Una pelea de pillos

Susana Díaz y el presidente de la gestora socialista, el asturiano Javier Fernández. Foto / Pablo Lorenzana.

Luis García Oliveira.

Discúlpenme los tres postulantes en liza a la secretaría general del PSOE por referirles con ese común calificativo, pero la verdad es que no encuentro otro más benévolo a la vista de las respectivas trayectorias en la disputa por la poltrona socialista.

En su reñida pelea por los restos del naufragio al que, unos más que otros, abocaron al partido que tanto dicen amar, parecen haber olvidado que el atributo más valorado en todo político por cualquier militante de base o simpatizante es su credibilidad personal y, consecuentemente, la confianza que pueda generar.

Teniendo en cuenta ese inapelable axioma, muy mal se podrá liderar un colectivo político, supuestamente de izquierdas, si se carece de ese valor. Peor aún si lo que en última instancia se pretende es ganar unas elecciones, ya que en ese escenario la credibilidad personal y política tienen que extenderse entre todos los potenciales votantes.

Excúseme también el “doliente” Pedro Sánchez que no me emocione ni me conmueva con su victimismo político, aunque tenga fundados motivos para aquejar ese daño. Tantos, al menos, como los que en su día le dio a su “compañero” Tomás Gómez al descabalgarle políticamente –por la vía de urgencia y con el aliento de quienes después le destronaron a él– cuando temió que el de Parla pudiese suponer una potencial amenaza a su liderazgo como secretario general del PSOE.

Pero esa es agua ya pasada y lo que más habrá de preocuparle ahora al abanderado representante de la anémica ala izquierda de ese maltrecho partido será el granizado vendaval que arrecia sobre él desde el “sultanato” del Sur, donde una recrecida Susana Díaz –metafóricamente hablando, claro está– pastorea con mano firme a sus acólitos en el principal feudo socialista del país.

Todo un carácter el de esta mujer, tan orgullosa ella de sus raíces plebeyas y, hasta hace nada, tan “centrada” en su Andalucía que no quería ni oír hablar de lo que ahora tanto anhela. ¡Qué duro y sacrificado tener que “descentrarse” –por obligada responsabilidad, dice ella– del Gobierno de su tierra¡ Algo que, jura y perjura, no quería, aunque ya había voceado a los cuatro vientos que estaría siempre “donde sus compañeros le pusiesen”.

Claro que no faltarán entre los suyos quienes interpreten muy escépticamente su multireiterada disponibilidad “al servicio del partido”; algo que no debería extrañarle a quien exuda una ambición personal y política tan visiblemente desbordadas como mal contenidas.

Pedro Sánchez. Foto / Mario Rojas.

Pero nada de todo esto debe desanimar a la muy fiel militancia socialista, pues para enjugar todas sus lágrimas y “recoser” los sangrantes girones en carne viva que ninguno de sus olvidadizos líderes quiso molestarse en zurcir, llegó por sorpresa Patxi López, el inesperado “mesías” que tanta falta le hacía al PSOE.

Vista su remansada nobleza verbal y la clerical arquitectura expresiva de su discurso, ¿quién se va a atrever a entrarle al debate político navaja en mano?

Eso estaría muy mal visto en los dos oponentes que de verdad disputan con uñas y dientes el cetro socialista, así que tendrán que apañárselas buscándole las cosquillas por otro lado.

Pero con mucho tiento y mano izquierda; nada que le pueda incomodar más de la cuenta a la hora de vender su posible apoyo a alguno de los otros dos candidatos, en vísperas del cónclave socialista y una vez retirado él del concurso con la misma estrategia que le llevó a aterrizar en él: presentarse en escena interpretando el papel de “hombre bueno”, hacer el mayor acopio posible de avales a su candidatura y, después… poner precio político y condiciones a quien le pida su padrinazgo para el trasvase de esos apoyos. ¿O es que no va a ser así, Don Patxi, si eso les fuese necesario a quienes le patrocinan a usted desde la sombra?

Debacle socialista

Pero que no cunda el desasosiego entre las filas socialistas, que, para garantizar que todo discurra debidamente, ahí están prestos a toda posible incidencia el flamante presidente de la gestora y demás danzarines de ese restringido corralito. Son todos de plena confianza, al menos eso es lo que piensa Susana Díaz de ese ramillete de escogidos y muy a pesar de las duras recriminaciones de otro compañero de partido –el alcalde de Calasparra– que les acusa públicamente de prácticas mafiosas. ¡Casi nada!

Vista la turbiedad del panorama, lo único que parece claro es que para cargarse definitivamente al PSOE, dejándolo en algo políticamente residual, no va a hacer ninguna falta que les ayuden desde afuera. Al paso que llevan en la faena sus desnortados líderes, el fin del desguace será cosa de poco tiempo más.

Dada la situación interna del partido, la reciente debacle socialista en Francia y el curso suicida que antes siguieron otros correligionarios en Grecia, Italia, Inglaterra y demás, va a resultar muy difícil que, tras cubrirse la vacante de la secretaría general, el electorado afín renueve su confianza en esa organización.

¿Por qué? Pues por muy variadas y poderosas razones: porque ese electorado está ya harto de que sus dirigentes le tomen el pelo, de que no pierdan ocasión para defraudarles y por la abismal brecha que siempre se interpone entre los compromisos preelectorales y lo muy poco que después se sustancia de ellos. Si además se está a lo que ordene y mande el IBEX 35, servilmente pendientes de pillar alguna de sus múltiples puertas giratorias y dando una de cal por cada siete de arena, ¿para qué hace falta nada más?

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