Sin perder el Norte

El Parlamento Escocés está en la capital, Edimburgo. Foto / Bernt Rostand.

El Parlamento Escocés está en la capital, Edimburgo. Foto / Bernt Rostand.

Aunque no falten tensiones y temores, el referéndum sobre la independencia de Escocia del próximo jueves 18 de septiembre es un ejemplo de la madurez democrática de los británicos. Gran Bretaña puede perder el Norte, pero los escoceses nunca, opten o no por un Estado propio. La Monarquía está fuera del debate y no corre peligro.

Claudia Lorenzo / Periodista.

“Votaré que no, porque no me gustaría separarme del Reino Unido, pero cada vez que escucho a los ingleses hablar del tema, me dan ganas de votar que sí”. Lo dice un extranjero residente en Edimburgo, pero podrían comentarlo miles de personas que el próximo 18 de septiembre votarán en uno de los referéndum más importantes de sus vidas. La única pregunta en las papeletas será: “¿Debería Escocia ser un país independiente?”.

A tenor de los resultados del último sondeo al cierre de esta revista, la “madre de todas las encuestas”, llevado a cabo por el profesor John Curtice de la Universidad de Strathclyde, un 57% de los votantes dirían que no a la construcción de un nuevo país, y un 43% que sí. Elaborada a partir de las últimas seis encuestas realizadas, no tiene en cuenta a los indecisos, un dato importante ya que, de acuerdo con la web Fullfact.org, un 53% de los ciudadanos no están seguros de qué votar. Para intentar allanarles el camino, en la página han hecho una compilación de datos objetivos sobre varios temas peliagudos: ¿qué ocurrirá con las pensiones, con el petróleo, con la moneda, con la Unión Europea?

El último sondeo publicado por la página web de la BBC, a fecha de 1 de agosto, deja intuir en cambio unos porcentajes algo más parecidos: 46% a favor del no, 40% del sí, 14% de indecisos. Como se dice en el fútbol, aún hay partido, aunque ninguno de los números se ha movido en exceso en lo que llevamos de año. Neal Ascherson, periodista y escritor escocés, autor del libro Stone voices: The search for Scotland, mantiene en un artículo publicado en The New York Times el 18 de julio que, aunque triunfen los unionistas, Escocia ya está encarrilada en un inevitable camino a la independencia, si no instantánea, futura, a tenor de la autonomía que ha ido adquiriendo la región en los últimos tiempos. La historia del SNP (Partido Nacionalista Escocés) también causa temblores a sus contrincantes, ya que es un partido que tiende a coger fuerza en los momentos previos a las elecciones.

La decisión no se puede tomar a la ligera. Muchos temen que si triunfa el no, como se prevé, el mazo británico caiga sobre la zona como demostración de la pregunta que la campaña anti-independentista lleva haciendo sutilmente desde hace meses: “¿Veis como no podíais?”. Y si el éxito le pertenece al sí, meses de negociaciones entre el Gobierno actual de Escocia y Reino Unido seguirán a la votación, hasta desembocar en la independencia, romántica pero incierta, en la primavera de 2016. Las elecciones al Parlamento Escocés ocurrirán poco después. Para entonces ya se habrá hablado de qué hacer con la libra, con el Tratado de Schengen, con las fronteras entre Escocia e Inglaterra, el petróleo del Mar del Norte y otro cúmulo de cuestiones que están hoy en día sobre la mesa y que los residentes en Escocia mayores de 16 años tienen que valorar. Es precisamente toda esa información la que confunde al electorado y la que, en cierta forma, inclina algunas balanzas hacia el no: mejor malo conocido que bueno por conocer.

La campaña del Better Together (Mejor juntos), que aglutina a los conservadores, los laboristas y los liberales-demócratas, bajo el liderazgo del ex ministro de Hacienda Alistair Darling, no ha hecho nada por conquistar a aquellos que no saben qué votar. Si bien un alto porcentaje se acercará a las urnas con el corazón en la mano, ése que dice si uno se siente escocés o británico, aquellos que buscan datos y que no encuentran más que incertidumbres comienzan a enfadarse con la orientación que ha ido tomando el mensaje unionista, que se ha centrado en todo aquello que Escocia no logrará hacer sin el Reino Unido detrás, en vez de intentar seducir y conquistar abogando por mencionar eso que la misma Escocia proporciona a los británicos.

2014 no es solo el año del referéndum. Aunque la independencia apenas se ha mencionado en los juegos de la Commonwealth, Glasgow ha sido la sede del evento deportivo más importante de la mancomunidad y eso ha contribuido a darle un impulso internacional a la ciudad. También es 2014 el año de la celebración de Homecoming, un evento que durará todo el año y que busca estimular, homenajear y destacar la cultura y la tradición escocesas a la vez que potencia las actividades que tienen lugar en el país durante los doce meses. Así, no solo los Juegos han sido incluidos en el paraguas de Homecoming, sino también la Ryder Cup de golf, que se celebrará en septiembre, o la celebración de los 700 años de la Batalla de Bannockburn, fecha patriótica donde las haya, que conmemora la victoria de Robert the Bruce sobre el ejercito inglés en una contienda por la defensa del castillo de Stirling allá por 1314. Si Alex Salmond, líder del SNP y actual ministro principal, quería una conjunción de astros para hacer que los ciudadanos reflexionasen sobre la región, lo ha conseguido, al menos de cara a la galería.

