Violencia de género, no doméstica

Violencia de género

Manifestación coincidiendo con el juicio en Pamplona a los miembros de “La Manada”. Foto / Imanol Rimada.

Un día comenzaron las vejaciones, el menosprecio, las palizas… Él un día se cansó y le dijo que no. Y ella, simplemente, le mató. ¿La respuesta de la sociedad sería la misma que con los asesinatos de mujeres si este episodio se repitiera al cabo del año un centenar de veces?¿No es un tema de la suficiente envergadura para erradicar, sin juzgar a la ‘mala’ mujer y educando a la sociedad en igualdad para que desaparezca de una vez? La violencia de género se ejerce contra las mujeres por ser mujeres. La violencia doméstica es una trampa del lenguaje para invisibilizar un problema estructural –la dominación masculina– que suma más asesinatos que los de toda la historia de ETA.

Elena Plaza / Periodista.

Ya en 1993 la ONU habla de una violencia específica ejercida única y exclusivamente contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. “Cuando hablamos de violencia doméstica es similar a hablar de violencia callejera: nos dice dónde ocurre, pero no por qué ocurre”, explica la periodista y experta en género Nuria Varela. En la violencia doméstica cualquier persona puede ser víctima: hombres contra mujeres, mujeres contra hombres, jóvenes contra ancianos, padres contra hijos… “Cuando tuvimos la definición empezamos a entender, y también a contar con cifras, a ver la magnitud. La violencia doméstica lo mezclaba todo”, afirma.

“La violencia doméstica lo que hace es tapar, no dejar al descubierto las relaciones históricamente desiguales donde hay hombres que someten y dominan a las mujeres, y mujeres que son sometidas por los hombres”, concreta Pilar López Díez, doctora en Ciencias de la Información y experta en Comunicación y Género. “Es una construcción política, económica, social de las relaciones personales donde los hombres y el patriarcado tienen el poder, por eso no interesa despejar claramente los conceptos y se hace un batiburrillo que mezcla distintos tipos de violencia”.

“Si tú no haces un correcto análisis de la realidad y tapas esas relaciones de poder, no vas a poder buscar soluciones. El acento se pone en la violencia en el ser humano, pero ya el feminismo de la segunda ola de los años sesenta del siglo pasado lo definió con la tesis lo personal es político. Hay que hablar de una violencia específica, de una violencia estructural donde los hombres son capaces de matar a las mujeres si ellas se salen de los márgenes que ellos les imponen. Por eso lo que no se nombra correctamente no existe”, afirma la experta: “El ser humano se aproxima a la realidad a través del lenguaje, y es el lenguaje el que construye la realidad”.

La punta del iceberg, lo que evidencia y visibiliza esta violencia de género es la física, las palizas, y, sobre todo, los asesinatos de mujeres a manos de hombres, bien sean parejas o exparejas. Violencia machista también es la cometida por cualquier otro hombre, como padres o hermanos o aquellos ajenos, sin una relación de cercanía, como en el asesinato de Diana Quer, pero las agresiones sexuales no cuentan en las cifras del Gobierno como violencia de género.

Existen otros muchos tipos de violencia contra las mujeres (y que no se dan a la inversa): la psicológica, la económica, la sexual, la judicial, el abuso de poder… También es violencia de género la mutilación genital femenina, los crímenes por honor, por la dote, los matrimonios forzados… La violencia de género pasa por los micromachismos, por los hábitos integrados en la cultura patriarcal en la que la sociedad es culturizada y que ya no percibe esas agresiones como violencia. De hecho la sociedad, a través de la cultura, de los medios de comunicación, de la familia… normaliza esa violencia. De ahí la dificultad a la hora de identificarla. Y el falso discurso de la igualdad, el denominado velo de la igualdad, utilizado por el patriarcado.

Los hombres son así”

El estudio “Igualdad y prevención de la violencia de género en la adolescencia” del Ministerio de Igualdad y la Universidad Complutense revela la existencia de violencia por parte de los chicos en las relaciones de pareja en edades de 15 a 18 años. Una violencia reconocida por ellos, pero no percibida por ellas como comportamientos violentos. ¿Por qué? No porque sean conductas difíciles de identificar, sino porque esas conductas están revestidas de normalidad. Y de ahí la idea tradicional de que los celos son amor y la violencia no es violencia. Y las mujeres se esfuerzan en aras del compromiso, y se justifican con el manido “los hombres son así”.

No existe un perfil de maltratador. Pensar que se trata de un hombre de clase baja, con una baja cualificación, con los agravantes de desempleo, adicciones… nada tiene que ver con la realidad. Los maltratadores simplemente son hombres, hombres machistas, que se creen con unos derechos sobre las mujeres. “Los protocolos de actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no contemplan preguntar a un presunto asesino el puesto más alto que ha alcanzado en la empresa en la que trabaja, ni el mayor grado académico que ha alcanzado, lo que conlleva que se encubra a los maltratadores de altos ingresos, puestos directivos y educación superior, con lo que las agresiones machistas no se asocian con este tipo de individuos. Solo se sabe que son hombres normales, no si desempeñaron un puesto de juez, fiscal o director de una empresa automovilística… Porque interesa que no se sepa”, critica Pilar López.

La espiral de la violencia contra las mujeres contempla varias fases que pasan por la tensión, la agresión y la luna de miel, donde juega un papel fundamental el arrepentimiento por parte del agresor que despierta la esperanza de la mujer, con la confianza de que cambiará porque aún la quiere. Y cuando las mujeres se rebelan, cuando dicen No, se desatan nuevos episodios de violencia, donde ellas sufren la doble culpabilización, la externa de la sociedad (“algo habrá hecho”) y la interna, por no haber sabido resolverlos. Y cuando se someten, desaparece la violencia. Se trata del mito del amor romántico, donde los príncipes valientes rescatan a las princesas débiles. Y ése es el modelo que transmiten los elementos socializadores (familia, escuela, medios de comunicación y sociedad) a la población infantil y juvenil, que perciben en gran medida a los hombres agresivos como atractivos.

