Una vida en la cárcel para nada

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Patricia Simón / Periodista.

Una introducción periodística tradicional empezaría así: Aurora Mateos, hija de feriantes, conoce casi todas las prisiones de España. Ha pasado encerrada dos tercios de sus casi sesenta años, encadenando condenas por tráfico de drogas dentro y fuera de prisión. Perdió a sus cuatro hermanos por la droga y ahora, en la calle gracias a un permiso por enfermedad, cuida de su hija enferma así como de su nieta y sobrinos.

Pero estos subtítulos no explicarían quién es Aurora ni su mundo, pegado pared con pared con el nuestro, aunque mucho más amplio pese a haberse desarrollado casi siempre en los pocos metros cuadrados de una celda: “Sigue siendo tan fácil meter una navaja o droga en la cárcel como hace cuarenta años. Y el que tiene la droga en prisión es el que parte el bacalao. Allí la droga es la moneda de más valor. En la cárcel hay presos VIP, normales, currantes y esclavos”.

Solo por la energía del discurso de Aurora, queda claro que ella nunca estuvo entre las esclavas: “Me mataba con el sistema, con las presas que iban de matonas, con todo. Yo lo que quería era droga y lo demás no me importaba. He entrado en una galería y yo sola le he sirlado todo a 60 presas. Con una navaja, obviamente. Allí metes cosas o las confeccionas. En la cárcel haces una radio con una caja de cerillas porque ahí entras tonto y sales haciendo aviones. Tienes muchas horas para pensar. Eres un delincuente y vives de observar”.

Nos citamos con esta ovetense en su barrio, Ventanielles, adonde volvió hace un año, cuando Instituciones Penitenciarias le concedió un permiso especial para salir de prisión por enfermedad: al VIH hay que sumarle el cáncer que combate con quimioterapia desde hace una década. Pero en realidad no salió para cuidarse, sino para atender a su hija, una de las pocas personas en España con más de treinta años que sigue viva habiendo nacido con SIDA. Gracias al dinero que su madre ha ganado traficando en las prisiones y que ha invertido en los mejores médicos, la joven es madre de una cría de 9 años y sigue viva. Pero su estado es muy grave.

Cárcel y hogar

La resistencia física y la lucidez discursiva de Aurora demuestran que la fortaleza y la salud son conceptos a veces tan líquidos como la heroína a la que se enganchó antes incluso de conocer el hachís. Fue en Holanda. Sus padres, feriantes, la habían enviado con unos familiares a Francia, donde estudió en un colegio internacional. Era bella, ávida de vivir la vida adrede, enamorada de un muchacho con el que se fue a vivir a su poblado chabolista de Madrid.

Las primeras tres veces la encarcelaron por las marcas de aguja en los brazos, conforme a la Ley de Vagos y Maleantes. No le pillaron la droga. Eran mediados de los años setenta y decidió que si iba a terminar entre rejas “sin haber cometido ningún delito, solo por consumir”, entonces se convertiría en traficante y, al menos así, conseguiría dinero para drogarse.

“Las cárceles eran muy duras entonces: no había colchones, las ratas y las cucarachas eran enormes, de comer nos daban agua con unas pocas lentejas…”. Aurora ha conocido y participado en las reivindicaciones que han impulsado las mejoras en las condiciones de habitabilidad de las prisiones, donde terminó por sentir que estaba en algo parecido a un hogar. “Ha habido veces que algún recién llegado me ha preguntado cuánto tiempo llevaba presa y no me acordaba. Terminas haciendo tu mundo allí”.

Aurora se ha convertido en el quebradero de cabeza de la mayoría de los directores de las prisiones en las que ha estado: “Me han llegado a meter en una sala de aislamiento de corcho e, incluso desde ahí, he vendido”. Su agilidad discursiva solo se explica por su avidez lectora, que le permitía afrontar castigos de días sin salidas al patio siempre que tuviese lo necesario del economato, droga y libros.

Pero de eso hace ya veinte años, los que lleva sin consumir, aunque haya seguido traficando para sacar a su familia adelante. “Y lo volvería a hacer si mi gente lo necesitara”, dice tajante quien no habría pasado dos tercios de su vida encerrada si el consumo de drogas fuera legal, como defienden los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, de Guatemala, Otto Pérez Molina, o el expresidente español Felipe González.

