¿Todavía Podemos?

Emilio León a las puertas de la Junta General del Principado. Foto / Pablo Lorenzana.

Pablo Batalla Cueto / Periodista.

Con las organizaciones políticas sucede lo que con las personas: a veces padecen achaques, anemias, hipo e hipertensiones, tienen alto el colesterol o los triglicéridos, sufren gripes y constipados; y deben someterse de tanto en tanto a chequeos generales que detecten o certifiquen su mala o buena salud y, en caso de que sea mala, receten medicamentos que reparen sus desarreglos. Esas revisiones generales de los partidos son los congresos: grandes asambleas que se celebran con años de diferencia porque desnudan y abren en canal a la organización, aunque sea para acabar haciéndola más fuerte. Cambian estatutos, abandonan ideologías, defenestran o encumbran líderes, generan corrientes críticas y a veces escisiones.

Podemos se enfrenta ahora a uno de esos matchpoints de su intensa pero todavía brevísima historia. Este fin de semana celebrará su segunda Asamblea Ciudadana en la antigua plaza de toros de Vistalegre, en Madrid. En ella se hará balance crítico de los tres años de vida del partido y se debatirá cómo solucionar algunas debilidades.

La parte de balance parece en principio la menos conflictiva: todo el mundo coincide en que, más allá de algún traspiés amargo pero al fin y al cabo menor —como no haber logrado el ansiado sorpasso sobre el PSOE—, lo conseguido por la formación morada desde que fuera fundada en enero de 2014 únicamente puede calificarse de extraordinario. Que un partido político obtenga 69 escaños en las primeras elecciones generales a las que concurre no es algo a lo que se asista con frecuencia.

Pero los triunfos y logros de que puede hacer gala Podemos no estriban solo en lo meramente electoral o parlamentario. Al menos eso es lo que opina el periodista e intelectual Carlos Prieto del Campo, editor de la New Left Review en español y hombre cercano a Podemos y a sus líderes —es un habitual de Fort Apache, la tertulia política que Pablo Iglesias modera en HispanTV—, aunque no militante. En su opinión, la gran virtud del partido liderado por Pablo Iglesias estriba en «haber obligado a los movimientos sociales, que hasta que Podemos apareció estaban entre lo destituyente y lo disperso, a pensar en la forma Estado y a abandonar una teoría bastante delirante de la autonomía de los propios movimientos sociales que consistía en entender que el Estado no era nuestro business sino que nuestra función era presionar para que la forma Estado reaccionase o se reactivase o se comportase de determinada forma». Nadie haría ahora, opina Prieto, «un discurso movimentista como los que sí se hacían en el punto álgido del movimiento antiglobalización con respecto a la espontaneidad constituyente de los movimientos y a fiarlo todo al torbellino de la propia creatividad de aquéllos».

Estima asimismo el intelectual que «las invectivas que se han lanzado clamando que Podemos ha esterilizado a los movimientos sociales y ha arruinado una flecha ascendente son excesivas por no decir disparatadas, porque ni los movimientos sociales estaban en situación de ataque en 2011, 2012, 2013 por más que el contexto fuera de una crisis durísima, ni su creatividad estaba siendo especialmente fascinante».

En términos similares expresa su opinión sobre la importancia del surgimiento de Podemos Daniel Ripa, secretario general del partido en Asturias, para quien «lo conseguido es obviamente excepcional» y «Podemos consiguió aglutinar un descontento social que estaba en un momento de caída, de depresión, después de la ola de movilización abierta con el 15-M». Las plazas, evoca Ripa, «se habían ido vaciando y unos se habían ido a casa, otros a los centros de trabajo, otros a La Madreña, otros a institutos y escuelas y otros a centros sanitarios a iniciar resistencias dispersas contra los recortes de Rajoy».

