Vivir sin móvil

Destacados profesionales prescinden del aparato porque no lo necesitan. Foto / Mario Rojas.

Destacados profesionales prescinden del aparato porque no lo necesitan. Foto / Mario Rojas.

 “Solo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; aunque del universo no estoy tan seguro”.  (Einstein)

 Más que una rareza, no usar móvil se ha convertido en una excentricidad. Pero en realidad es un toque de distinción. Nadie pone en duda los avances y las facilidades que han llegado con esos aparatos, ahora sofisticados y multiusos, pero tampoco que son una necesidad artificial, ligada al narcisismo y a la frivolidad de la sociedad moderna. Algunos profesionales con cultura, prestigio y trabajos tecnológicamente avanzados prescinden del móvil sin problema alguno. Nos lo cuentan en persona, como antes era hábito general.

Xuan Cándano / Periodista.

-¿Dónde estás?

-En casa, donde me acabas de dejar.

Si la CIA tiene controladas todas nuestras conversaciones, como parece, sus agentes se estarán volviendo locos depurando millones de conversaciones estúpidas y banales que se producen a diario a través de los teléfonos móviles. Deben de ser la mayoría.

No hace falta ser un sabio para conocer que la ciencia es neutra y que sus logros constituyen un avance, aunque también pueden ser un retroceso, dependiendo de su utilización. La imparable revolución tecnológica hace más evidente esa perogrullada y los teléfonos móviles se han convertido en su icono, también de tan paradójico fenómeno.

En su ensayo Nunca más solo. El fenómeno del móvil (Editorial La Oveja Roja), los filósofos franceses Miguel Benasayag y Angélique del Rey exponen las consecuencias psicológicas y antropológicas de la generalización de estos teléfonos y sus conclusiones son realmente desoladoras. Han constatado que, como con otros grandes avances de la técnica, “no escatimamos elogios y descripciones minuciosas para contar todo lo que hemos ganado, olvidándonos una vez más de preocuparnos por lo que hemos perdido”. Su libro pretende ser una aportación “para que la victoria de la técnica no sea, como tantas veces, una victoria pírrica”.

Benasayag y Del Rey constatan que, en general, los móviles nos están haciendo más ignorantes e impotentes. Sobre su pésima y ridícula utilización, siempre aludiendo a la mayoría de sus usuarios, son contundentes: “Con el móvil, la oligofrenia comunicacional está asegurada, y también son posibles otras metástasis más orgánicas: cuanto más hablamos, menos tenemos que decir. Hay una metástasis que no está a la espera de verificación, es la de la idiotez comunicacional”.

Los jóvenes ya han nacido casi con un móvil en la mano y su manera de relacionarse no se concibe sin el aparato, pero en los adultos su generalización ha provocado una infantilización difícil de comprender. “Desde un punto de vista funcional no deja de ser preocupante el que millones de adultos se comporten como adolescentes presa de un ataque de verborrea”.

Para gran parte de sus usuarios la función básica del móvil, la de comunicar, es marginal. Partiendo del narcisismo que delata su pésima utilización, Benasayag y Del Rey observan otras funciones que desarrolla prioritariamente: ansiolíticas e hinópticas.

Y aunque ha convertido a los humanos en individuos continuamente controlados, el móvil es el icono social por excelencia, “icono investido del poder del bien supremo en el bolsillo de cada cual”.

Pero hay quien se resiste a ello. Y lo hace con total naturalidad y sin perderse nada de las ventajas del progreso.

Un negocio que no da satisfacciones

Eduardo Menéndez Casares es geólogo y trabaja en la Universidad de Oviedo, en la Escuela de Minas. También es un veterano militante ecologista y activista en Ecologistas en Acción. El campo y las excursiones por la naturaleza, tanto trabajando como en tiempo de ocio, son una pasión a la que no renuncia. Nunca tuvo teléfono móvil porque asegura que no tiene necesidad “de estar permanentemente localizado”. Recibió presiones de todo tipo (en casa, en el trabajo) para sumarse como usuario a un fenómeno que cree que “no tiene marcha atrás”, pero del que permanece al margen, no por beligerante oposición, sino porque nunca tuvo necesidad.

Eduardo Menéndez Casares nunca tuvo teléfono móvil porque asegura que no tiene necesidad “de estar permanentemente localizado”. Foto / Eloy Alonso - Semeya Press.

