Xavier Vinader, curiosidad y empatía de un periodista ejemplar

Xavier Vinader en su casa de Barcelona. Foto / Edouard Golbin.

Xavier Vinader en su casa de Barcelona. Foto / Edouard Golbin.

Joan Queralt / Periodista.

Había una simbiosis mágica entre Xavier y su vivienda, que por supuesto era un punto de confluencia, esquina entre oriente y occidente, piso alto que podía servir de observatorio. Un enclave perfecto, por ejemplo, para estar a la escucha y a la mirada de la imparable colonización china de Barcelona. Reinaba una atmósfera especial en esa casa: el silencio que envolvía las conversaciones, la presencia de los libros ocupándolo todo, la sensación de resguardo, de amparo absoluto frente al ruido y a las agresiones del exterior. El visitante, asiduo o no, se sentía como en un claustro laico y sereno, a salvo de imposturas, sin más urgencias que los arrebatos desesperados del teléfono. Hogar, oficina, museo, refugio, confesionario, cuartel, lugar de conspiraciones y aproximaciones imposibles, no era difícil encontrar en el altar mayor de su despacho a antiguos agentes de la DEA, comandantes de las FARC en misiones europeas de paz, periodistas de cualquier latitud y edad, policías y activistas de todas las insurgencias.  Con Xavier sentado en su silla de ruedas, oficiando de jefe de antena, guía, mediador, docente, anfitrión generoso y perfecto.

En cierta ocasión, una tarde calurosa de verano, asistí, hechizado y silente, a un minucioso debate sobre armas y balística entre Xavier y un destacado exguerrillero colombiano en bermudas y chancletas escapadas del Caribe. Uno y otro pasaban, alegres y cómplices, de las virtudes del Kalashnikov AK-103, de su alcance efectivo, capacidad de dpm y velocidad de disparo en boca, a las de los fusiles Marksman Dragunov SVD, para abordar a continuación las diferencias de los diversos tipos de munición, calibres 9×39 o 7.62×54, o la capacidad de penetración del cartucho subsónico para uso con silenciador. Una lección surrealista para el oyente, que podía esperarla del experto colombiano pero resultaba sorprendente, incluso turbadora, en boca del pacífico catalán que era Vinader.

Ese día intuí hasta donde podían llegar la curiosidad sobrenatural y los conocimientos que soportaban su trabajo de investigador. Él único que he conocido capaz de encadenar sin pausa la memoria de Jorge Ricardo Masetti, Stefano Delle Chiaie, Hugo Blanco, Francesco Pazienza, el coronel Charles Poletti, Joan Pujol, el espía Garbo, el comisario Creix, los hermanos Peredo, el teniente coronel Pepe y el libertario Umberto Tommasini, la Banda de la Magliana, Frank Serpico, Rodolfo Walsh, Frank País, Renato Vallanzasca, los montoneros Roberto Quieto o Mario Firmenich, la PIDE, Luciano Lutring, el abogado Jacques Vergès o Amos Spiazzi, el general de los mil misterios italianos. Una cadena de personajes, episodios y siglas que escribieron la historia invisible de la segunda mitad del siglo XX, a la vez que itinerario fascinante por las secretas alcantarillas del poder.

Xavier Vinader estaba hecho de curiosidad. Esa era la materia y el rasgo más intenso de su naturaleza. Curiosidad sin límites, poliédrica, inabarcable. Curiosidad de periscopio, de 360 grados, que mantuvo viva mucho más allá de su labor periodística y, metabolizada, terminó por transformar en conocimiento, archivo, memoria, sabiduría al servicio de la comunidad. Curioso de todo pero en especial de lo que no se cuenta, de aquello que se esconde tras la máscara del poder con el rótulo de razón de Estado sin ser otra cosa que obscenidad.

