Tabarnia: el espejo cóncavo

El dramaturgo Albert Boadella se presentó ayer como “el presidente en el exilio” de Tabarnia, una reducción al absurdo del nacionalismo catalán.

Martín Alonso / Escritor.

El siglo XIX arrancó con el hallazgo de las nacionalidades y terminó con el descubrimiento del electrón. Desde los griegos se había sostenido que la materia se componía de elementos indivisibles o átomos. El electrón, y después de él las hasta 200 partículas subatómicas que conocemos, mostró la insolvencia de la tesis de la indivisibilidad. Paralela a ella se encontraba la cuestión de si la materia es discreta o continua. La combinación de estas dos preocupaciones ofrece una plantilla metafórica para enfocar el asunto que nos ocupa.

Si la Ilustración francesa concebía la nación como el fruto político de un consentimiento voluntario basado en los derechos naturales, el Romanticismo prefirió la idea de un todo orgánico –Volkstum, en el neologismo de Friedrich Ludwig Jahn, 1810– superior a la voluntad individual, asentado en derechos históricos y encaminado a asegurar la persistencia de la tradición y las costumbres. Para esta visión las sociedades humanas están compuestas de unidades espirituales discretas que deben aspirar a vivir en geometrías políticas discontinuas, delimitadas habitualmente por la superposición de cuatro criterios: lengua, cultura, nación y Estado. El Romanticismo político es un atomismo étnico: las comunidades humanas están integradas por partículas elementales irreductibles. En cada territorio “un sol poble”, con los corolarios pan- (pangermanismo, paneslavismo, panhelenismo…) correspondientes. Sangre y suelo.

El catalanismo del procés ha sostenido este supuesto atomístico. Hasta que la idea de Tabarnia lo ha puesto ante el espejo cóncavo: no hay ningún traje político que pueda albergar la complejidad constitutiva de las sociedades contemporáneas. Salvo que reivindiquemos la fórmula… de Cromagnon. El principio de autodeterminación ha chocado indefectiblemente, salvo en los supuestos de descolonización, con la decisión sobre el sujeto autodeterminador: ¿nación, pueblo, cultura, lengua, raza, confesión, comunidad, etnia…? Análogamente, como escribe Paul Dirkx, “la experiencia muestra que una colectividad territorial basada en la identidad rara vez está satisfecha con el status quo (“États en miettes dans l’Europe des régions”, Le Monde Diplomatique, noviembre 2014).

Tenemos cerca el resultado del experimento atomizador yugoslavo. Pero no solo ese; después del Brexit, en el Reino Unido se postularon tres consultas encaminadas a configurar otras tantas unidades subpolíticas: Escocia, Irlanda y el Gran Londres –que concentra el 25% de la riqueza nacional, una réplica conforme de Tabarnia–. El Brexit ha dado legitimidad a la propuesta de secesión de Londres, según el laborista Peter John (Southwark News, 24/06/2016). El éxito de la ocurrencia sobre Tabarnia da para muchas lecturas jugosas. Pero no hay que perder de vista que su único uso decente es el reactivo; una modalidad de reductio ad ridiculum. Solo vale a la contra para poner de manifiesto que la tesis secesionista es una bomba de fragmentación sin estación término.

Sin atender a más consideraciones, el coste psicológico y social del acelerador de partículas del fundamentalismo identitario alcanza proporciones difícilmente evaluables. Roger Brubaker (“Myths and Misconceptions in the Study of Nationalism”, 1998) se refiere al fenómeno como “ilusión arquitectónica”, entendiendo por tal la creencia de que hay una arquitectura adecuada en el plano territorial o institucional que pueda satisfacer las demandas nacionalistas y desactivar las pasiones. No hay respuesta adecuada porque en sociedades plurales y mestizas resulta imposible hacer coincidir las fronteras geográficas con las étnicas. Por otro lado, como observa Maurice Lemoine, las dinámicas comunitaristas, a favor de lo local y en detrimento del Estado, sirven paradójicamente a los intereses neoliberales (Manière de voir, abril-mayo 2017). Remitiendo al hilo inicial, cabe resaltar la visión conclusiva de un experto: “No es bueno que la propuesta del romanticismo entre en la esfera pragmática de la política: suele desencadenar grandes desastres” (Rüdiger Safranski: El romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, 2009).

