Seis meses encarcelado por un cómic

Ramón Esono trabajando en Madrid.


Bernando Álvarez-Villar
/ Periodista.

Ramón Esono Ebalé (Micomeseng, Guinea Ecuatorial, 1977) sabía que era una persona non grata para el régimen de Teodoro Obiang, el más longevo de los dictadores en activo tras 39 años en el poder. Este ilustrador y dibujante de cómic, “artivista” -como le gusta definirse-, huyó de su país en 2011 y no volvió a pisarlo hasta septiembre de 2017: su pasaporte había caducado y no le quedaba más remedio que volver a Guinea Ecuatorial. Decidió correr el riesgo y su amigo Donato Ndongo, máximo exponente de las letras guineanas, periodista y disidente exiliado en España se lamenta ahora: “Le advertí que no volviese”.

El 16 de septiembre Ramón salió a comer en Malabo, capital del país, junto al Coordinador de la Cooperación Española en Guinea y un profesor del Colegio Español (conviene recordar que Guinea fue colonia española hasta 1968). Al salir del restaurante, situado en una céntrica calle de la ciudad, les abordaron tres individuos que se identificaron como miembros de la Seguridad del Estado. Tras quitarles los teléfonos y ponerles las esposas les montaron en coche para llevarlos a la comisaría central. Los agentes la llaman “Guantánamo”.

La “Dirección General Adjunta de Lucha contra la Delincuencia y el Terrorismo” ocupa una habitación en la segunda planta del edificio, y allí son conducidos los tres detenidos, ya sin esposas, para ser interrogados. A los dos españoles los despacharon rápido, apenas unas preguntas sobre quiénes eran y de qué conocían al dibujante. Para Ramón las cosas no fueron tan fáciles. Los agentes le preguntaron por sus dibujos, le reprendieron por sus textos críticos con el régimen y le amenazaron con juzgar sus caricaturas del presidente como calumnias. “En China o en Corea te habrían cortado la cabeza”, le advirtieron.

Los españoles fueron puestos en libertad a las pocas horas con la promesa de que pronto Ramón se uniría a ellos. La verdad no fue esa, y el dibujante fue trasladado a la temida prisión de Black Beach, una de las cinco más peligrosas del mundo según la revista Foreign Policy y objeto de varios alarmantes informes por parte de Amnistía Internacional. “Decir Black Beach es decir muerte. Cuando un preso llega a esta cárcel, su familia comienza a preparar el ataúd”, tiene dicho el opositor Severo Moto, que pasó largas temporadas en ella.

“Será lo que Obiang quiera”

Tres días después de la detención de Esono, el 19 de septiembre, está emitido el auto judicial al que ATLÁNTICA XXII ha tenido acceso. “Resulta bastante evidente que se trata de un burdo montaje, las acusaciones son absolutamente falsas y no tienen ningún sentido. Cualquiera que conozca a Ramón sabe que es imposible que pueda cometer delitos de este tipo”, sentencia Eloísa Vaello, la mujer del dibujante. El auto no le imputa a Ramón un delito de calumnias o difamación, sino que le acusa de falsificar un millón de francos CFA (una moneda común de catorce países africanos) y de blanqueo de capitales.

Una imagen de la campaña en apoyo a Ramón Osono, de Miriam Zabalegui.

“¡Ni siquiera tienen imaginación para inventar una buena historia!”, se burla Ndongo: “La verdadera causa de su detención es su novela y sus declaraciones sobre el régimen de Obiang. Es una venganza contra él. Quieren demostrar quiénes son, ese es su razonamiento: así piensa Obiang y así piensan sus funcionarios”. El telediario de la televisión pública guineana, un cortijo en manos del clan Obiang, mostró al detenido frente a fajos de billetes que, aseguraba, habían sido hallados por los agentes en el coche de Ramón.

Tutu Alicante es otro desafecto al régimen guineano que atiende a ATLÁNTICA XXII desde su exilio en Estados Unidos. Allí dirige EG Justice, una ONG para la defensa de la libertad y los derechos humanos en Guinea Ecuatorial que ha sulfurado al mismísimo caudillo: “Gente como Tutu Alicante son los que yo digo que son los traidores”, dijo Obiang en un discurso público en 2015. “Las leyes en Guinea son irrelevantes, no se cumplen”, explica, “al final hacen lo que les da la gana, por eso es difícil predecir lo que va a pasar. Como es un montaje puede pasar cualquier cosa, depende de lo que Obiang quiera”. Ndongo respalda sus palabras: “En Guinea Ecuatorial no hay lógica, todo es puro capricho”.

Ramón lleva ya casi seis meses en prisión y sus abogados se están encontrando con un terreno minado que zancadillea la defensa del artista. Los letrados han solicitado la comparecencia de los policías que acusan a Ramón de blanqueo: solicitud denegada. Nadie de su familia confía en el proceso judicial: “Hasta ahora ha sido absurdo”, resume su esposa. Mientras tanto, Ramón capea como puede las penalidades de una de las peores cárceles del mundo. En diciembre pasó varias semanas enfermo, con vómitos, diarrea y problemas respiratorios a causa de una excesiva inhalación de gases lacrimógenos, utilizados por la policía para sofocar una revuelta en el penal. “Sabemos que no ha sido físicamente torturado”, señala Tutu Alicante, “pero de que Ramón está sufriendo en la cárcel no cabe duda”.