Norte europeísta

Sin embargo, la identidad escocesa, como bien han dicho comentaristas y periodistas en los últimos meses, no está siendo tan cuestionada por sus propios paisanos como Salmond querría. La explicación es que lo que se decida en mayo ya no tiene nada que ver con una personalidad que se ha desarrollado y afianzado a lo largo del siglo XX tras décadas de pobreza, abusos, emigraciones y prohibiciones. Escocia ya no quiere dejar claro quién es, sino cómo quiere evolucionar y ahí, con Margaret Thatcher mediante, es donde los caminos comenzaron a bifurcarse hace décadas.

El Norte, más europeísta que sus vecinos ingleses, mira con miedo los titubeos de David Cameron sobre la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea. Tampoco están los escoceses convencidos con las privatizaciones y las disminuciones en políticas sociales que Westminster se empeña en aprobar. Para muestra, dos botones. El primero: la educación universitaria de grado en Inglaterra y Gales puede llegar a costar hasta 9.000 libras anuales, mientras que en Irlanda del Norte es posible que ascienda a 3.575. En Escocia es gratis (para escoceses y ciudadanos de la Unión Europea; los ingleses, galeses o norirlandeses sí que pagan). El segundo: el NHS, el Servicio Nacional de Salud, del que tan orgullosos se mostraron los británicos en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, está constantemente amenazado por privatizaciones en Inglaterra, cuando no privatizado del todo. En Escocia sigue siendo completamente público y el SNP ha hecho de su defensa su mejor arma.

El primer ministro escocés Alex Salmond y su viceprimera ministra durante el anuncio del referéndum en 2007. Foto / Chris Watt.

El primer ministro escocés Alex Salmond y su viceprimera ministra durante el anuncio del referéndum en 2007. Foto / Chris Watt.

Ambas son competencias adquiridas gracias al referéndum de 1997, en el que se apoyó la creación de un Gobierno y un Parlamento escocés, con una cámara legislativa propia que decidiese sobre asuntos como el NHS, la educación, la justicia, la política rural, el desarrollo económico o los transportes. Su presupuesto, sin embargo, viene dado por Westminster, y Escocia no tiene capacidad para definir sus impuestos. Tampoco tiene una representación alta en la Cámara de los Comunes, donde escasean los parlamentarios conservadores enviados por el Norte. Las diferencias en visión política son cada vez más grandes, con los escoceses mirando constantemente a Londres preguntándose por qué hombres criados en colegios elitistas están al mando de una sociedad tan plural como la británica.

La Monarquía no se toca

Hoy en día, tras comprobar cómo se pueden autogestionar en determinadas cuestiones, el interés del país no está en demostrar personalidad, banderas, folclore o kilts, sino en preguntarse si Gran Bretaña se está alejando del concepto del tipo de unión idealizada en 1707 entre Escocia e Inglaterra. La gestión del petróleo del Mar del Norte, un tema central en todas las discusiones, parece ser, de acuerdo con los independentistas, una fuente de ganancia económica más que suficiente para hacer que Escocia avance por sí sola, aunque solo durante unas pocas décadas (el petróleo no durará más de cuarenta años).

Por eso las campañas en contra de la independencia, con su mensaje amenazador, no consiguen atemorizar a los escoceses sino indignarles y hacerles desconfiar de cualquier declaración que provenga de algún lugar al sur de la muralla de Adriano. Si Londres afirma que la intención de Salmond de mantener la libra y participar en su gestión nunca va a llegar a buen puerto, gobierne quien gobierne, los escoceses hablan y declaran que no se creen nada de lo dicho. Si se amenaza con echar a Escocia de la Unión Europea y obligarla a pedir de nuevo la admisión, los escoceses replican que ya se verá. Better Together tuvo que virar su mensaje durante el verano por culpa de esa sensación de exceso de negatividad que no hace más que unir a sus oponentes.

J. K. Rowling, inglesa afincada en Escocia desde hace años, es una de las celebridades que se han posicionado en contra de la separación, donando incluso dinero a la campaña del Better Together. A favor de la independencia está el omnipresente Sean Connery, que como escocés no-residente en la zona tendrá voz pero no voto en septiembre. En cambio, sí tendrán opción de elegir todos aquellos habitantes de Escocia que sean británicos, ciudadanos de la Commonwealth o de la Unión Europea, o miembros de las Fuerzas Armadas y sus familias destinados en otros países que estén registrados allí.

Muy al estilo de Canadá y Australia, Escocia pretende ser independiente -si ése es su designio- aún bajo el amparo de la Monarquía británica, a la que desean mantener. Al contrario que el Reino Unido, sin embargo, cuyas normas se basan en una serie de reglas y documentos elaborados a lo largo de la historia pero no en una Constitución escrita propiamente dicha, el SNP ha declarado que ése será uno de sus primeros objetivos, poner en papel una Constitución para Escocia.

A día de hoy la distancia entre ambas opciones se reduce y la discusión sigue viva en la calle y en las redes (el hashtag #indyref se actualiza casi cada segundo). El 5 de agosto se celebró el primer debate entre Darling y Salmond. A pesar del triunfo del vocal de Better Together, su actuación parece haber tenido muy poco impacto en la decisión de voto a favor de la Unión, a tenor de las encuestas. Está por ver si la victoria de Salmond en el segundo y último cara a cara, celebrado el 25 del mismo mes, hará algo por el independentismo.

Sin embargo, lo más importante, lo que hay que tener en cuenta, es que, como mencionó el eurodiputado del SNP Alyn Smith, por primera vez Escocia y el Reino Unido van a decidir sobre la independencia sin que alguien siquiera reciba un puñetazo en la nariz. Y eso, conociendo la historia de ambas naciones, ya es suficiente.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 34, SEPTIEMBRE DE 2014

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