Susana Rivera: “Ángel nunca conoció a mi familia”

Susana Rivera y Diego Medrano durante la entrevista en la casa de Juan Benito Argüelles y Lola Lucio en Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Susana Rivera y Diego Medrano durante la entrevista en la casa de Juan Benito Argüelles y Lola Lucio en Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

Escribía el inmenso humorista e inclasificable escritor Noel Clarasó -todavía a reivindicar en España-: “Nadie puede cambiar su pasado, pero todo el mundo puede contarlo al revés”. A derechas o al revés nos proponemos destripar en Oviedo a la pareja contrita que fueron Susana Rivera y el gigantesco Ángel González, bohemio de noches largas hasta el relámpago o escáner del amanecer y rancheras al borde de los labios como único y vital asidero o patrimonio. El pensamiento se hace en la boca -clamaban los surrealistas- y César González Ruano, hoy más defenestrado y averiado que nunca, ya lo advierte al comienzo de sus memorias –Mi medio siglo se confiesa a medias-: “Vivir hondo y duro, no así en broma, metiéndose en la vida hasta el tuétano”. Pues eso.

Diego Medrano / Escritor.

Existe la leyenda, Susana, de que en vuestra casa de Madrid tardasteis treinta o cuarenta años en comprar la mesa de la cocina. Que desayunabais encima de una caja de cartón hasta que una visita convenció a Ángel de los beneficios de la civilización…

En primer lugar siempre desayunábamos fuera. Vivíamos en la calle permanentemente. La caja de cartón es una exageración. Como iba la familia de Ángel, al principio fue una mesita sin mayores pretensiones, creo que plegable. Ángel se fue de España en 1972 y cuando regresaba siempre quería quedarse. Empecé a venir con él en el año 79. Viendo y bebiendo una España nueva. Abiertos al futuro al ver por fin niños jugando en las calles: la libertad en movimiento. Quería aprovecharlo todo. Era una permanente celebración de la vida, en un país nuevo, que se construía…

Un día nos contaste algo muy duro. Que la ilusión máxima de Ángel era ser “clochard” o vagabundo en París. Algo que incomprensible para muchos hoy día… Toda esa vida en la calle, en los bares, azotacalles intempestivo, explícanos algo de semejante manera de vivir y de beber.

Es todo muy fácil. Con la guerra la familia de Ángel lo pierde todo. Siempre decía que “la mejor manera de no sentir la pérdida de las cosas es no haberlas tenido”. Su guerra o máxima aspiración fue la libertad completa, total, ajena a cualquier clase de preocupaciones. Las cosas, si te pones, te acaban esclavizando. Llegó a alquilar la parte noble de la casa de Madrid, todo le sobraba. Fuimos, a nuestra manera, hippies y bohemios a la manera de Kerouac en On the road. No planificábamos, sencillamente, por eso nunca pudimos ser aburguesados. Los primeros años Lombardero nos prestaba un coche y andábamos por Asturias sin rumbo alguno. Como los versos de Rubén Darío: “Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror…”. Exprimimos la vida al máximo pero sin abismos. Con un plato barato de huevos fritos con jamón, en una tasca perdida de pueblo, éramos los seres más felices del planeta.

Me ha llamado mucho la atención la conferencia de José Manuel Caballero Bonald, en la Fundación March, después del Cervantes. Cita a todo Cristo de la poesía menos a Ángel. En el reciente estudio/entrevista de Julio Neira –Memorial de disidencias, Premio Domínguez Ortiz- apenas unas líneas. ¿Eran tan amigos como se nos vendió?

Sí. Eran muy amigos. Pero la poesía de Pepe no le interesaba demasiado a Ángel y viceversa. Ambos se lo dijeron varias veces, lo que nunca fue óbice para la amistad. En los primeros años nos reíamos mucho. Se añoraban como seres humanos, no como escritores. No como artistas. Seres humanos que se llevaban bien. La primera camada de amigos de Ángel es la verdadera (Alarcos, Juan Benito, Pepe Caballero, el Grupo del 50); la segunda lo es por la fama (Montero, Sabina, Almudena Grandes, etcétera). Esta segunda camada tenía mucho de escritores que se necesitaban con fines comerciales y no tanto seres humanos que se caían bien. Los jóvenes escritores de ahora solo hablan de contratos entre ellos. Ángel con la primera camada jamás habló o muy poco de los alrededores de la literatura. Ángel, asimismo, hablaba de grupo poético y no de generación alguna.

