro, tienes la sensación de ser el jefe de la tribu.

De vez en cuando recita junto al gaitero Liam O´Flynn, con quien ha editado el disco The Poet & The Piper. ¿Le parece necesario devolver la palabra poética a su lugar de origen, hacerla descender de ese estrado para minorías en el que se ha situado?

Me satisface poder decir que tengo una buena audiencia cuando recito poesía. En este caso, he de decir que son dos tipos de audiencias diferentes, el de la poesía y el de la música, aunque en Irlanda éstas no se encuentren demasiado alejadas. Yo tengo allá a mis propios seguidores lo mismo que los tiene él. La calidad y potencia de la gaita irlandesa es tal que abre, prepara y propicia el terreno para la posterior llegada de la palabra poética. Suelo usar la analogía siguiente: La gaita es la artillería y la poesía, la infantería. Aunque evidentemente, en estos recitales siempre se corre un riesgo…

He leído que admira a Machado y también a Lorca. ¿Conoce bien la poesía en lengua española?

La verdad es que no, muy poco; tengo que decir que soy un auténtico ignorante al respecto. Sí he leído algo a Gamoneda; también me gusta su persona.

¿Le fluye la poesía en estos momentos? ¿En qué está trabajando actualmente?

Como suele decirse me encuentro esperando la inspiración celestial. Estoy tratando de acabar la traducción del libro sexto de La Eneida, el descenso de Eneas a los infiernos, con el cual llevo mucho tiempo entre manos, eso sí, un poco obsesionado, conque pocos cambios… (risas).

Supongamos que algún joven poeta lee esta entrevista. ¿Qué consejo le diría el vate que ha conseguido todos los honores?

Que lea; que encuentre al poeta interior que le conmueva para estar excitado, aquello que le da vida y le inspira para escribir sobre lo que realmente le interese. En cualquier caso, resulta muy difícil dar algún tipo de consejo…

Foto / Mara Villanuza.

El Nobel irlandés mantiene una relación afectiva con Asturias desde hace muchos años. Foto / Mara Villanuza.

Las dudas sobre la autodeterminación

A lo largo de su trayectoria usted no ha obviado el conflicto norirlandés, el cual ha padecido de lleno y ha impregnado parte de su obra. ¿Qué momento atraviesa ahora el proceso?

Está mucho mejor de lo que estuvo en sus comienzos. Se han creado instituciones que integran las diferentes facciones, así que en ese sentido sí que ha mejorado, pero, en lo relativo a la vida cotidiana de la gente, permanece una energía con sectarismos que no cambia.

¿Está a favor del derecho a la autodeterminación de los pueblos?

Hace años hubiese dicho que estoy a favor de la autodeterminación sin dudarlo pero, ahora, no estoy tan seguro. Irak es más que un país con tres o cuatro etnias, en Chechenia, lo mismo, incluso en Irlanda… No lo sé.

A los 74 años, ¿vive usted en paz con su obra poética? ¿Y consigo mismo?

Bien, dos preguntas que demandan dos respuestas, así que, como diría la canción norteamericana: Necesariamente sí y, bueno, qué otro remedio me queda … (Más risas).

¿Mantiene algún tipo de diálogo constructivo con la idea de la muerte?

No sé si se puede establecer ese diálogo pero, evidentemente, yo a estas alturas estoy mucho más cerca de ella (traduce una parte del fragmento de La Eneida). Incido mucho sobre la  mortalidad en mi último libro lo mismo que en Norte, en el que también hay diversas referencias al respecto. Admiro especialmente cómo se enfrentó Yeats a ella, cómo llevó el arte y la vida en paralelo para combatirla. Una especie de reivindicación orgullosa contra la muerte.

En el año 2005 usted participó en la Selmana de les Lletres en Oviedo y apoyó públicamente la cooficialidad del asturiano. Varios lustros después, nuestra lengua se desangra. ¿Cómo es la situación actual del irlandés y, en segundo lugar, qué les diría usted a los que tienen capacidad de tomar medidas efectivas contra este genocidio cultural?

El uso de la lengua irlandesa desciende en las zonas gaélico hablantes pero también es verdad que en los años setenta hubo una especie de apartheid. El irlandés es lengua oficial y esto perjudicó a los que únicamente sabían inglés, aunque esta sea una lengua omnipresente y muy fuerte. Y el irlandés se ha disociado de un territorio específico, ha dejado de pertenecer a un grupo demográfico concreto y se ha urbanizado: tengo una nieta en Dublín que acude a un colegio que imparte asignaturas en gaélico. Por otro lado, la relación entre la poesía en gaélico y la irlandesa es ahora mucho más permeable e incluso hay poetas que actúan en Norteamérica recitando en gaélico e inglés. La traducción es a mi juicio fundamental para capturar nuevas audiencias. El único consejo que puedo dar es que el asturiano se enseñe, sin duda es lo mejor para su futuro.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 26, MAYO DE 2013.

Deja un comentario