La bandera de Vinader fue la del periodismo, y en particular el periodismo de investigación, cuya desaparición en la prensa nacional no dejó de lamentar. Giuseppe Fava, escritor y periodista siciliano, escribió la mejor definición del periodismo en el que creía Vinader. Dijo: “Un periodismo hecho de verdades impide muchas corrupciones, frena la violencia de la criminalidad, acelera las obras públicas indispensables, pretende el funcionamiento de los servicios sociales, solicita la constante actuación de la justicia e impone a los políticos el buen gobierno. Un periodista incapaz, por cobardía o por cálculo, de la verdad, lleva sobre su conciencia todos los dolores que hubiera podido evitar, los sufrimientos, los atropellos, las violencias que no ha sido capaz de combatir…”. A Xavier le gustaba la declaración de principios del periodista de Palazzolo Acreide, asesinado por Cosa Nostra en 1984. Tenía que gustarle porque también el suyo había sido, y siguió siendo hasta el final, un periodismo intencional, aquel que intenta provocar algún tipo de cambio.

Su imagen de los últimos años fue la de un hombre fundido en su biblioteca infinita, la misma que llamaba a acampar hasta agotarla. Los picachos de libros crecían semana tras semana, llegados de todas las geografías por camellos voluntarios, dispuestos a afrontar las miradas suspicaces de libreros ante peticiones de títulos y autores que orillaban la deshonra. Coleccionista de piezas y objetos de la historia -gorras militares, espadas, carteles, bustos, publicaciones-, cada viaje ponía a prueba la amistad y la pureza dogmática del correo. No resultaba fácil, por ejemplo, pasearse por la Piazza Marina de Palermo para adquirir un pesado busto de Mussolini, un ejemplar de Il Balilla o la última fotografía inédita de Salvatore Giuliano. Pero era un triunfo conseguirlo, conscientes todos de su felicidad ante el nuevo juguete y de la recompensa de volver a escuchar su risa sonora e infantil. Su red de correos, traficantes y conseguidores controlaba el norte y el sur, el este y el oeste: Europa, Asia, África, América entera. Caminaban por él y descubrían por él para regresar, con el deber cumplido, a esa sede central de información que era su hogar. Ellos eran sus ojos y sus piernas, aquellas que ya no le permitían traspasar fronteras ni regresar a los confines del ancho mundo que había conocido para reunirse con prófugos inalcanzables para la justicia.

Como todo profesional de la información, Xavier fue un hombre escéptico. Un escéptico reservado que nunca quiso mostrar su aprensión ante el futuro o el poder, que guardó en su esfera íntima y a la que antepuso su sentido práctico, su generosidad, como contribución a todas las causas que consideró justas y necesarias. Solo a veces, ante la candidez de unos y el idealismo o el cinismo de otros, dejaba escapar, quizá para sí mismo, un esbozo de sonrisa, un silencio tan reticente y explícito como respetuoso. Fue, como pueden atestiguar muchos de los protagonistas de la reciente historia catalana, una figura de consenso, un mediador de acuerdos y entendimientos. La crónica, injusta casi siempre, no registrará que en su despacho cicatrizaron heridas institucionales, se fraguaron infinidad de pactos y se elaboraron estrategias comunes aparentemente inalcanzables, de las que luego se mantuvo independiente. Alejado del periodismo de investigación que en los años noventa la política y los medios consideraron amortizado y amenazador para su proyecto de país, supo convertirse en diplomático secreto al servicio de las mejores causas, siempre discreto, sutil, benéfico. Al extremo de ganarse, en este país cainita, el respeto de amigos y contrarios y la lealtad de casi todas las trincheras.

Lo logró con su generosidad de hombre bueno, cumpliendo la creencia de Ryszard Kapuscinski: “Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer, buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”, decía. “Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomía “empatía”. Mediante la empatía, se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás”. De esa empatía, Xavier Vinader fue obediente soldado y maestro, y con ella, el empuje de la curiosidad, el empeño por la verdad y su bondad, venció todos los obstáculos, desde sus limitaciones físicas hasta las de la época y el país que le tocó vivir.

Tras la muerte de Sciascia, uno de sus amigos, el pintor Bruno Caruso, advirtió: “la puntualidad de sus intervenciones se ha interrumpido bruscamente y ahora ciertos asuntos podrán ocurrir impunemente sin que a nadie más le importe”. Valgan esas mismas palabras para lamentar la desaparición del ciudadano y periodista ejemplar que fue Xavier Vinader, cuyo epitafio perfecto supo encontrar un graduado social, Gabriel Rufián, en su twitter de despedida: “Ha muerto Xavier Vinader. Él solo en vida atesoró más lucha, valentía, decencia y dignidad que estados, medios y gobiernos juntos. Un grande”.

Inmenso como el vacío que ha dejado.

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