Ocultación familiar y fideligno

¿Cómo os enamorasteis? ¿Puedes darnos alguna primicia a este respecto? Algo que no hayas contado nunca…

Pues mira, sí. Algo que no conté nunca: le oculté a mis padres siempre la relación con Ángel. Cuando digo siempre es hasta que se murió Ángel. Lo supieron todo cuarenta años después o por ahí. Ángel nunca conoció a mi familia. Respecto al enamoramiento, yo era estudiante en la Universidad de Nuevo México, él daba clases de literatura española. Durante un periodo perdimos dos o tres semanas de clases, decidimos recuperarlas en su casa, un grupo de alumnos. Allí me pasó un papelito diciendo que me quedase. Allí fui yo la primera y la única en pedir un güisqui cuando nos ofreció algo de beber. Todo lo que tenía de bohemio en España, cambiaba en Nuevo México, donde era cumplidor al máximo. Comencé a fijarme en él: me gustaba mucho cómo caminaba, por ejemplo, tenía mucho carisma. Él se fijó que yo me senté en el apartamento en plan indio. Nos quedamos solos, escuchando discos, bebiendo, no pasó nada más, pero hicimos planes para el curso de verano. Yo ya estaba enganchada. Me pedía que fuéramos a España. El papelito que me pasó con aquello de “Quédate aquí” fue de lo más tierno. Yo era muy pobre, otra primicia si quieres, él era muy brillante como profesor, su sentido del humor era lo más característico.

Muy fuerte eso que dices de ocultárselo a tu familia… ¿Los amores clandestinos tienen otro fuego?

Se lo oculté a mi familia durante exactamente treinta años. Era una familia muy conservadora, no lo hubiera consentido. Eran y son todos muy religiosos. No quería preocupar innecesariamente a mi madre. Siempre pensarían que un señor de 53 años iba a abusar de su hija. En un principio no iba a ser una historia duradera. Él, cuando vinimos a España, me dio pensión: tenía también en casa a Luis Ríus. Lo nuestro se convirtió en otra cosa al venir a España. Se consolidó por así decir. Dejó de ser mi profesor, por así decirlo, y se hizo el Ángel permanente de la inseguridad que siempre fue. Los tiempos en que quiso buscarme un trabajo en el Instituto de Cultura Hispánica. Todo iba a mucha velocidad y nuestro amor, si quieres, iba haciéndose irredento sin contar con nosotros mismos…

Qué bonito esto último que dices. Oye, otro mito. Las enormes y ditirámbicas faltas de ortografía que cometía el Señor Académico a nivel privado…

Pues sí. “Haz las maletas”, por ejemplo, él decía que debía ser con “d”: “¿No se escribe Madrid y se pronuncia al revés?”. También cosas como “filedigno”, ponía. Se le iban mil acentos. No hablaba con nadie de su poesía. Era una parte de su intimidad que jamás exponía. Él no decía que estaba escribiendo, por ejemplo, sino estoy haciendo “mis cosas”. No quería hablar de ningún libro suyo y mucho menos de proyectos. Solo, si acaso, con Gil de Biedma. Es la poética de Rimbaud: “Yo es otro”. Solo era poeta cuando escribía, ni un milímetro más allá. Escribir para él -esto es importante- era un hecho sin importancia. No se hacía propaganda, ni él mismo ni a su obra. Ángel, a toda costa, quería que su poesía se defendiera sola. No creía en la pompa, ni en el boato, ni en la trascendencia, ni en lo sagrado. Escribir, para Ángel, era una forma de mundanidad…

Susana Rivera vuelve a Oviedo cada año. Foto / Pablo Lorenzana.

Susana Rivera vuelve a Oviedo cada año. Foto / Pablo Lorenzana.

Alcohol en los pies

¿Cómo vivía los éxitos literarios? Los muchos premios…

Contento, agradecido, pero no efusivo ni eufórico. El Príncipe de Asturias, creo recordar, lo ganó Rulfo y luego Baena, pues le hubiera dolido mucho más que le hubiera ganado Baena en las votaciones a que no le hubieran dado el Príncipe. Cachero dijo que en unas votaciones fue Gil de Biedma quien no le votó, y Jaime escribió una carta al director de esa publicación diciendo que era falso. A partir de ahí Ángel jamás pudo ver a Cachero delante y sus maledicencias.  La traición de un amigo le importaba mucho más que cualquier premio o mención honorífica. Y además, qué decir, sí, de un amigo que fuese colega de profesión…

Hay quien no se cree esa imagen de Papá Noel que tenía Ángel González. Es más, que había un extraño punto de crueldad en él. Muy ajeno a emociones varias. Me contaron, incluso, el caso de una chica en silla de ruedas que se le acerca con un manuscrito y lo tira a la primera papelera que encuentra al dar la vuelta a la esquina…

