Un Tea Party para España

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Pablo Batalla Cueto / Periodista.

Creen que el Estado debe ser pequeño o inexistente; el mercado, libérrimo; la propiedad privada, sagrada; el individuo, responsable exclusivo de su propio bienestar. Consideran que está en vigor un «consenso socialdemócrata» y que se puede y se debe considerar por ello socialdemócratas de centroizquierda a todos los partidos del arco parlamentario español, sin excepción, incluido el Partido Popular. Braman contra «el surgimiento de nuevas formas de comunismo que, bajo apariencias inofensivas y disimuladas, suponen un serio riesgo para el progreso y la libertad en nuestra nación». Y han fundado una plataforma a la que han llamado Club de los Viernes a fin de propagar su ideario entre una sociedad a la que ven infestada de colectivismo. Comenzaron siendo cuatro amigos ovetenses y hoy son casi dos mil españoles repartidos por casi todas las provincias españolas. Son, sobre todo, profesionales liberales: abogados, médicos, farmacéuticos, hosteleros, etcétera. Entre sus miembros de honor están Hermann Tertsch y Daniel Lacalle. Y su presidente es Javier Jové Sandoval, un abogado carbayón de 45 años que detenta tal cargo porque, aunque en el Club de los Viernes se huye de las jerarquías, no había más remedio, a efectos legales, que nombrar uno.

Jové es miembro de Vox, el partido extraparlamentario liderado por Santiago Abascal que surgió en 2014 como escisión del PP por la derecha. A Vox pertenece también, y de hecho fue cabeza de lista del partido en las últimas elecciones autonómicas en Asturias, otro de los socios fundadores del club: el economista y también abogado Ignacio Blanco Urízar. Pero el Club de los Viernes rehúsa apoyar explícitamente a ése u otro partido, y aspira a ser, por el contrario, una plataforma transversal, adscrita a lo que Jové llama «liberalismo de banda ancha». De lo que se trata, declara el abogado, «no es de apoyar a un partido concreto, sino de permear a todas las formaciones políticas». La idea, salvando las distancias y los muy diferentes contextos sociopolíticos, es la misma que anima al Tea Party estadounidense: constituirse en un think tank capaz de ejercer su influencia en varios partidos a la vez y en general en toda la sociedad, inoculando a ésta los planteamientos liberales y obligando así a los partidos a hacerlos suyos si quieren conseguir apoyo electoral.

El escenario final ideal, que Jové considera «muy, muy utópico» en la actualidad, sería uno en el que ese presunto consenso socialdemócrata que todos los partidos del país suscriben fuera arrumbado hasta tal punto que el liberalismo pasase a ser la norma. Que todos los partidos fueran liberales en mayor o menor medida. Algo así como si el gran partido de izquierdas español fuera Ciudadanos o como lo que sucedió en Gran Bretaña en los años noventa, cuando el Partido Laborista, derrotado una y otra vez por los conservadores desde el advenimiento de Margaret Thatcher, se vio obligado a asumir el discurso liberal para competir con sus rivales hasta tal punto que la Dama de Hierro respondía «Tony Blair y el nuevo laborismo» cuando se le preguntaba cuál consideraba que era el mayor logro de su mandato.

Jibarizar el Estado

En esa línea de transversalidad y para erigirse en casa común del liberalismo, el Club de los Viernes tampoco explicita cuál debe ser la magnitud concreta de la jibarización del Estado que propugna. «No entramos», explica Jové, «en ese tipo de disquisiciones porque lo que queremos construir es un mínimo común denominador entre liberales en una situación como la actual en que la presión fiscal es de en torno al 50%». La situación es tan mala a juicio de todos los miembros del club que, según sigue exponiendo Jové, «cualquier recorte, cualquier disminución del Estado, será bienvenida por todos: si conseguimos bajar de ese 50% al 48 todos lo celebraremos, y si después conseguimos bajar al 46 todos lo celebraremos también, y si llegamos al punto en que consigamos bajar al 20% algunos de nosotros ya no estaremos de acuerdo en reducir más y otros consideraremos que sí hay que seguir bajando, pero ésa es una situación idílica sobre la que no tiene sentido empezar a discutir ahora que queda tantísimo por recorrer».

Tampoco se exige a los miembros del Club de los Viernes una determinada posición en temas morales como el matrimonio homosexual o el derecho al aborto, discusiones también consideradas secundarias y postergables. Sí se considera que forman parte del «mínimo común denominador» liberal, en cambio, cuestiones concretas como abolir las televisiones públicas o rechazar toda forma de rescate estatal a empresas en quiebra, sean éstas minas de carbón o bancos. «Exigir u obligar a la sociedad a que sostenga sectores que por sí mismos no son capaces de sobrevivir no es ni ético ni moral», afirma Jové.

Enrique Fernández Miranda fue uno de los últimos invitados a las comidas periódicas que organiza el Club de los Viernes. Foto / Iván Martínez.

