Sindicalismo de nuevo cuño

Elecciones sindicales en una empresa. Foto / Fernando Rodríguez.

Elecciones sindicales en una empresa. Foto / Fernando Rodríguez.

Luis García Oliveira.

Atrás, muy alejados ya de la realidad actual, quedaron unos tiempos en los que la actividad sindical era un ejercicio jalonado de múltiples riesgos. Corrían entonces los últimos años de la dictadura y los primeros de la transición política, nada amables con quienes se significasen liderando o participando en una actividad aún proscrita.

En ese contexto no fueron pocos los que, por su actividad sindical en aquel tránsito convulso, dieron con sus huesos en las cárceles franquistas o fueron duramente perseguidos y represaliados sin ningún miramiento, ni con ellos ni con las familias dependientes, sobre las que recaían las severas consecuencias del hostigamiento laboral sufrido por quienes también eran cabezas de familia. En esa coyuntura, implicarse o encarnar algún liderazgo sindical era poco menos que un acto heroico.

En general, los líderes sindicales que entonces despuntaban en los respectivos ámbitos laborales eran, cuando menos, respetados y considerados por la clase trabajadora de la que emergían y a la que pertenecían. Admirados también muchos de ellos, por la generosidad de su entrega a una labor que entrañaba demasiados riesgos y que exigía un grado de valentía que pocos compartían.

No se trata ahora de personalizar, pero es obligado referir y reconocer que sin el aporte personal de aquella estirpe de sindicalistas, sin su arriesgado protagonismo en tantas y tan desiguales peleas por el logro de unos derechos básicos, las centrales sindicales de este país difícilmente llegarían a lo que en su momento llegaron a ser y suponer para la clase trabajadora.

Transcurrida la etapa de tránsito entre regímenes y establecido ya un marco de legalidad operativa, el papel y la contribución de las centrales mayoritarias a la movilización ciudadana y a la transformación de la realidad social y política continuó siendo sustancial y determinante.

De algún modo, con el acceso del PSOE al poder político y la llegada de su primer “mandarín” a la jefatura del gobierno se marcó un antes y un después en la relación entre éstos y los sindicatos mayoritarios. Pero, ¿cómo evolucionar desde la compartida presencia, codo con codo, en la cabecera de tantas manifestaciones ciudadanas hasta situarse cada cual en su papel?

Independientemente de cómo se resolvieron en su momento aquellas relaciones –de forma más bien intempestiva y abrupta en el caso de la UGT de Nicolás Redondo- los sindicatos mayoritarios desperdiciaron una irrepetible ocasión para consolidar su independencia, renunciando a pelear por ella y pasando a depender en demasía de la discrecionalidad de los gobernantes de turno.

Paralelamente, el crecimiento de las estructuras sindicales fue exponencial, pasándose de la indigencia estructural a un escenario laboral poblado por una creciente nómina de liberados y de unas representaciones sindicales que, prácticamente profesionalizadas en numerosos casos, fueron distanciándose del día a día de los respectivos centros de trabajo. La consolidación y el sobreacento de ese modelo funcional implicó que la burocratización fuese ya el inevitable paso siguiente.

Trasladados a la realidad actual, el panorama sindical mayoritario resulta desolador. Al frente, unos gestores a los que alguien debió de seducir haciéndoles creer que eran “hombres de Estado”, llamados a desempeñar una ineludible responsabilidad institucional “al servicio del país”.

Algunos de ellos, con unas tragaderas insondables, llevan años pactando a la baja y entregando uno tras otro en bandeja de plata logros sociales y laborales duramente peleados por otros en innumerables luchas.

Especializados desde tiempo atrás en la firma de incontables expedientes de regulación de empleo –de los que legalmente se detraen unos indecorosos diezmos en concepto de “asesoramiento”- de planes de suspensión de la relación laboral y otros similares, sin duda habrán satisfecho con creces cuanto de ellos podían esperar los representantes del poder económico. Buena prueba es que hace ya mucho tiempo que a ninguno de éstos se le oye la menor queja pública por la labor y el rumbo sindical marcado por los primeros. Por algo será ¿verdad?

Acomodadas poltronas

Actualmente el sindicalismo “oficial” en este país ha orientado parte de su actividad a la comisionada gestión de múltiples servicios: seguros de variada índole, viajes y estancias vacacionales o a la participación en lucrativas comisiones de control de multimillonarios planes de pensiones.

Por supuesto todo legal, aunque buena parte de la militancia agradeciese muchísimo más que tantos y tan deslocalizados empeños se centrasen en la legítima y firme defensa de sus más esenciales derechos e intereses, que para eso se supone que están los sindicatos de clase.