En absoluto. ¿Crueldad? De ninguna de las maneras. Ángel era muy tímido. Le extrañaba que la gente se le acercara a él, y de veras le incomodaba. También dijeron de él que iba vestido fatal, cuando no entendieron su bonhomía, y eso que se compraba las chaquetas en los saltos de las mejores boutiques neoyorkinas. Ángel era pura clase media y creía en la armonía. Bebía mucho pero sin excesos. Siempre decía que el alcohol se le subía a los pies, no a la cabeza: el discurso nunca se resentía. Tenía un punto tierno, pero exclusivamente a nivel privado, a nivel nuestro de pareja. Con uno de los premios reformó la cocina entera de Madrid, que no usamos en la vida…

Tú me llegaste a decir algo también durísimo. Que una mujer que no bebiese no podría estar con Ángel… Me parece también muy fuerte. ¿Te obligaba a ello o qué?

No es que me obligara, pero buscaba la complicidad. Era muy bebedor pero sin estridencias. Tú lo eres mucho más. La clave de Ángel está en la ironía, que no deja de ser una media sonrisa. No era de grandes risotadas, lo que decía Aleixandre de Gil de Biedma. Era poeta porque siempre supo ser un hombre correcto, en voz baja.

Me gustaría hablar de dos satélites de Ángel sobre los que se ha especulado todo lo posible. Uno, García Martín. Otro, García Montero. Se llegó a decir por aquí que Martín estructuró y corrigió su último libro…

¡Qué barbaridad! A García Martín le veíamos en los veranos, le respetaba como crítico, pero nunca quedábamos con él como amigos. Ángel decía que era el tipo que más sabía de poesía en España cuando se metían con él. Pero no era amigo nuestro, no venía de copas, nada de eso. Era un conocido. Jamás le pasó texto alguno. Montero fue más amigo, pero eso de que era su hijo, ni hablar. Ángel nunca quiso tener hijos y se hizo la vasectomía muy seguro y rápido. La descendencia le horrorizaba. Pensaba que Montero tenía talento, pero le faltaba profundidad y coherencia a su poesía; por decirlo de una manera fina, no tenía un mundo poético propio, a la manera de Juan Ramón o Machado. Con ellos, los satélites, Ángel siempre era el protagonista, yo estaba en un segundo plano, pero luego hablábamos de los encuentros y de lo que había o no sucedido…

Se ha llegado a especular también con que no leía nada…

Ángel era muy lector. En el verano leía una novela tras otra. Pero su máximo placer era la relectura, los poetas que le habían marcado, exprimidos una y otra vez, sin el menor descanso. Le gustaba mucho también el ensayo, los trabajos de crítica literaria, los primeros años íbamos constantemente por librerías. Le gustaba muchísimo, enloquecía con la obra entera de Juan Marsé. Algo que nunca entendí bien. Quizás por todo el tratamiento de la posguerra… Ángel, con los años, llegó a estar contento con su obra, pero no satisfecho. Siempre encontraba en los demás, en los clásicos, una riqueza mayor…

Y no le gustaba nada enredar para tal o cual galardón, ni para el sillón de la Academia…

Eso fue todo la Pepa, Josefina (Martínez). Una cena en Casa Conrado donde le decía: tú mañana llamas a Dámaso Alonso, y no sé cuántos. Al día siguiente a Lázaro Carreter. Ángel se descojonaba y la interpelaba: “Sí, llamo a Lázaro, y le digo levántate y anda”. A lo que me decías antes: Nada grave no está entre sus mejores libros, pero nadie lo corrigió. Estaba terminado en 2007 y lo iba a mandar a Tusquets. No pudo ser porque teníamos un ordenador primitivo y la impresora no funcionaba. Como pensaba ir a Estados Unidos en octubre desde allí tenía pensado enviarlo… Jamás tuvo tampoco nunca prisa en enviar libros. Desde allí lo mandaríamos. El problema fue que se murió antes… Otra cosa que viene a cuento: Ángel no estaba de acuerdo con la poesía hermética, le gustaba una línea clara, por así decir, pero no plana. Sentía que la poesía de la experiencia se estaba convirtiendo en la poesía de la banalidad…

Ángel Gpnzález no quería una fundación a su nombre, asegura su viuda. Foto / Pablo Lorenzana.

Ángel Gpnzález no quería una fundación a su nombre, asegura su viuda. Foto / Pablo Lorenzana.

En casa de Sabina

Vamos al plato fuerte: el legado de Ángel y la Fundación. ¿Cómo es eso de que Tini Areces apoyaba la Fundación, como Presidente del Principado, pero enseguida te dijo que no contases con una partida presupuestaria constante?