Prisiones, los manicomios del siglo XXI

Esta mujer de cuerpo fibroso y mirada directa no solo ha despertado la simpatía de parte de las internas por las sentadas y reivindicaciones que ha llevado a cabo, sino también de parte del funcionariado, integrantes de ONG como Milenta Muyeres o Abogadas por la Igualdad, que la conocieron en prisión, y religiosas como las de Prisión y Sociedad o el padre Jaime, de Yeserías-Carabanchel.

Parte de su atractivo radica en su franqueza, por cruda que resulte. “Cuando estás en esa situación juegas con el terror que te tiene la gente, pero con los años te das cuenta de que no, de que debes buscar el respeto. Pero cuando eres joven buscas el terror y eso hace que te pongan el papelito de que no eres apta para vivir en semilibertad en un patio”.

El primer conflicto en el que Aurora sintió que el mundo –que le quedaba tan pequeño– estaba contra ella fue el ingreso: “Lo primero que te roban es tu dignidad porque te tienes que poner en pelotas  –lo que para el funcionariado tampoco tiene que ser agradable– y te frustras porque te tenían que haber traído una bata y no te la han dado. Vienes de estar tres días en calabozos, otros tantos en el juzgado, sin haberte duchado, lavado los dientes, cambiado de ropa interior… Te violenta esa situación y ya tienes el primer conflicto”.

Las sombras y las luces, a las que Aurora les dedica gran parte de su discurso, reconociendo igualmente la entrega de parte del funcionariado. Más necesario que nunca en los últimos tiempos, teniendo en cuenta que los recortes ejecutados por el Gobierno del PP se han dejado sentir hasta en el desabastecimiento de medicinas para tratamientos médicos fundamentales como los psiquiátricos. “Muchas de las personas presas tienen enfermedades mentales, pero, como no hay habitaciones en los hospitales para los policías que tendrían que custodiarles, los mandan a prisión. Muchas veces son los propios funcionarios los que les ayudan llevándoles tabaco, ropa y asignándoles un trabajo en la cárcel. Hay un psiquiatra para 1.800 internos. He visto gente que claramente estaba enferma, que ha pasado doce años en prisión y no ha sido diagnosticada. Ahí el problema no es de los trabajadores de prisiones, sino del juez y del sistema”.

Reinserción, “la gran cagada”

Las mujeres, que representan el 10% de los 56.000 presos en España en 2014, siguen siendo las grandes olvidadas de las prisiones, como enfatiza Aurora: “Nos arrinconan en un submódulo. En la mayoría de los sitios, si no fuera por las ONG, las mujeres no tendríamos nada que hacer y su entrada se deja al libre criterio del director, como permitir juntar los vis a vis mensuales para que puedas pasar más tiempo con tus familiares si viven en otra Comunidad y tantas otras decisiones”.

En cárceles exclusivas para mujeres, como la de Sevilla, el 90% de sus presas son mujeres de etnia gitana condenadas por menudeo de drogas como el hachís y extranjeras que para poder migrar por razones económicas, ante el cierre de fronteras, solo les ha quedado la vía de transportar en sus estómagos droga para redes internacionales, que les sufragan los gastos del viaje. “Las cárceles nacieron como recogimiento de pobres y no han dejado de serlo”, decía la profesora de Derecho Penal, Paz Francés, en una entrevista publicada en el número 42 de ATLÁNTICA XXII.

La cárcel de Villabona. Foto / Pablo Lorenzana.

La cárcel de Villabona. Foto / Pablo Lorenzana.

Pero con lo que Aurora se indigna, ella que ha recalcado varias veces a lo largo de la entrevista que es una delincuente y que como tal debía cumplir sus condenas, es con “la gran cagada nacional: la reinserción”. No es la única que la echa en falta. En una conferencia reciente Mercedes Gallizo, directora y secretaria general de Instituciones Penitencias desde 2004 hasta 2011, reconoció sin pudor que la cuenta pendiente sigue siendo la reinserción. Como recuerda una canción de Christina Rosenvinge, “alguien tendrá la culpa”.

