Xuan Bello: “Desconfío de quien solo abre puertas a la emoción”

Xuan Bello es el escritor en lengua asturiana que más reconocimiento tiene fuera de Asturias. Foto / Iván Martínez.

En su deber cívico y periodístico, ATLÁNTICA XXII recaba la opinión de diversas personalidades asturianas sobre la situación de Cataluña, como la de Xuan Bello, uno de los más destacados escritores en asturiano y el que más reconocimiento tiene fuera de Asturias, que relata en primera persona su vivencia al respecto:

“Doy un paseo, para aclarar mis ideas, por las parroquias de mi vida. En el bar de Caces, a primera hora, tres campesinos honrados, que me han convidado a un vino en más de una ocasión y yo a ellos otras tantas, discuten acaloradamente. Concluyen: «Si Franco levantase la cabeza, esto se arreglaba en una semana». Veo a la gente ante un hotel de Calella de Mar acosando a una Guardia Civil que previamente ha sido acosada laboralmente por quienes les han dado órdenes (no tienen dietas, el hotel se lo pagan de su bolsillo, y no están allí por gusto ni por ideas). Alguno grita, es cierto, «Arriba España», frente a muchos enfrente que gritan «Visca Catalunya». Leo el editorial del New York Times, en el que se dice que nuestro primer ministro Mariano Rajoy se está comportando «like a bully», como un vulgar matón, y la vergüenza inunda mi alma al tiempo que el temor por el futuro de mi hija se acrecienta. ¿En qué país vivo? Sé que ni mis vecinos de Caces no son franquistas, ni los Guardias Civiles unos esbirros, ni los independentistas de Cataluña unos egoístas raptados por una pasión desmesurada. Tampoco Mariano Rajoy es un matón. Sé que no lo son pero podrían acabar siéndolo si se los alimenta en condiciones. El presidente de Asturias dice, en La Nueva España, que apelar al diálogo es un ejercicio de buenismo –¿en español derecho no se dirá bonismo?– inútil.

Por otra parte me da la impresión de que en el mundo se espera de España una resolución trágica, lo de siempre, que a garrotazos resolvamos una vez más nuestras diferencias. Un millón de muertos no es nada si feliz es la mirada y errante el capital es contante y sonante. Eso es lo que me preocupa y esto es a lo que me niego. La inercia de la Historia no es destino sino falta de inteligencia, incapacidad para comprender al otro y pereza mental. Sé que los españoles no somos seres meramente emocionales que no saben delimitar la creencia de la idea.

España, me apetece gritar, aparta de mí este cáliz. No en mi nombre se puede aporrear a un vecino que no ha hecho nada de nada: si se ilegaliza un referéndum porque las leyes del Estado así lo exigen, ¿a qué viene reprimir a quien hace el gesto de votar sin ninguna consecuencia legal? ¿Era de verdad necesario darles una lección? No lo creo. Por otra parte, ¿tensar las cuerdas tanto era necesario, amics meus?

Mi paseo por mis parroquias de hoy me lleva al desconsuelo. Soy un ciudadano que exige votar para llegar a un acuerdo razonado y que sabe que en ese acuerdo es más que probable que pierda una vez más la íntima sociedad donde vive, Asturias, y que se procrastinen sus problemas ya endémicos. Desconfío de quien solo abre puertas a la emoción. No me estafa a mí, que ya no me pone todo eso, sino a todos quienes gritan en un estadio de fútbol, poseídos por la hybris, las chocheces de su abuelo. Pero ya se sabe: habrán meado sobre ella, pero la identidad se lleva con más gallardía con cien euros para gastar de discoteca en discoteca”.

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