Si es que aún cabe alguna esperanza de regeneración en la dinámica actual de las fuerzas más representativas, desde luego que no vendrá del exclusivo ámbito de las élites sindicales, esas que tanto gustan de asomar en los medios de comunicación envueltas en un más que fingido tono de solemnidad.

No, las posibilidades de regenerar las formas de hacer y de recuperar el espíritu que guió a cuantos con su ejemplo y trayectoria aportaron credibilidad y solidez a unas incipientes estructuras sindicales no vendrán de los estrategas que manejan y controlan sus resortes de poder, sino de quienes se integran en las crecientes corrientes internas en pro de un cambio de rumbo sustancialmente más democrático y encauzado.

Y ya que se presume de democracia interna, ¿para cuándo las listas abiertas en las elecciones sindicales, para cuando la limitación a la permanencia en cargos y representaciones? Desde luego que ni lo uno ni lo otro vendrá de la mano de quienes llevan décadas enrocados en unas estructuras que aquejan de un clamoroso déficit democrático.

De otra parte, verse salpicados por episodios tan escandalosos como el de los ERE andaluces resulta demoledor para la indispensable credibilidad de cualquier organización sindical, y de ningún modo se puede pasar página encogiéndose de hombros o alegando no saber nada de la cuestión, tal como ha pretendido zanjarla alguien de nombre tan impropio como el de Cándido.

Por ello, mientras se mantenga vigente el selectivo y muy restringido acceso a las estructuras representativas se seguirá propiciando el entronamiento en cargos y representaciones, incluso el “pandillerismo” sindical; situación en absoluto admisible por la improrrogable necesidad de oxigenar a fondo unas formas de funcionar manifiestamente mejorables. De hasta donde se puede llegar por la vía del anquilosado sistema vigente ha quedado buena prueba en los sombríos vericuetos por los que Villa y compañía condujeron a una organización centenaria como el SOMA.

Unas estructuras sindicales fuertes e independientes de toda servidumbre política o empresarial son hoy día tanto o más necesarias que nunca, cuando el verdadero régimen imperante –el capitalista– amenaza con llevarse por delante lo que queda de los ya mermados derechos laborales y sociales de la clase trabajadora.

Claro que eso va a resultar poco menos que imposible mientras quienes encabecen esas estructuras no sientan el menor empacho en sentarse sobre las acomodadas poltronas de algunos Consejos de Administración, sea en el de Arcelor-Mittal, en el de Hunosa o en cualquier otro.

La dignidad que se les supone a los altos representantes sindicales resulta escasamente compatible con prestarse a ejercer como convidados de piedra en ninguna de las instancias a las que se pertenezca o acuda, por muy jugosas que puedan ser algunas de las retribuciones que esas pertenencias conlleven.

Tampoco el reconocimiento de la honorabilidad personal que alguno de ellos reclama ahora judicialmente se va a sustanciar con ninguna sentencia, ni tampoco con la batería de demandas proyectadas sobre quienes hacen verdadero honor a la profesión periodística, llamando a las cosas por su nombre o poniendo de relieve incómodas referencias para los reseñados. La honorabilidad, el respeto y la verdadera consideración personal se ganan en otros frentes, no en los tribunales.

No tener estos y otros principios de actuación suficientemente claros es lo que parece inducir a algunos a circular sobre ruedas y a todo gas sobre una realidad laboral por la que otros tienen que transitar a pie descalzo. Eso si no se está inmerso en ese ya endémico veintitantos por ciento de paro o afectado de lleno por la escandalosa precariedad laboral campante en este país.

¿Será éste el sindicalismo de nuevo cuño que algunos quieren perpetuar? Solo el transcurso del tiempo dará respuesta a esa interrogante, pero sobre lo que no cabe ninguna duda es de lo mucho que les costará sujetar el vómito a más de uno de aquellos genuinos sindicalistas de antaño al contemplar cómo se dilapidan derechos y conquistas laborales que a ellos -y a otros muchos- tantos sacrificios personales les costó conseguir.

Sin duda, no faltarán quienes intenten justificar una lectura desenfocada de la temática que aquí se aborda, versionándola interesadamente o falseando el verdadero objeto de su tratamiento. Nada nuevo en la recurrente tendencia de aquellos que no muestran la menor objeción en abanderarse públicamente con siglas y enseñas a modo de escudo personal o en instrumentalizar las organizaciones sindicales a las que pertenecen para protegerse de toda crítica.

Villa también lo hacía, y la verdad es que siempre le funcionó muy bien.

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Ilustración / Alberto Cimadevilla.