Suiza, mucho más que cuentas bancarias de corruptos

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Panorámica de Törbel/Foto de Miguel Herrando

Suiza es el paraiso de los corruptos, que depositan en sus bancos el dinero de su rapiña. Pero también un ejemplo democrático, porque puede presumir de un sistema político y de representación donde los ciudadanos toman decisiones continuamente sin ningún tipo de interferencias de los poderes, hasta para cuestiones cotidianas. Y no solo de democracia directa puede ser un referente Suiza, donde la política apenas está profesionalizada.

Hay otro referente en Suiza, en sus zonas rurales, que pasa más desapercibido: la cooperación entre los vecinos. Dani Ripa narró y contó para los lectores de ATLÁNTICA XXII una de esas experiencias en un pueblo de montaña. El artículo apareció en el número 24 de la revista. Lo reproducimos a continuación.

Un pueblo suizo de montaña que vive de forma cooperativa desde hace 800 años

Törbel, la aldea comunal de la utopía cotidiana

Una cosa es un trabajo de campo y otra ir al campo a comprobar una tesis. Hace cuarenta y cinco años el biólogo estadounidense Garrett Hardin quiso demostrar, con su texto La tragedia de los comunes, la inutilidad de la cooperación humana con un simple ejemplo: un pastizal no es ilimitado y hay que evitar que el campesino lo administre libremente. En el siglo XXI su compatriota y politóloga Elinor Ostrom le replicó con Gobernar los comunes. Pero el dilema ya estaba resuelto desde el siglo XIII en Törbel, una aldea suiza.

Daniel Mari Ripa / Investigador en Psicología Social en la Universidad de Oviedo. Enviado especial a Törbel (El autor agradece su colaboración en el texto a Nikhil Ray).

Era el año 2009 y decenas de periodistas ascendían por una sinuosa carretera del cantón suizo de Valais hasta llegar a Törbel (508 habitantes), un municipio a 2.000 metros de altura junto a la segunda montaña más alta de los Alpes (Monte Rosa, 4.634 metros). La politóloga Elinor Ostrom había ganado el Nobel de Economía y con ello sacudió los cimientos de la economía liberal. Su libro Gobernar los comunes enviaba un recado a Garrett  Hardin y lo hacía sin datos económicos ni análisis del PIB. Más simple: buscó ejemplos de gestión comunal de pastizales, bosques, sistemas de riego o producción de alimentos. Y con Törbel, entre otros, demostró que las comunidades gestionan cooperativamente sus recursos escasos (los comunes) tan eficientemente como cuando hay propiedad privada o gestión estatal. Sorprendentemente, la gestión colectiva en este pueblo suizo resolvía en la vida real la tragedia de los comunes.

La fragilidad de ese ecosistema, debido al clima adverso, y la necesidad de ese pasto para la economía local desencadenó, hace casi 800 años, la organización comunal: una cooperativa, un registro de las vacas que cada familia posee -y que residen en invierno en Törbel- y un reparto equitativo de las 150 que en verano accederán a ese pasto, evitando sobreexplotarlo. El número de vacas por familia depende, por tanto, de la capacidad del Alpe (la zona de pastoreo estival en la montaña) y comprar más ‘zona de pasto’ no es posible. Con su leche, la cooperativa elaborará un queso que se repartirá en el Desalpe, último día de pastoreo. Más allá, los bosques son también de los ciudadanos y la leña, básica en invierno, se reparte equitativamente a muy bajo coste.