Según sigue reflexionando Prieto, «si uno toma los diez o doce indicadores del poder duro de clase —gasto social, calidad de las prestaciones laborales, derechos sindicales, negociación de convenios colectivos, etcétera— y analiza la década larga que va de Seattle a 2010-2011, salta a la vista que ninguno de ellos ha hecho otra cosa que ir para atrás. En el caso español, en esa década hay una degradación monumental en términos de autoritarismo social y en forma de comportamientos reaccionarios del sistema de partidos. El desastre es monumental y no es que el salto a la esfera político-estatal vaya a resolver inmediatamente los innumerables problemas que supone hacer política en las sociedades capitalistas, pero al menos obliga a pensar en ello».

Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón en Vistalegre I. Foto / Isabel Permuy.

La escalera del caos

Respecto a las debilidades que aquejan a un partido cuyo crecimiento ha sido vertiginoso, y ha estado marcado por una interminable y a ratos desquiciante yincana electoral, hay más que decir, menos acuerdo y la impresión general de que los medios de comunicación las magnifican, aunque todo el mundo coincide en dictaminar que debilidades, contradicciones y divisiones internas, haberlas, haylas, y que deben ser afrontadas en el nuevo Vistalegre. Que el discurso plurinacional del partido se compadece mal con el centralismo madrileño, que es la nota dominante a nivel interno; que la organización de la formación es un tanto caótica o que hay un conflicto no resuelto entre lo callejero y lo parlamentario son algunas de las críticas que se escuchan tanto a militantes de base como a las cabezas pensantes del partido y a algunos de sus cargos, y particularmente a los asturianos.

Al decir del filósofo Santiago Alba Rico, afín también a Podemos, con el que concurrió a las elecciones como candidato al Senado, «la dirigencia de Podemos acusa constantemente a los medios de comunicación de inventarse divisiones internas en el partido, y obviamente los medios de comunicación mainstream asociados a las oligarquías financieras y a los viejos partidos políticos han explotado y exagerado esas divisiones, pero las divisiones están ahí y no se han sabido solventar».

Según valora quien fuera guionista del mítico programa infantil de Televisión Española La bola de cristal, «en Vistalegre, los círculos y los consejos ciudadanos quedaron desprovistos de todo papel y la deliberación y la decisión quedaron desplazadas hacia la cúspide del partido, y cuando eso sucede la única manera de dirimir cuestiones políticas es maniobrando en los pasillos y cristalizando corrientes y facciones, algo que no puede permitirse un partido que pretende romper con la vieja política». Entiende Alba que «impedir la construcción de facciones debe ser el objetivo fundamental de Vistalegre II» y que «eso implica transparencia y constitución de espacios de debate verdaderamente democráticos».

El desajuste entre plurinacionalismo externo y centralismo interno es un mal que desde Asturias se denuncia con especial insistencia. Según expone Ripa, «pese a que tanto el discurso de Pablo [Iglesias] como el de Íñigo [Errejón] son descentralizadores, ambas propuestas siguen sujetando internamente a Podemos a las dinámicas de Madrid», algo que a su juicio queda demostrado cuando se comprueba «que un pequeño choque de trenes entre Pablo e Íñigo constipa a toda la organización: no hay cortafuegos y lo que sucede en Madrid se traslada a los círculos muy rápidamente».

Como suele suceder, esta centralización que algunos lamentan también va acompañada de una cierta verticalidad que entra en contradicción con la horizontalidad asamblearia y quincemayista que pareció caracterizar al partido en sus primeros días, algo que molesta especialmente a las bases del partido. Entre éstas, la sensación dominante parece ser que Podemos es un partido más horizontal y transparente que cualquier otro de los que conforman la oferta electoral española, pero que podría serlo mucho más y que hay que trabajar para que lo sea.

