Xavier Vinader y las tendencias de la nueva extrema derecha (y III): Maniobras del “fashion-fascismo” en la zona euro

VinaderLas evidencias son más que claras. La extrema derecha, la de aquí y la de muchos otros países, se mueve actualmente como pez en el agua en Internet. La red electrónica y el ciberespacio se han convertido en un formidable terreno de maniobras para los militantes del apocalipsis: un lugar donde todo se puede decir y donde es posible difundir, sin riesgos, las teorías más estrambóticas. Las redes sociales, de las que se ha glosado su importante papel en la movilización de los manifestantes tunecinos o egipcios, juegan también un papel en la difusión de las ideas populistas y demagógicas de la extrema derecha de nuevo cuño. Ahora ya no es necesario contar con muchos militantes organizados para, a través de una serie de webs bien clasificadas, llegar a “tocar” con facilidad a un gran número de gente. Y de esa manera, proyectar una imagen de grupo mucho más potente de lo que es en realidad.

Según los partidarios de la extrema derecha, delante de la supuesta amenaza que representa la inmigración musulmana sobre “la nación cristiana occidental”, conviene cerrar filas y extender un escudo protector. Y hace falta reforzar el control de las fronteras para bloquear la llegada de nuevos inmigrantes de confesión musulmana.

Evidentemente, este argumento siempre reposa sobre una representación doblemente falsa: las llegadas masivas y totalmente incontroladas de los inmigrantes, y los efectos positivos del bloqueo total de las fronteras, sin mencionar jamás sus efectos negativos y altamente perjudiciales para la actividad económica.

En realidad, los inmigrantes clandestinos que llegan, a menudo arriesgando su vida, filtrándose entre los agujeros de la red de radares de las costas y de los controles aeroportuarios, son cada vez menos numerosos. Un hecho que conduce, curiosamente, a los miembros de las asociaciones de defensa de los extranjeros a presentar a la Unión Europea como una especie de “fortaleza”, mientras, en el otro extremo, los militantes de la extrema derecha la caracterizan siempre como una “criba” poco eficaz y sin control.

Estos últimos perciben la libre circulación de bienes y de personas dentro del espacio Schengen como una especie de caballo de Troya que permite la llegada incontrolada de inmigrantes. Y, a partir de aquí, la Unión Europea ya no se contempla como un proyecto político y económico con efectos positivos -que posibilita la paz duradera entre antiguos enemigos, el fuerte aumento de los intercambios comerciales y el fin de una competición monetaria perjudicial tanto para unos como para otros-, sino como un ente que contribuye a debilitar la nación facilitando la inmigración, obligando a competir a los obreros europeos con salarios desiguales y forzando a los asalariados mejor pagados a deslocalizar sus puestos a otros países de la misma Unión Europea, donde los obreros tienen salarios menores.

El euro, para los fashion-fascistas, ya no es una moneda que preserva de las devaluaciones inflacionistas. Es solamente una moneda que ha provocado el aumento del coste de la vida cotidiana y que debilita la soberanía nacional, pues las devaluaciones ya no son posibles. A éstas, se las describe como las herramientas que permiten relanzar las exportaciones. Sin querer ver, por otra parte, que aumentan también el coste de las importaciones (el petróleo, por ejemplo) y que el ahorro perdería su valor al ritmo de las devaluaciones sucesivas. Marine Le Pen, la líder del renovado Front National francés, en un momento determinado llegó a realizar la propuesta de que  “un nuevo franco equivaldría a un euro”. Y se quedó la mar de ancha.

No obstante, los trazos comunes generadores del aumento de la extrema derecha en Europa, como son el fenómeno de la inmigración musulmana, la mundialización (a la que asocian la industrialización y el aumento del paro) y el rechazo a la Unión Europea (especialmente después de la crisis financiera de 2010-2011, acusada de ser responsable del abandono de la soberanía nacional sobre la moneda), no son suficientes para borrar las particularidades nacionales de cada Estado. Algunos resisten mejor que otros frente a la ideología que les hace replegarse sobre sí mismos. Los efectos son distintos en Holanda, en Gran Bretaña o en España. Pero si la crisis económica continúa instalada mucho tiempo convendrá estar más atentos que nunca a la mutación -disimulada o no- de la galaxia ultraderechista. Y tener siempre a mano los argumentos para contrarrestarles.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 27, JULIO DE 2013.

Deja un comentario