El turno de la muerte

La fábrica de ácidos estaba en San Juan de Nieva, donde continúa la actividad industrial de Asturiana de Zinc.

La operación de exterminio genéricamente denominada represión franquista merece ser etiquetada, por su dimensión, perseverancia, exhaustividad e inclemencia, de genocidio. Fue una excepcional matanza de seres humanos por motivos ideológicos salpicada de innumerables expresiones de crueldad y vesania. Entre sus truculentos repliegues se esconden trágicos episodios de inaudita barbarie, todavía hoy poco conocidos, como el que tuvo por escenario principal la fábrica de ácidos de San Juan de Nieva en Avilés.

Ramón García Piñeiro / Historiador.

Trayectorias convergentes

El hilo del drama allí acaecido en febrero de 1938 parte de una modesta familia de jornaleros fundada por la unión de Francisco García y Josefa Rodríguez, dos vecinos de San Cristóbal de Castrillón que en 1901 y en 1904 alumbraron a sendos hijos, a los que llamaron Emeterio y Francisco García Rodríguez. De sus circunstancias personales destacamos que este, al que el vecindario identificaba por el heterónimo de ‘Quico Juncal’, se casó con una de las pioneras del socialismo avilesino, Covadonga Pérez Rodríguez, con la que tuvo cuatro hijos: Covadonga, Hildegart, José Antonio y Aida; y aquél se unió a Virtudes López Barral, con la que residió en la calle de La Magdalena de Avilés y engendró a ocho hijos: José, María del Carmen, Francisco, Víctor Manuel, Enelio, Reinaldo, Emeterio y José Antonio.

La trayectoria laboral y política de los dos hermanos discurrió en paralelo durante la II República, aunque con distintos compromisos y lealtades políticas. Quico Juncal figura entre los fundadores de la Agrupación Socialista de Avilés, en la que fue portador de uno de los primeros carnets de afiliación emitidos. Durante la Guerra Civil alcanzó el grado de sargento en el Batallón Pablo Iglesias, al que pertenecieron no pocos socialistas avilesinos. La Guardia Civil de Avilés le atribuyó haber formado parte del Comité del Frente Popular y del de Guerra, así como haber sido “jefe de la primera Checa de esta villa”. En el citado informe queda caracterizado como “sujeto de instintos sanguinarios y destacado militante del Partido Comunista”, cargos cuya falsedad está plenamente confirmada.

Para justificar la persecución de la que ambos hermanos fueron objeto, la Guardia Civil sostuvo que Emeterio fue secretario provincial del PCE, pero Juan Ambou rebaja su responsabilidad a la de secretario de organización en Avilés. Durante la República fue gestor municipal y, tras la insurrección obrera de 1934, fue procesado por distribuir armas entre los revolucionarios, tarea en la que fue secundado por otros conspicuos izquierdistas avilesinos, como Severino García Álvarez, Aurelio Expósito Ariza y Faustino Muñiz González. Tras la vista oral celebrada en diciembre de 1935, Faustino y Severino fueron condenados a cadena perpetua, pero tanto Emeterio como Expósito fueron absueltos, pese a que a éste se le imputaba el incendio de la casa e imprenta de Julián de Orbón, donde se editaba El Progreso de Asturias.

Emeterio García.

Durante la Guerra Civil, a Emeterio se le encomendó, una vez que fue sometida al control obrero, la dirección de la fábrica de ácido sulfúrico abierta por la Real Compañía Asturiana de Minas en la dársena de San Juan de Nieva. No bien fue aniquilada la resistencia republicana en Asturias, se ocultó, en compañía de Juan Bautista Sánchez Rodríguez (a) ‘Rosón’, otro destacado componente del Comité de Guerra de Avilés, en uno de los hornos en desuso de la citada fábrica. Detectada su presencia por alguna indiscreción o confidencia -por la denuncia de un empleado de militancia falangista según otras fuentes-, el 4 de febrero de 1938 fueron hostigados por un nutrido contingente de guardias civiles y falangistas, contra el que sostuvieron un intenso tiroteo en el que falleció Óscar del Rosal Navia-Osorio, un falangista de Oviedo que frisaba los cuarenta años.

En Verdicio, Villalegre y Llanera

En respuesta, por supuesta connivencia con los huidos, a los que facilitaban ropa, comida e información, fue represaliado al completo el turno de noche de la fábrica, conocido desde entonces como “el turno de la muerte”. Según Pablo Martínez Corral, nada menos que 18 operarios, previo paso por la lúgubre Quinta Pedregal, escenario de la cruel represión padecida por presos republicanos tras la caída del Frente Norte, fueron conducidos en un camión hasta la playa de Verdicio, donde fueron pasados por las armas e inhumados en una fosa común de las inmediaciones. Aunque solo consta que uno de los inmolados era hermano de Ángeles Alonso Suárez, no por ello se debe poner en entredicho la magnitud de la represalia, ya que ejemplos de sevicia como el descrito no fueron infrecuentes en aquel tiempo.