Perfiles góticos

El romanticismo convirtió a la historia en fuente de legitimidad. Y admitió su preferencia por un gótico recreado a la medida. Vivimos una era que ha visto la proliferación de perfiles góticos, de Trump a Putin, de Salvini a Farage. El procés nos ha dejado una cosecha seguramente irrepetible de líderes cegados por la luz del más allá. Ya en la fórmula del pujolismo figuraban como ingredientes principales el nacionalismo romántico y el mesianismo judío; pero se encontraban entonces diluidos.

Los líderes del procés han bebido del primero hasta la ebriedad: la negación de la realidad, la atracción del abismo, el pesimismo cultural, la mística de la patria, el oscurantismo, las expectoraciones sublimes de un Rufián o el milenarismo ambiente de la CUP, la somatización de los males del organismo patrio de Junqueras o Rovira, la unción de las banderas, las supersticiones sobre el derecho a decidir, el unilateralismo como atributo de los depositarios nativistas del alma nacional, el irredentismo incurable del pueblo elegido, la fobia a lo mestizo (cosmopolitismo, bilingüismo, identidades superpuestas)… El procés es, en cierto sentido, una especie de zoo del más allá. El líder autoinvestido de legitimidad levitando en el éter espectral del plasma flamenco es otro ejemplo, con el de Tabarnia, de la degradación que ha traído el procés. Pero sin duda la palma del goticismo se la lleva, no el aura etérea de Rajoy atravesando inmaculado los despachos correosos de Génova, sino… el fantasma de Franco. Los líderes góticos están resueltos no solo a derrotar a Franco redivivo, sino a regalar a las demás Españas las cenizas del Régimen del 78. Liderazgo gótico, política paleopostmoderna y realidad no se llevan.

Pero los perfiles góticos son precisamente los menos aptos para hacer frente a las convulsiones sociales. Resulta esperanzador observar una cierta temperancia en algunas figuras prominentes. Pero es imposible salir de esta encrucijada sin una reestructuración mental profunda, que equivale a una enmienda a la totalidad de la tesis romántica –mal– enfundada en los discursos del mandato del pueblo y la legitimidad plebiscitaria. El imperativo irreductible consiste en colocar en el proscenio una premisa elemental: hay muchas Cataluñas como hay muchas Españas y no sobra nadie ni en unas ni en otras.

Con independencia de cualesquiera otras consideraciones, incluidas las que preceden, habría que encontrar el modo de aunar voces para insistir en esta proposición básica, que no hay política viable a partir de la derrota o la exclusión. Es un imperativo normativo que está sobradamente avalado por la historia. El dolor por tantos vínculos rotos, por tantas fracturas –no principalmente entre las dos riberas del Ebro como quiere el mantra, sino dentro de cada territorio, de cada barrio, de cada organización, de cada familia; por cierto de la misma manera que la práctica de los expolios como nos recuerdan Millet y compañía– y el empeño en poner fin a esta lógica perversa debería obligarnos a rescatar esa lección persistente de la historia: el atomismo étnico es profecía segura de devastación social.

Martín Alonso es autor de El catalanismo, del éxito al éxtasis, vol. I. El enfoque de los problemas sociales; El catalanismo, del éxito al éxtasis, vol. II. La intelectualidad del proceso; y El catalanismo, del éxito al éxtasis, vol. III. Impostura, impunidad y desistimiento (Barcelona, El Viejo Topo, 2014, 2016 y 2017, respectivamente). Es miembro del colectivo Juan de Mairena.

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