“No hemos sido educados en la igualdad. No toda la sociedad está a favor de erradicar la violencia de género. El Pacto por la Educación no tiene validez si no incorpora una asignatura en todos los tramos educativos de relaciones afectivo-sexuales y prevención de la violencia de género. Para vivir en igualdad hay que educar en igualdad”, explica Nuria Varela para añadir que “ése es el velo de la igualdad, no hay coeducación en las aulas. Además la chavalería tiene algo que nunca antes tuvimos: a los 12 años van al Instituto, a los 13 tienen relaciones sexuales sin ser educados y tienen dispositivos móviles sin control. No hay una prioridad política, social, académica”.

En este punto también coincide Pilar López: “Es fundamental que todo el profesorado desde infantil a universitario tenga formación obligatoria en igualdad de género. Y que existan unos presupuestos para esta formación”. La investigadora también señala la importancia de los medios de comunicación a la hora de desarrollar una de las tres funciones básicas del periodismo en relación a la violencia machista. “Estas funciones son formar, informar y entretener. Los medios de comunicación deben ayudar a la ciudadanía a ser libre, deben proporcionar lo que la ciudadanía necesita para ser libre. Nadie se preguntó qué pasó con las 250 medidas de Rajoy de hace tres años contra la violencia de género y el recorte del presupuesto de igualdad. No se cuestionan las relaciones desiguales de poder”.

En 2004 se promulgó la Ley Orgánica de Medidas para la Protección Integral contra la Violencia de Género y en 2007 la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres. “Las leyes españolas son buenas, y están en consonancia con lo que dice la ONU, pero no hay voluntad política” señala Varela, quien fue jefa de gabinete del primer Ministerio de Igualdad de la historia de España. “Y aunque todas son leyes orgánicas, parece ser que unas valen más que otras”.

El mito de las denuncias falsas 

A la falta de voluntad política de la que se acusa al actual Gobierno del PP (el Ministerio de Igualdad de la época socialista fue absorbido por el de Sanidad), se suma el descrédito y la culpabilización que tradicionalmente sufren las mujeres dentro del heteropatriarcado. La palabra del hombre tiene más peso e impera el mito de la ‘Eva perversa’. La mujer miente, acusa de violencia de género porque es la manera más fácil de deshacerse del hombre. Otra leyenda urbana rebatida por cifras y realidades: tan solo el 0,006% de las denuncias presentadas son falsas. El problema es que aquellas denuncias que no acaban en condena se equiparan con las denuncias falsas.

“Mentir es inherente al ser humano: con el seguro, para no pagar las tasas del DNI… El porcentaje de denuncias falsas en cualquier delito es superior al de violencia de género. Los hombres también denuncian falsamente. Pero las mujeres no matan, no agreden al hombre por el hecho de serlo”, explica Xavier Eguiguren, escritor y guardia civil que se ocupó durante cinco años en Asturias de la protección a las víctimas de violencia de género.

Asegura que colar una denuncia falsa no es tan sencillo, aparte de la sanción que conlleva. “Tratamos de averiguar si lo que cuenta es falso o no, no es que la palabra vaya a misa. Los y las agentes están especializados y sensibilizados en género. Se realiza una entrevista exhaustiva con la víctima que perfectamente puede durar cuatro o cinco horas, con una abogada de violencia de género. Y lo mismo con el agresor. Se abordan todo tipo de temas: violencia sexual, física, psicológica… Se realiza una entrevista amplia. La detención es un mero trámite, como lo es la puesta en libertad”, desgrana Eguiguren, que realiza sensibilización en violencia de género con jóvenes y adultos.

“Debemos concienciar y no cuestionar. Cualquier persona puede activar la alerta anónimamente, pero todos debemos denunciar. Los que maltratan tienen una especie de castillo de naipes y viven para maltratar a esa mujer. Cuando se rebela, la mata. Y en algunos casos se suicida porque se le ha roto el castillo, esa red que le sustentaba y ya no ve sentido a la vida. Y luego están los que matan a sus hijos. Inconcebible. El ensañamiento absoluto. El hacer el máximo daño posible”, lamenta Eguiguren.

Para Varela las acusaciones de las denuncias falsas son “machismo puro, como no tienen argumentos, mienten, y mienten mucho. Desacreditan, menosprecian… porque además tienen el poder. La corriente negacionista tiene muchos altavoces. Denunciar en violencia de género no es un trámite tan sencillo. Hay que ser muy valiente. Si denuncias lo más habitual es la agresión, el chantaje con los hijos y la familia”. Pero no solo eso, sino que existe también el juicio de la sociedad, la culpabilización de la víctima “y esto lo hemos visto con el juicio de ‘La Manada’. Ésa es la constante y esa cultura es la que hay que cambiar”.

“Tenemos un problema serio porque no hay gente preparada en los juzgados. Se puede ver lo que todos los días pasa en ellos, hechos por hombres para hombres y que no protegen a las mujeres. Es lo mismo que ocurre con Juana Rivas. Se desprotege a las mujeres y a los menores. Además es un caso paradigmático: el mandato patriarcal es el silencio. Y es el sistema judicial el que la obliga a guardar silencio. Es un castigo ejemplarizante para las mujeres, mientras que un maltratador con sentencia se lleva a sus hijos, cuando no debería tener ni custodia ni patria potestad”, añade Nuria Varela. “El problema es la distorsión de las mujeres y cómo se construye la masculinidad. La violencia de género es un problema de los hombres que sufrimos las mujeres”.

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