En su precipitada huida, ambos fugitivos optaron por poner término a su convivencia y buscar amparo en su respectivo entorno familiar. Rosón se dirigió a Villalegre, donde fue abatido el 31 de mayo de 1938 y su cadáver expuesto a escarnio público. Emeterio encaminó sus pasos hacia Vendón, en el concejo de Llanera, donde se unió a su hermano y se ocultó en la casa de ‘Pin de Monte’, propiedad de sus padres. De la localización, cerco y muerte de los dos hermanos en “una cueva del monte” -en puridad un refugio subterráneo excavado en las inmediaciones del inmueble-, dio cuenta el 2 de abril de 1938 el capitán de la Guardia Civil y delegado de Orden Público de Avilés, quien, como era costumbre, redactó un ambiguo atestado repleto de vaguedades, imprecisiones y algunas falsedades.

Además de aseverar que los perseguidos fallecieron en el transcurso de un tiroteo sostenido aquella madrugada, concretamente a las dos horas, afirmó que “entre los marxistas huidos que hicieron caso omiso a las intimaciones de la Fuerza y les hicieron frente” también figuraba un tercer componente de la partida, José García Pérez, lo que distaba de ser cierto. Más certero, el relato de la tragedia divulgado por el entorno familiar de las víctimas confirmó que en el refugio únicamente estaban los dos hermanos, los cuales, tras eliminar a cinco falangistas y tres guardias civiles, se asestaron simultáneamente uno al otro un tiro en la frente, circunstancia confirmada por la autopsia.

En todo caso, al día siguiente de la matanza los tres cadáveres fueron presentados conjuntamente en el cementerio de La Carriona ante el doctor Román Suárez Puerta y el forense José López Ocaña, quienes les realizaron la preceptiva autopsia y certificaron la defunción de los tres “por las diversas lesiones producidas por disparos de arma de fuego”. De su informe se desprende que los dos hermanos presentaban sendas y certeras perforaciones de bala en el entrecejo, lo cual acreditaría que, de ser cierto que fallecieron en el transcurso de un tiroteo, los asaltantes exhibieron una puntería excepcional. De la tercera víctima precisaron que presentaba una herida producida por un proyectil en el lado derecho de la región torácica, a la altura de la cuarta costilla, y otra herida “con destrucción de parte del cráneo y salida de la masa encefálica por la región interparietal”, que atribuyeron a la explosión de una bomba de mano.

La Quinta Pedregal, por donde pasaron los 18 obreros antes de ser asesinados.

El enigma de la muerte de José

Francisco Rodríguez García y su hijo Benjamín Rodríguez Valdés, dos labradores del barrio de La Carril (Llanera), identificaron el cadáver de José García Pérez, del que precisaron que rondaba los 43 años, estaba casado con Carmina Rodríguez, tenía media docena de hijos (José, Benjamín, Joaquina, Nieves, José Ramón y María Alicia) y era natural de Vendón, circunstancia que establece un nexo entre los tres represaliados. También añadieron, sin más concreciones, que ejercía de casero en “el chalet de Gendín”.

Las referencias a las circunstancias concretas en las que fue represaliado José García Pérez son tan esquivas y contradictorias que cabe formular al respecto todo tipo de hipótesis. Indicios tangenciales, como la coincidencia entre su lugar de nacimiento y el paraje donde fueron liquidados los hermanos García Rodríguez, invitan a conjeturar que pudo haber sido utilizado como guía para localizar el emplazamiento de su escondite. Una vez detectada la presencia de los huidos y consumada la matanza, probablemente de forma diametralmente distinta a la consignada en el atestado, pudo haber sido eliminado, como era práctica habitual, para que no quedara ningún testigo incómodo de la fechoría.

Para añadir más confusión, José Martínez González, el brigada de la Guardia Civil que dirigió el supuesto asalto en el que perecieron los dos huidos, ofreció una versión de los hechos que no concordaba con la del delegado de Orden Público. Sostuvo que, cuando detectaron “la cueva” en la que se guarecieron los dos hermanos, les conminaron a que se entregaran con los brazos en alto sin ofrecer resistencia, a lo que respondieron que “primero agotarían las municiones y luego se suicidarían”. “Repelida su agresión con fusilería y bombas de mano”, en torno a las dos de la madrugada procedieron al asalto y acabaron con la vida, como reconoció expresamente, de “ambos hermanos”, los únicos ocupantes del escondrijo.

Más tarde, cuando regresaban a Avilés con los dos cadáveres, al pasar por las inmediaciones del barrio de La Carril detectaron la presencia de un hombre no identificado que corría sin motivo aparente. Como hizo caso omiso a sus voces de intimidación para que se detuviera, abrieron fuego contra él, “resultando ser el citado sujeto José García Pérez”. A modo de justificación de su conducta apostilló que la tercera víctima había sido “miembro del Comité de Guerra de Llanera, de la checa y Policía de dicha localidad”. De ser ciertos estos antecedentes, sorprende que no hubiera sido detenido antes y que se le hubiera confiado la custodia del llamado chalet de Gendín.

De los testimonios aportados por familiares y testigos, y de las fragmentarias investigaciones realizadas hasta la fecha, se deduce que este trágico, pero no excepcional episodio, se saldó con la muerte de 18 supuestos enlaces, tres huidos y una cuarta persona que, al parecer, tuvo la desdicha de cruzarse en el camino de los verdugos cuando regresaban de cacería. Su sacrificio habrá sido en vano si los rematamos con la indiferencia y el olvido o, peor aún, con el silencio hipócrita del que todos fuimos culpables.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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