“Hay gente que llega a prisión sin conocimientos básicos que adquirimos de niños como ducharnos, no escupir en el patio… La única solución es la reeducación, pero para eso hace falta presupuesto y funcionarios. Pero hay la mitad de los que se requieren y viven asfixiados por el papeleo burocrático. También necesitamos que a las mujeres nos den cursos útiles, no manualidades, porque no nos van a servir de nada cuando salgamos”.

Bien lo sabe ahora Aurora, sostén de su hija, su nieta y sus cuatro sobrinos, huérfanos por la droga: “La discriminación de las mujeres llega al punto de que si hay algún conflicto en un taller o se mantienen relaciones en un módulo en el que no está permitido, a la que expulsan es a la mujer. Hay muy pocas prisiones que saquen a las mujeres para que puedan encontrarse con sus hijos y han dado en adopción a niños sin que sus madres lo supieran. Como si no fueran nada. Y es verdad que cuando tienes una adicción tienes que cubrirla primero porque tu cuerpo está enfermo –aunque hayas creado tú esa enfermedad– antes de atender a los demás. Pero en el momento en el que le quitas a una mujer sus hijos, ya no tiene nada que perder porque ya no le importa nada”.

Aurora sabe de lo que habla y termina hablando de sí misma cuando habla de ellas, de sus compañeras, a las que pone rostro, nombres y apellidos. “Si lo que más quiero, que ya llevo yo esa culpa de tener un hijo enfermo, de no haber estado en los momentos importantes… Si ya llevo yo esa carga que nunca te la quitas aunque el psicólogo te diga que eso son cosas del pasado”.

Aurora tuvo que separarse de su pequeña cuando tenía 3 años para seguir cumpliendo condena. “Pasar tantos años separadas crea un muro, no sé cómo llegar a ella. Estos niños tienen el síndrome del niño abandonado, el más difícil de curar. Por eso es tan importante que se permita conservar ese vínculo con los hijos mientras se está en prisión, aunque estén con una familia de acogida. Yo la he llamado por teléfono y sabido al instante que estaba enferma. Al día siguiente estaba ingresada en el hospital”.

Droga y prostitución

Aurora es una máquina de generar titulares. Este perfil podría construirse a base de frases lapidarias pero entonces estaríamos dejándonos deslumbrar por su elocuencia, tan dada a los blancos y negros, cuando lo excepcional de la vida de Aurora entre barrotes es que nos descubra los grises que habitan en las prisiones, donde el 58% de los presos lo está por robos y tráfico de drogas.

“Tú creías que drogándote solo jodías tu vida, pero muchos años después te das cuenta de que tu mierda salpicó a toda la familia. Y la bola que se ha creado en esos 25 años que estuviste drogándote es tan grande, que cuando tiras del cabo nunca deshaces el ovillo. Porque tiene demasiados cabos. Así que si mis chavales necesitan ir al dentista, la que se va a buscar la vida soy yo. El problema es que cuando sales de prisión, vuelves al punto de partida. Por eso mucha gente muere de sobredosis al tercer día, no de heroína sino de pastillas, porque en prisión estaban sobremedicadas y cuando salen no tienen motivación porque no se sienten útiles para la sociedad, ni para sus familias ni para ellas mismas”.

Fue tras la muerte de su padre cuando Aurora se desenganchó por segunda y última vez. La primera fue por el nacimiento de su niña. No fue hasta entonces cuando empezó a aceptar las visitas en prisión. Antes no quería que sus padres sufrieran porque “el que lo pasa mal es el que va. Tú tienes cama, comida peor o mejor, te buscas tus historias. Pero los que sufren son los que hacen cientos de kilómetros para verte, los que se marchan y te dejan allí. Tú vuelves contentísima a la galería porque los has visto y lo cuentas a las otras internas. Eso sí, yo nunca les he permitido pasarme droga, siempre los he tenido al margen de mis historias. Solo se beneficiaban del dinero que les sacaba”.

Aurora, que admite que si no fuera por el daño ocasionado a su familia nunca habría dejado las drogas (“estaría todo el día con la cabeza metida en su saco como un burro porque me encantaba”), terminó aceptando ser profesora de talleres en la cárcel de León para hacer méritos y acelerar así su salida. Pero puso sus reglas: en sus clases ella sería la responsable de la seguridad y el cumplimiento de las normas, no habría funcionariado. Si faltaban unas tijeras, sería su culpa. Nunca robaron ninguna. La red de confianza resistió. “En la cárcel es muy fácil echar las cartas porque todo el tiempo está hablando de cuándo será el próximo juicio, cuánto queda para la puesta en libertad… Se sabe todo”.