Ramón Esono volvió a Guinea el año pasado y ya no pudo regresar.

Una historia de tiranías

La sátira ha echado mano con asiduidad de un recurso que le permitía burlar la roma inteligencia de los censores: representar al objeto de su crítica (reyes, obispos, emperadores, presidentes) en el cuerpo de un animal para dificultar la identificación del personaje. Así Orwell en Rebelión en la granja, que hizo de Stalin un cerdito orondo y mandón, y ya mucho antes Esopo y La Fontaine en sus vitriólicas fábulas. Pero Esono fue mucho más benevolente con Obiang, a quien no convirtió en cerdo, en lobo ni en zorro.

En La pesadilla de Obi, la novela gráfica que ha irritado a las autoridades ecuatoguineanas, el todopoderosísimo Obiang se despierta una mañana convertido en un ciudadano corriente y moliente, obligado a vivir en la miseria y la servidumbre impuesta por el partido en el poder. Y eso excede todo lo que el sátrapa puede tolerar: “Obiang es un fanfarrón, solo quiere que la gente le alabe y hable bien de él”, asegura Ndongo, que ha pasado largas horas conversando con el dictador y conoce de cerca su megalomanía.

Según el informe anual de Reporteros Sin Fronteras, Guinea Ecuatorial ocupa el puesto 171 de 180 en la clasificación mundial de la libertad de prensa. “Siguen sin existir medios independientes que puedan ser fiables. Obiang Nguema ejerce una severa censura sobre los medios estatales que hace imposible la crítica política”, se lee en el documento de la organización. Y así lleva siendo desde 1979, cuando Obiang derrocó mediante un golpe de Estado a su tío Fernando Macías, un dictador tan sanguinario y despótico como luego ha demostrado ser su sobrino.

La libertad no es un bien muy preciado para el Gobierno de Guinea Ecuatorial, que lleva casi cuarenta años sosteniéndose a base de purgas, ejecuciones, torturas (la cárcel en la que Ramón está preso, que el propio Obiang dirigió con mano de hierro durante la dictadura de su tío, es tristemente famosa por ello), persecución de disidentes, juicios farsa, censura y elecciones amañadas (el partido del régimen, el Partido Democrático de Guinea Ecuatorial, no ha obtenido nunca menos del 90% de los votos).

En la década de l1980, la comunidad internacional empezó a condicionar su ayuda para el desarrollo a una apertura democrática y al respeto a los derechos humanos. Pero entonces apareció el oro negro y desapareció la presión internacional. No cabe duda de que el petróleo supuso un balón de oxígeno que apuntaló la dictadura y la volvió más “respetable” a ojos del mundo desarrollado.
En 1993 se descubrieron reservas petrolíferas en aguas territoriales de Guinea Ecuatorial, que a día de hoy aún es capaz de exportar 400.000 barriles diarios. Su PIB se multiplicó por diez en apenas seis años pero apenas repercutió en el bienestar de la población: Guinea Ecuatorial es hoy el país que presenta una mayor diferencia entre el puesto que ocupa según su PIB per cápita (superior al de Israel o Portugal) y su posición en la lista del Índice de Desarrollo Humano (el 135 de 188). Mientras tanto, Obiang y sus allegados se han llenado los bolsillos trapicheando con empresas americanas, rusas y chinas.

Doble página de la novela gráfica La pesadilla de Obi.

“Los Gobiernos españoles tienen una actitud muy condescendiente con Obiang”, explica Alicia Campos, investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid, “han sido muy sumisos con la esperanza de abrirse un hueco en la industria del petróleo”. El Gobierno de José María Aznar canceló, a petición de Obiang, un programa de Radio Exterior de España que informaba de las tropelías cometidas en el país africano. Hace unos meses, España votó a favor de que Guinea Ecuatorial se convirtiese en miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.

Miguel Ángel Moratinos no tuvo reparos en participar junto a varios empresarios españoles en el Séptimo Foro Nacional del Movimiento Amigos de Obiang, donde ensalzó la vida y la obra del dictador guineano. José Bono es otro de los grandes amigos del régimen, que hace las veces de mediador entre Obiang y empresas españolas y blanquea de cara a la opinión pública la situación real del país. Pero “quien quiera maquillar lo que sucede en Guinea, se llame José Bono o como se llame, está mintiendo”, zanja Donato Ndongo.

“Más que responsabilidad histórica, lo que tiene España en Guinea es capacidad de influencia, y debería ejercerla para defender los derechos humanos. Muchos guineanos esperan que España les ayude”, apunta la investigadora. Hasta la fecha, la embajada española ha hecho tímidos movimientos para conseguir la libertad del dibujante pues, al fin y al cabo, zanja Tutu Alicante, “Esono no ha dicho nada que cualquier político o gobernante español no sepa”.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 55, MARZO DE 2018

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