Tal es la opinión de un inscrito de la formación oriundo de Lena pero residente en Gijón, el profesor de historia Rodrigo Fernández. «Yo no diría», expone, «que Podemos es un partido vertical, sino que es un partido que quiere ser horizontal pero todavía no sabe cómo serlo y en el que en consecuencia se acaban generando duplicidades, solapamientos y en general un embrollo organizativo del que algunos saben aprovecharse: el caos, como dice Meñique en Juego de tronos, es una escalera, y en Podemos hay gente joven e inexperta en política pero también otra que lleva décadas haciendo política y sindicalismo y que sabe muy bien cómo posicionarse para convertir ese desconcierto en su propia escalera».

Reflexiona asimismo este miembro del círculo animalista de la formación que «a veces el orden es democrático y el desorden despótico, porque en el desorden la necesidad de gente que gestione el día a día siempre acaba produciendo líderes a los que nadie ha elegido».

Izquierda Unida: it’s complicated

Sobre la tensión entre calle e instituciones también tienen algo que decir los cargos asturianos de la formación. Emilio León utiliza una de sus habituales metáforas para explicar cuál es su parecer al respecto. «A mí», dice, «esto me recuerda al mito clásico de Ulises, que va a hacer la guerra a Troya y le parece que eso es lo difícil y lo importante, pero que en un momento dado se da cuenta de que las adversidades están en realidad en el camino de retorno y de que nunca se vuelve al mismo lugar del que se salió». Para León «en Podemos sucede lo mismo: creíamos que lo difícil era irrumpir en el campo institucional y ahora nos damos cuenta de que lo difícil es regresar a la calle sin renunciar al bagaje que hemos conseguido».

A juicio del diputado, «hay una tensión entre el romanticismo movimentista y lo que podríamos llamar fetichismo de la eficiencia, entre la vuelta a la calle y seguir engrasando la máquina de guerra electoral, que así formulada simplifica la realidad, porque si lo que hay que hacer es volver a coger el megáfono como cuando estábamos en la Plaza de la Escandalera, ¿para qué nos ha servido Podemos? ¿Para qué había que hacer ese viaje?».

Las bases de Podemos asistieron estupefactas al enfrentamiento en la cúpula del partido que se inició en Madrid. Foto / Pablo Lorenzana.

Entre la tesis callejera y la antítesis parlamentaria, León propone al Podemos estatal una síntesis que convierta el Parlamento en calle y la calle en Parlamento, algo de lo que León presume que ya está siendo capaz el Podemos asturiano: «Cuando hacemos irrumpir a afectados del ERA en el Parlamento para que sean ellos los que confronten directamente con el Gobierno, transformamos el Parlamento en calle en lugar de plantearnos si tenemos que estar en uno u otro espacio; redefinimos las fronteras del conflicto».

«Si uno cree», sigue disertando León, «que el único o principal escenario de confrontación es la arena institucional, no entiende lo que sucede, porque en un Parlamento bastan cuatro o cinco adversarios del propio Gobierno para controlar la situación, y la ventaja solo se consigue si uno obliga a su adversario a salir a todos los demás terrenos. Intentar resolverlo todo en un solo foco es darle ventaja al adversario. Cuando jugábamos al fútbol en el patio del colegio, lo que hacíamos todos era aumentar la densidad en un punto del campo arremolinándonos todos en torno a la pelota. La revolución de Cruyff, Guardiola y compañía consistió en hacer lo contrario: ganar en dispersión para aumentar las opciones de pase y restarle importancia al espacio concreto en el que está en la pelota. Esto puede aplicarse a la política: si uno consigue ampliar el número de actores y los espacios de juego, lo que pase en el Parlamento pasará a tener una importancia relativa».