Obreros Torbel

Obreros del pueblo suizo durante un descanso / Foto Miguel Herrando

Pero más importante es la gestión colectiva del agua, un bien aún más escaso canalizado desde un glaciar cercano. La montaña encierra a este pueblo por los cuatro costados, lo que lo convierte en la zona más árida de Suiza. Por ello, desde hace casi un milenio, una cooperativa gestiona el canal que riega en cadena los pastos privados. Solo una persona podrá usar el agua simultáneamente y dentro del horario que tiene asignado (por ejemplo, entre la 1 y las 4 de la madrugada). Tampoco aquí hay un ‘mercado’ del agua, evitando el riesgo de concentrar agua y tierras en unos pocos. La clave del mantenimiento de estos recursos son los controles y reglas instauradas por la comunidad, como Ostrom analizó a lo largo del planeta. En Törbel, si alguien usara toda el agua, el ‘bien común’ se agotaría y los pastos se secarían, por lo que la cooperativa sanciona a quien usa más de la cuenta o no colabora en las reparaciones del canal. La eficacia reside en el control realizado por los propios vecinos, para ‘que nadie tenga algo mejor que uno mismo’. Como resultado, frente a Hardin, “la propiedad colectiva de los recursos (…) los hacía durar más, los distribuía mejor y tenía menos consecuencias ecológicas nocivas”, señala la escritora Laura Casielles, gran seguidora de Ostrom.

Sin duda fue la pobreza, la escasez de agua y tierras o el intempestivo clima lo que favoreció la cooperación. Hasta mediados del siglo XX, sus habitantes debían sobrevivir “en este desierto afuera del mundo, solo tenían sus vacas, y debían hacerse toda su ropa o comida”, recuerda Urs Juon, ingeniero geólogo (Törbel, 1972) y alcalde de Törbel. Las temperaturas medias son inferiores a los cero grados durante cinco de los meses del año y los recursos son muy escasos, como sugiere su plato tradicional, la fondue (el queso era de los pocos alimentos de los que disponían en invierno). Y es que la próspera Suiza actual poco tiene que ver con la pobreza de los Alpes hasta hace cincuenta años. La emigración era habitual y 5.000 habitantes de Valais se asentaron en San Jerónimo Norte (Argentina). La situación mejoró con la industrialización y cientos encontraron trabajo construyendo diques, túneles y pantanos. Un regalo envenenado: toda una generación de Törbel moriría por la silicosis. Posteriormente vendría la industria química, actual actividad principal, aunque muchos siguen complementando sus ingresos con la agricultura y ganadería, lo que asienta la población en Törbel.

¿Otro modelo económico, otra sociedad?

El filósofo Gerald A. Cohen señala uno de los dramas de la sociedad capitalista: “Usted coopera con otras personas no porque crea que es una cosa buena en sí misma, no porque quiera que usted mismo y las otras personas prosperen, sino porque espera ganar”. Solo damos porque recibimos y no porque sea bueno para ambos y para la sociedad. La competitividad forja nuestra personalidad. Pero en una sociedad basada en la cooperación, ¿seríamos distintos? Eso parece indicar el ejemplo de Törbel, donde sorprende su cantidad de fiestas populares, así como la gran presencia de jóvenes y niños en el pueblo.

La cooperación económica se plasma a nivel social y la cohesión se percibe: “La gente se siente querida y valorada, nos ayudamos y preocupamos por los otros sin pedir dinero y se ha creado un sentido en común que hace que los jóvenes quieran vivir aquí”, explica Juon. Poco importa que el costo de la vida sea mayor que en las ciudades cercanas o que el control de la comunidad a veces agobie, porque existe “una memoria colectiva que impulsa: si te cuentan nuestra historia te sientes obligado a no tirar a la basura el trabajo de generaciones”. De hecho, aunque hay vecinos que tienen empresas, “la gente no compite por tener más, preferimos vivir bien”.

Conservadores con dudas

Mientras tanto, una profunda crisis económica nos estrella contra un callejón sin salida. Socialdemócratas, liberales e incluso algunos comunistas recurren una y otra vez al dogma de la recuperación del crecimiento económico. La Conferencia de Doha ha suavizado los compromisos del Protocolo de Kyoto y los recursos globales se supeditan a la competitividad. Törbel, por el contrario, ha mantenido un asombroso equilibrio poblacional de entre 500 y 700 personas en los últimos 350 años. La población evitaba ‘vivir por encima de las posibilidades’ de su entorno y repartía sus bienes entre todos, pero mantenía su eficiencia económica, señala el antropólogo Robert Netting, que residió en Törbel en 1971. A una conclusión similar llegó Ostrom, opina Casielles: “Bosques, ríos o campos pueden ser mejor aprovechados si los gestiona la propia gente que los usa que si son llevados desde los despachos de Gobiernos o empresas”.