Estoy muy contenta con la Cátedra Ángel González en Oviedo, que viene a ser una Fundación en pequeñito, y que se hizo gracias a la tenacidad y locura de nuestra Lola Lucio. Yo todavía vengo a Oviedo los veranos por Lola y Juan Benito, el día que no estén, ya no vendré, nadie me queda. Me hacía ilusión la idea de la Fundación, en mayúsculas, y puse dinero como pidieron, 10.000 euros, aunque tenía previsto poner cuarenta mil. Menos mal que no lo hice, porque ahora esos 10.000, por todo el lío de los patronos, los tengo inmovilizados. Los tres patronos (Masip, Lombardero, Montero) abandonan el barco sin previo aviso pero no entregan su renuncia como patronos. Nunca se llegó a acuerdos decisivos con nadie: todo eran palabras. Areces jamás quiso poner un duro en la Fundación. Masip quería que el activo principal fuese la biblioteca que iba a ceder Lombardero. Yo dije que no, ni hablar, el activo principal solo debía ser el legado de Ángel… y que Lombardero regalase lo que quisiera. Estaban locos los tres patronos: querían hacer un congreso mundial sobre Ángel sin un duro, se cometió el error de no hablar con el Ayuntamiento de Oviedo. En el intento de anular la Fundación descubro que se cita de una forma errónea el testamento de Ángel…

Ángel dicen que muere abandonado en Madrid en estado grave y de total abandono…

Yo iba a dejar mi trabajo en Nuevo México. Estaba tramitada ya mi excedencia. Corría el riesgo de quedarme sin pensión ni ingresos, mucho ojito. Ángel no quería volar ni salir de España. Iba, incluso, a dejar a mi familia, por su enfermedad. Y hacerme ciudadana española con todas las consecuencias anteriores que te mencioné…

Ángel no quería ninguna Fundación…

¿Cómo la iba a querer, hombre? ¿Un vagabundo en París quiere fundaciones con su nombre? Después de una noche de copas en casa de Joaquín Sabina, donde solo se habló de esa fundación, empezaron a moverlo todo. Cuando nos metimos en el taxi Ángel se llevó las manos a la cabeza: “Estos ya no sé si me admiran o piensan que soy una mierda de poeta que solo va a permanecer a través de una fundación”. Yo me fiaba de ellos. A mí no me iban a manipular. Yo no iba a hacer lo que ellos me decían. Lo del Congreso Mundial lo veía ridículo: mira, Ángel, por ejemplo, quería que el langreano Helios Pandiella hiciera el diseño gráfico, pero ellos ya tenían a no sé quién de Granada. Todo era así, querían una fundación para sí mismos. Para justificar su abandono me acusaron a mí de errática. Estuve durante meses estudiándome pormenorizadamente la Ley de Fundaciones, ellos no miraron ni un papel…

Ahora igual se gesta el proyecto en Nuevo México…

Aquí no hay apoyo popular alguno. Ni institucional. Todo son palabras que se lleva el viento. Ángel no quería fundaciones, lo único que pretendía era que su legado quedase en la Universidad de Oviedo. Vi con buenos ojos aquello de García Martín de querer hacer una exposición para limpiar la imagen de Ángel, pero, a los pocos días, saca un artículo metiéndose conmigo. Todo fueron riñas de patio de colegio y muy poco respeto por el muerto. Ángel nunca quiso fundaciones y todos estos personajillos, tipo Masip, si no salen en la foto les da un patatús…

Última pregunta: ¿tú crees que Ángel González hubiera merecido el Premio Nobel? Mira, te voy a ser franco. Yo pienso que no. Ángel González me parece un gran poeta, pero completamente sobrevalorado. No es Pablo Neruda. No ensaya líneas diferentes. Todos sus libros son iguales, prácticamente, y escribió poquísimo.

Wislawa Szymborska, la polaca, en una línea muy próxima a la de Ángel y hace unos años, lo ganó.

“Este amor / ya sin mí / te querrá siempre”, escribió el genio a su musa, Susana Rivera, a título de epitafio. Fue su incondicional, el amor purísimo y duradero, la mujer constantemente visitada, el oxígeno duro y jamás oxidado de un escudo contra el mundo en un lago permanente -nunca mejor dicho- de felicidad húmeda e incorruptible. Ella anda perdida, sin su amor, buscándole todavía por algunas calles y siempre, hasta que se muera, con el corazón ocupado. Dicen que solo pasa en los cuentos de hadas, pero a veces, por esos misterios de la vida desnuda y en mayúsculas, sin mayor arte o artificio, la vida salvaje y plena, también ocurre en la realidad. Ángel sonríe al fondo de Susana y ella solo puede hacerlo desde Ángel. El amor sin división es lo que en otros templos también llaman eternidad.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 35, NOVIEMBRE DE 2014

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