Con éstos y otros problemas como orden del día se presenta el nuevo Vistalegre, en el que también debería clarificarse, a juicio de casi todo el mundo, la relación con Izquierda Unida, instalada hoy en un facebookiano it’s complicated que parece difícil resolver tanto llevándolo al estatus de relación consolidada como firmando el divorcio. «Los de Izquierda Unida, ¿son aliados, son enemigos, son competidores? ¿Qué son?», se pregunta Rodrigo Fernández. Daniel Ripa reflexiona a su vez que «en el Estado hay muchas Izquierdas Unidas con posiciones muy distintas, y la de Asturias es un sostén de un régimen clientelar asediado por la corrupción». Para Ripa, «no se puede plantear una alternativa al régimen si una parte está apoyando a uno de sus pilares fundamentales, como es la FSA».

Infantilismo y neofascismo

La perspectiva de una mayor fusión con el antiguo Partido Comunista de España tampoco suscita demasiado entusiasmo en otros miembros de la formación. Es el caso del escritor y profesor de filosofía Xandru Fernández, que concurrió a las primarias de Podemos Gijón como candidato a secretario general de la corriente Somos y fue derrotado por Mario Suárez del Fueyo, y que hoy manifiesta un cierto desencanto hacia el proyecto podemista. «La opción que apoya Pablo Iglesias ahora mismo, reeditar la izquierda resistente y Pepito Grillo bajo el paraguas de Podemos, no me interesa nada», dice, y manifiesta su preferencia por «seguir explorando la tesis con la que surgió Podemos». Valora Fernández que «lo que le dio alas y cinco millones de votos a Podemos no fue, diría que por desgracia, sacar banderas rojas en los mítines».

Pero tampoco la tendencia que parece representar Íñigo Errejón seduce al autor de El príncipe derviche y El ojo vago. Triunfen unas tesis u otras, un pesimista Fernández se muestra seguro de que «los círculos ya no existen, y no van a volver a existir. A lo mejor existen sobre el papel y como objeto de una apelación general, pero ya no son lo que eran inicialmente: algo con la intención de generar discurso. Hoy los círculos no generan discurso, sino que lo consumen: consisten en meras charlas en las que cuatro parlamentarios a los que se anuncia con nombre y apellidos explican no sé qué cosa a un determinado público. Podemos tiene de facto un funcionamiento vertical y no solo vertical, sino también fuertemente dependiente del carisma mediático de los cargos principales y los parlamentarios. Funciona con las reglas de la sociedad del espectáculo, y me temo que va a seguir funcionando así, porque así quieren que siga funcionando las dos supuestas facciones que hay en Podemos».

A Vistalegre, Asturias acudirá tratando de representar una especie de tercera vía de triunfo difícil pero que va a ser peleado con garbo por los representantes astures que asistan al gran congreso. Esa tercera vía la resume Ripa en «un Podemos aplanado y descentralizado» que se parezca más al asturiano, el único del Estado en el que no hay una única ejecutiva elegida a dedo por el secretario general sino varias ejecutivas sectoriales relativamente autónomas entre sí. De la misma opinión es Santiago Alba Rico, para quien Vistalegre II «debe servir para hacer lo que las urgencias electorales no permitieron o no recomendaron hacer en Vistalegre I: reducir el poder del secretario general, descentralizar las instancias deliberativas y decisorias en la organización y buscar un equilibrio más democrático entre círculos, consejos y ejecutiva».

«Tenemos», dice Ripa, «que debatir sobre esas cosas en Vistalegre, pero no produciendo un choque de trenes entre packs irrompibles, porque entonces se generará frustración y desmovilización, y no nos sobra gente como para andar peleándonos». Clama a su vez Alba Rico que «no podemos comportarnos de una manera infantil y con una irresponsabilidad que en este caso, al contrario de lo que ha ocurrido en los últimos treinta o cuarenta años, puede tener consecuencias muy graves para el conjunto de la población en este momento de auge del un nuevo fascismo dextropopulista. La misión histórica de la izquierda parece ser suicidarse en el momento justo, pero no podemos ser de izquierdas en ese sentido. No solo España: Europa depende de que Podemos se comporte con responsabilidad y entienda lo que está en juego».

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 48, ENERO DE 2017

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