La utopía hecha realidad en Törbel desde hace siglos consiste en que “hay otra manera de vivir juntos, ayudándonos, sin abusar de las posibilidades que los recursos naturales tienen”, recuerda Juon. Sus opiniones son paradójicas viniendo de una de las zonas más conservadoras de Suiza, donde los democristianos arrasan elección tras elección. ¿Socialismo? El alcalde zanja el debate: “Somos conservadores, pero tenemos dudas sobre el capitalismo, no podemos aceptarlo, todo no es rentabilidad: los hombres tendrían que ser capaces de organizarse sin el capitalismo salvaje, sin individualismo ni estrés, respetando a cada persona, a cada comunidad, creando sentido de lo que hacemos”. No es el único que piensa así: las Redes de apoyo mutuo, las Cooperativas de crédito o las Cooperativas Integrales se han multiplicado en los últimos dos años en la Europa de la crisis, mientras que propuestas como la Economía del Bien Común comienzan a ganar adeptos. ¿Estarán volviendo los tiempos de las utopías? En Törbel saben bien cómo convertirlas en algo cotidiano.

Cuatro años en la alcaldía como tope

El cooperativismo funcionó siempre en Törbel porque todos los habitantes “eran parecidos en lo económico, no había nadie con tanta propiedad como para dominar económicamente y políticamente al resto”, señala Urs Juon. Estando al mismo nivel “vemos más lógico cooperar”. Por ello, fue natural la extensión de la cooperación a la política. Las cooperativas conviven con las asambleas abiertas semestrales del municipio, una tradición con 700 años de historia en ese cantón. Acuden a ellas entre un 10 y un 20% de los vecinos y eligen a 5 concejales, pero también legislan, aprueban los presupuestos o revisan las cuentas. Juon se enorgullece de que “todo el mundo está informado de lo que pasa”. Cuestionado sobre si podrían no seguir las decisiones de la asamblea, se ríe: “Más nos vale poner en práctica lo que nos ordenan”.  Ejerciendo su primer mandato como alcalde, responde con extrañeza cuando se le pregunta cuánto continuará en su cargo: “Aquí nadie está más de cuatro años”, sentencia.

Estado y cooperación

Un pastizal de uso común. Diez vacas en él, cada una propiedad de un individuo diferente. La entrada es libre, por lo que ¿por qué no llevar más vacas y así aumentar los beneficios? Y ante eso, ¿haría lo mismo el resto de individuos? ¿Nuestra avaricia llegaría a destruir el pasto? Con ese dilema, denominado La tragedia de los comunes, en 1968 Garrett Hardin se abría hueco en la historia económica. En su opinión, cuando carecemos de un control externo, usamos de forma egoísta los ‘bienes comunes’ (tierras, bosques, atmósfera…). La suma de los egoísmos individuales en vez de beneficiar al conjunto, como prometía la ‘mano invisible’ de Adam Smith, causaría sobreexplotación y destrucción de esos recursos en el largo plazo.

¿La solución? Hardin defiende que un agente externo a la comunidad ‘cuide’ de esos bienes comunes, por medio de la propiedad privada (“cercar las parcelas”) o de la regulación por un administrador central (el Estado). Su visión concuerda con la creciente privatización de recursos naturales a lo largo del planeta. Nada nuevo: la desamortización de la tierra en los siglos XVIII y XIX incautó buena parte de los bienes de las entidades locales. La posterior subasta de tierras y su canje por deuda pública beneficiarían a latifundistas y burguesía, mientras campesinos y jornaleros perderían sus tierras comunales, explica el politólogo Josep M. Vallés. Algo similar sucedió en Inglaterra, donde las leyes de cercamiento despojaron a miles de campesinos y dieron origen a una mano de obra que emigraría a las ciudades. ¿No existía alternativa? Ostrom la propuso en su libro Gobernar los comunes, pero Törbel ya la lleva exhibiendo desde el siglo XIII.

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