Sigamos desenmarañando lo que en palabras de Aurora “es un submundo, la sociedad pero encerrada. Donde lo bueno no es tan bueno y lo malo no es tan malo”.

Mientras en el mundo exterior la homofobia sigue siendo socialmente aceptada, las relaciones amorosas entre personas del mismo sexo gozan de mayor permisividad entre rejas. “Antes, a las mujeres que tenían una relación se les sancionaba administrativamente y se leía en voz alta en las galerías para humillarlas. Yo he visto relaciones que jamás pensé que pudieran darse. Muchos de los presos llegan muy machacados de la calle y necesitan afecto como cualquier persona. A mí porque las mujeres no me dicen nada, pero son muy pocas las que no han tenido relaciones con otras mujeres. También he conocido a funcionarios e internas enamorados”.

La prostitución, masculina y femenina, también tiene lugar intramuros y, según Aurora, afecta mayoritariamente a las mujeres latinas que son las que no tienen una familia que les apoye desde fuera: “Muchas veces entran sin ni siquiera el equipaje que les quitaron en el aeropuerto, sin una tarjeta para llamar a sus familias. Los que le dieron la droga en sus países las obligan a pagarles a través de coacciones contra sus familias, no tienen abogados y empieza la prostitución encubierta. ¿Con quién? Con los presos que tienen trabajos dentro de prisión, que son los que violaron, asesinaron, los maltratadores machistas…. Los jefes de equipo de las prisiones les dan los trabajos a ellos porque no suelen tener problemas con las drogas y, entonces, no los consideran delincuentes”.

La penúltima vez que salió de prisión su casa había ardido. Puesto que estaba a su nombre, su hija no tenía derecho a una vivienda de emergencia social. Sin nada, volvió a traficar. Afirma que nunca la han pillado con droga, solo con el dinero que no podía justificar.

Aurora tiene que marcharse a recoger a su nieta, que le ha salido deportista y muy competitiva, dice. ¿A quién habrá salido? Antes de la despedida, se le pregunta para qué le ha servido la cárcel: “Para nada. Cuando he visto que el dueño de las clínicas Vitaldent, detenido por fraude fiscal, se había comprado uno de esos pueblos abandonados por 5 millones de euros he pensado que qué desgraciado es el sistema. Porque si nos ponen a los presos a levantar uno de esos pueblos, enseñándonos carpintería, albañilería, fontanería… Seguro que alguno iba a mangar, pero con que uno se sienta útil y cambie el chip, merecería la pena”.

Pero habría quien censuraría esa medida por considerarla trabajos forzosos. “Yo no digo lo que hacen en Estados Unidos de ponerlos a picar una carretera o aquí de limpiar los montes por la cara. Si a esos internos que limpian los montes se les motivara enseñándoles a arar la tierra y plantar para que luego les sirviera para algo, si les diera un dinero simbólico, algo que pudieran mandar a su familia… Nos sentiríamos útiles y sabríamos que podemos hacer algo cuando salgamos de la cárcel”.

A estas alturas de la entrevista, después de horas, no cabe duda de que Aurora habló de dentro para que se entendiera lo que les espera fuera: nada. Porque tenemos cárceles, pero no reinserción social.

Crear algo de lo que sentirse orgullosos

El MUSAC de León.

El MUSAC de León.

Ya de adulta, abuela de hecho, en una revista que creó el Museo de Arte Contemporáneo de León (MUSAC) para las presas, impactada por el arte tras una visita a sus instalaciones, Aurora escribió:

“Tenemos el deber de decirles y de hacerles saber al centro que hay que pelear juntos no solo para salir, sino para crear algo, no sé muy bien el qué, pero algo de lo cual, cuando cumplamos nuestra condena, podemos seguir estando orgullosos. Tienen que saber que estuvimos [los que nos drogábamos] en la basura, muy abajo, pero que con un poco de atención personalizada y un trabajo, o una situación diferente (solo que crean en nosotros y nosotros creer y querernos a nosotros mismos), vamos subiendo pasito a pasito”.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 44, MAYO DE 2016

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