Eduardo Menéndez Casares nunca tuvo teléfono móvil porque asegura que no tiene necesidad “de estar permanentemente localizado”. Foto / Eloy Alonso – Semeya Press.

No le desasosiega en absoluto andar solo en largas caminatas por espacios naturales, pero dice que se pone nervioso si oye el sonido de un móvil en el monte o en un acantilado. “Los de la aldea no tenemos miedo a andar por el campo”.

Para Eduardo el móvil es un aparato inútil, “que hubo un momento en el que daba estatus”, y lamenta que su profusión provoque que la gente ya no quede físicamente para verse. Piensa que se trata de una necesidad artificial y la compara con la obsesión por la velocidad, también ligada a la técnica. “Nos movemos con más velocidad en AVE o en avión, pero no nos enteramos de por dónde pasamos. Todo está subordinado al mercado, a que sea una mercancía. Lo del móvil es un negocio tremendo que no da más satisfacción a las personas”.

“No lo necesito”

Hace muchos años que el escritor Braulio García Noriega vive de vender libros por Internet a través de su librería digital (www.paquebote.com). El teléfono móvil no se lo impusieron sus clientes, esparcidos por todo el mundo, sino los bancos. “Para las transferencias bancarias y los pagos del trabajo antes tenía tarjeta de coordenadas, pero el banco impuso el móvil. O eso o ir presencialmente”.

Desde entonces Braulio tiene un móvil, pero solo él conoce el número, porque lo usa exclusivamente en esas obligaciones bancarias. Sus amigos, sus familiares y sus clientes lo llaman a su teléfono fijo. “¿Que por qué no uso el móvil? Porque no lo necesito. Lo puedes necesitar un día. Pues voy a una cabina”.

El dueño de Paquebote no comparte lo que define como “el discurso de la época: crean una necesidad y todos parecemos obnubilados con ella”.

Animales en transición

Como escritor y periodista Gregorio Morán es uno de los profesionales más prestigiosos de España y sus libros y sus artículos en La Vanguardia tienen un público masivo y muy fiel, aunque los poderes, también en el mundo cultural, no le tengan precisamente simpatía por su espíritu crítico. Si le preguntan por qué no usa móvil se obtiene la respuesta común a todos los que viven y trabajan perfectamente sin el aparatito: “No tengo ninguna necesidad”.

Junto a otros argumentos, Morán añade uno generacional: “Me llegó tarde. Los ricos no necesitan móvil y los pobres pobres tampoco. Tengo uno aquí que me regalaron, pero no lo uso”.

A Morán, gran conversador y excelente contertulio, siempre presencialmente y en una buena sobremesa con los amigos, el uso masivo del móvil le parece un icono, pero de la tendencia al absurdo de la modernidad. “¿Qué hacemos gente mayor como yo dándole a los botoncitos de ese aparato? Eso es de película de Berlanga. Viajas en el metro y ves esas escenas… los viejecitos aceptan su condición de animal del siglo XX en transición al XXI”.

“La amistad no necesita el móvil”

También la falta de necesidad y no ningún tipo de apriorismo es el motivo por el que a Santiago Alba Rico no es fácil verlo con el móvil en la mano o en la oreja. El filósofo y escritor vive en Túnez y prescinde de él sin problema alguno. Lo explica por correo electrónico, que en cambio sí es para Santiago un instrumento de trabajo.

“No es una decisión heroica la mía. Tengo una vida laboral privilegiada -sin jefes ni clientes- y por lo tanto no lo echo en falta jamás en mi vida cotidiana. Lo usé durante un mes y medio, durante la revolución tunecina, porque entonces era muy importante saber lo que estaba ocurriendo en otros puntos de la ciudad y coordinar encuentros. Ahora no me hace falta. La amistad no necesita el móvil”.

No estar continuamente controlado con ese aparato se ha convertido en una excentricidad, algo que Alba Rico comprobó hace poco en Túnez cuando un amigo, al comprobar que no tenía móvil, se ofreció para comprarle uno creyendo que era por falta de dinero.” No me siento raro, pero desde luego parezco raro. El móvil se ha convertido en un presupuesto universal de integración social, interclasista y casi natural, como el llevar zapatos o tener dos piernas”.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 29, NOVIEMBRE DE 2013

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