Que existe el consenso socialdemócrata que denuncian es algo de lo que, para los miembros del Club de los Viernes, no cabe ninguna duda por más que al otro lado del ring politológico los socialdemócratas denuncien exactamente lo contrario: que la caída del Muro de Berlín trajo consigo un dramático desmantelamiento de los Estados del Bienestar puestos en marcha tras el final de la II Guerra Mundial para corregir las pavorosas desigualdades que el libremercado genera cuando no se le ponen límites. Javier Jové da estos argumentos: «Uno no tiene más que ir a un bar con sus amigos y sacar cualquier tema de conversación para darse cuenta de que, por más que pueda ser cierto que hay una corriente subterránea de tipo liberal, estamos todavía muy, muy lejos de que el consenso lo sea también: todo el mundo está deseando que el Estado corra a arreglarle la vida mediante ayudas, subvenciones y líneas de crédito; todo el mundo pide becas; todo el mundo quiere que el ICO vaya dando cada vez más dinero a su negocio…».

Performances, tertulias y columnas

La estrategia del Club de los Viernes para hacerse con la capacidad de influencia que aspiran a conseguir abarca varios frentes, incluyendo la realización de charlas y conferencias y la publicación de libros, pero sobre todo, muy sobre todo, por el mediático y el cibernético, únicos que posibilitan lo que Jové llama «salir de las catacumbas». Expone el abogado que «de lo que se trata es de sacar el mensaje liberal de los círculos en los que ya está presente, de desparramar el mensaje liberal fuera de los contornos propiamente liberales, de dar el salto a la sociedad general, y para eso hay que dejarse de actos cerrados en los que solo nos retroalimentamos a nosotros mismos». En el Club de los Viernes, dice Jové, «las publicaciones sesudas y la construcción del discurso intelectual se las dejamos al Instituto Juan de Mariana y a Civismo, que son los que saben», y lo que se intenta es en cambio «llevar a cabo actos que tengan repercusión en las redes sociales y los medios de comunicación generalistas».

Como parte de ese propósito de romper el cascarón liberal, el Club de los Viernes dispone de unas muy activas cuentas de Facebook, YouTube y Twitter y lleva a cabo performances llamativas en el espacio público. Así, por ejemplo, el pasado 17 de mayo cuatro de sus miembros vestidos a la usanza decimonónica —levita, bombín y chistera— rindieron homenaje en Gijón al prócer asturiano Melquíades Álvarez, fusilado por los republicanos en 1936, en un acto frente a la Casa Natal de Jovellanos en el cual alertaron del auge de «una izquierda radical» que «quiere esclavos para su Estado sin respetar los derechos individuales» y que si alcanza el poder «cercenará nuestras libertades como en el 36».

El club también procura instalar a sus miembros en tertulias radiofónicas y televisivas y en las secciones de opinión de los diarios generalistas. Los propios Jové y Blanco son asiduos a las tertulias de 13TV e Intereconomía y columnistas habituales del diario El Comercio. Su aspiración con ello es, dice Jové, «que empiece a haber artículos liberales en los periódicos generalistas, de tal manera que los lectores puedan confrontar artículos de la visión dominante con otros que sean pequeñas ventanas de aire liberal».

Franklin y Locke

La liberal no es una ideología precisamente nueva: al contrario, hunde sus raíces en el siglo XVII. Fue en la última década de esa centuria cuando el filósofo John Locke fundó en Londres una sociedad de librepensadores que el Club de los Viernes invoca como ilustre precedente. Llamada Dry Club, se reunía una vez a la semana para dos horas de discusión sobre temas diversos, pero siempre en torno a tres principios fundamentales, a saber: el amor a todo ser humano independientemente de su profesión o religión; el rechazo a todo ataque al cuerpo, el nombre o los bienes de una persona en razón de sus opiniones o creencias y la búsqueda de la verdad.

Cuarenta años más tarde y al otro lado del Atlántico, doce notables de la ciudad de Filadelfia, floreciente capital de la colonia británica de Pensilvania, decidieron a su vez comenzar a reunirse cada viernes en una taberna del centro de la ciudad, la public house de Nicholas Scull, a fin de discutir sobre filosofía, moral, política y negocios, con exactamente los mismos tres principios fundamentales que el club de Locke como criterios de admisión. Esta nueva sociedad, también reivindicada por el Club de los Viernes, fue bautizada con una palabra de resonancias hispánicas: Junto, y aunque en su seno se rechazaba toda forma de jerarquía, sobre ella ejerció desde el principio cierta primacía informal un joven e inquieto empleado de la librería de Thomas Denham que respondía al nombre de Benjamin Franklin y acababa de regresar a su América natal desde Londres, donde se había empapado de las ideas lockianas. Según había teorizado el filósofo inglés, la mente no nace llena de ideas innatas, como se sostenía hasta el momento, sino que es una pizarra o tabula rasa que cada ser humano va llenando con el aporte de su experiencia, lo cual hace a cada individuo único y especial.

Sobre esa primera piedra filosófica, nuevos pensadores irían edificando, ladrillo a ladrillo, la teoría liberal a lo largo del siglo XVIII: Montesquieu aportó al edificio la división de poderes; Rousseau, el contrato social; Bentham, el utilitarismo; Adam Smith, el libremercado, y un buen día, desatado por esas ideas, el tsunami político de las revoluciones norteamericana y francesa volvió del revés el mundo, haciendo buenas la futura sentencia de Victor Hugo de que nada hay más poderoso que una idea a la que le ha llegado su hora y, para el Antiguo Régimen derrotado, la aún más futura máxima futbolística de que no hay enemigo pequeño.

En efecto, todo había empezado en sendos clubes que se reunían los viernes.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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