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Atlántica XXII

1968-78, de las flores al plomo

Afondando

1968-78, de las flores al plomo

Un militante del partido de los Panteras Negras, que formaba patrullas de ciudadanos armados.

Artículo publicado en el número 57 (julio de 2018)

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Hisotira Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa

«Lo que fue remarcable de 1968 fue la envergadura geográfica de la revuelta global. Fue como si una sola chispa hubiera prendido el fuego por todo el campo. Las erupciones de aquel año desafiaron las estructuras del poder del norte y el sur, al este y al oeste». Así, hace una década, Tarik Ali rememoraba aquellos acontecimientos, que le vieron en primera línea. De París a Praga, de Chicago a Ciudad de México, de Roma a Londres, de Tokio a Berlín, sin olvidar Belgrado, Barcelona y otros muchos lugares. También Daniel Bensaïd, uno de los protagonistas del mayo francés, apuntaba como el 68 fue un acontecimiento global e indisociablemente social y cultural, además del desenlace de un cuarto de siglo de reconstrucción y crecimiento. El 68 como año único e irrepetible, a fin de cuentas, pero también como momento en que todos los cambios vividos por las sociedades occidentales –y no sólo occidentales– producen una explosión política, social, cultural y de costumbres sin precedentes. No cabe duda de ello.

Sin embargo, no todo empieza en enero de 1968. Y tampoco todo acaba en diciembre de aquel año. La historiografía francesa, de hecho, ha comenzado con tino a hablar de «los años 68» para explicar cómo 1968 fue el momento clou de unos procesos que duran al menos dos décadas. Cada vez más historiadores utilizan la fórmula de «largo 68» para hablar de los años sesenta y setenta. Una fase que empezaría con la entrada de los barbudos en La Habana en 1959 y que acabaría con la victoria
de Margaret Thatcher en el Reino Unido en 1979. Hay quien interpreta así 1968 como un año bisagra, precedido de una fase espontánea y libertadora y seguido de otra más dogmática y coercitiva. Es quizás una falsa contraposición, pero también es cierto que tras la primavera del 68 el movimiento –o, mejor dicho, los movimientos– viven un clarísimo salto en adelante.

¡LO QUEREMOS TODO! ¡LO QUEREMOS YA!

Tras 1968 hubo evidentemente de todo, dependiendo del contexto de cada país. No es lo mismo, por ejemplo, lo que pasa en Checoslovaquia con la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia y el fin de la experiencia reformista de Alexander Dubcek, y lo que pasa en Italia con el «otoño caliente» y una temporada de conflictos sociales jamás vista. Ni hablemos de las diferencias entre contextos dictatoriales, como España, Grecia o Brasil, y democráticos, como Francia o Estados Unidos. Sin embargo, y al menos por lo que corresponde a los países occidentales, a grandes rasgos podemos constatar el nacimiento y la consolidación de un conjunto de partidos políticos más rígidos a nivel organizativo y teórico respecto a la etapa anterior y el recurso a la violencia como opción posible para desbloquear situaciones consideradas de impasse o derrota. Ojo, de todos modos, para no caer en la trampa: el 68 no se transformó en terrorismo porque lo tenía inscrito en sus genes desde el comienzo, como algunos repiten como loros avalando una visión teleológica de la historia. Sencillamente algunos sectores de los movimientos, sin duda minoritarios, decidieron, no sin tensiones y conflictos internos, abrazar en un determinado momento la vía armada, convencidos de que era la única opción que permitía transformar el mundo. Pesaron en esta evolución las exitosas experiencias tercermundistas, convertidas rápidamente en verdaderos mitos por los jóvenes de los años sesenta: la Cuba de Fidel y el Che, la Argelia de Ben-Bella y el Vietnam de Ho Chi Minh. Si ellos pudieron derrotar a los países imperialistas, ¿por qué nosotros no podemos hacerlo desde dentro de esos mismos países? Esa era la pregunta retórica que muchos se hicieron. A eso se sumaron la represión de la polícia –especialmente dura en algunos sitios– y la percepción de que la vía pacífica no era eficaz. Una visión equivocada muy probablemente, sobre todo si lo miramos desde el presente: los cambios culturales, pero también políticos y sociales necesitan tiempo para asentarse y ser aceptados por las sociedades y las instituciones. Lo que pasa es que en aquel entonces se quería todo y se quería ya, como rezaba uno de los más famosos eslóganes del 68 italiano.

REVOLUCIÓN, ROCK Y LSD

Estados Unidos es quizás la realidad que adelanta a las demás. Ya en otoño de 1966 se fundó el Partido de las Panteras Negras, que en sus inicios se centraba en formar patrullas de ciudadanos armados para vigilar el comportamiento de los agentes de policía y combatir su brutalidad, además de instaurar programas sociales dirigidos a la comunidad negra. La estrategia de desobediencia civil de Martin Luther King, que tras la marcha sobre Washington de 1963, el reconocimiento con el Nóbel por la Paz en 1964 o la marcha de Selma a Montgomery del año siguiente, estaba viviendo una cierta fase de reflujo, se consideraba demasiado reformista y consecuentemente ineficaz para conquistar unos derechos civiles negados a la población afroamericana.

Ya
antes, en 1965, había muerto asesinado Malcolm X y se habían dado los disturbios de Watts, que dejaron unos 34 muertos y más de mil heridos en ese vecindario de Los Ángeles. Pero será tras el asesinato del reverendo King, en abril de 1968, cuando los Panteras Negras vivirán una rápida radicalización, en que jugó un papel clave uno de sus principales dirigentes, Stokely Carmichael, defensor de un nacionalismo cultural próximo a Amiri Baraka. La represión sufrida a partir de 1969 por el programa COINTELPRO del FBI de J. Edgar Hoover –que, a través de infiltraciones y sabotajes, desacreditará y criminalizará al partido y llegará a asesinar a uno de sus líderes, Fred Hampton– llevará a la crisis y la desaparición de la organización. A partir de todo esto se entiende el nacimiento, en 1971, del Ejército Negro de Liberación, un grupo, formado sobre todo por ex miembros de los Panteras Negras, que realizó varios atentados terroristas.

Aparecieron grupos como Brigadas Rodas y RAF: “El largo 68” se cierra con el asesinato de Aldo Moro

Similar es lo que pasa con los Young Lords, el grupo revolucionario de la comunidad portorriqueña que hasta 1973 tuvo un protagonismo no desdeñable en algunos barrios de Chicago y Nueva York. Y muchas analogías las encontramos también en la experiencia de los Weather Underground, una organización de izquierda radical que tomó su nombre de un verso de Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan. Colocaron unas cuantas bombas para protestar contra la guerra de Vietnam, como las en el Capitolio de Washington o el Pentágono, y sacaron de la cárcel al gurú de la psicodelía Timothy Leary en 1970. Revolución, lucha armada, rock y LSD iban de la mano. Lo relata Bill Ayers, fundador y principal líder de los Weathermen, en sus memorias, Días de fuga, publicado en castellano hace algunos años por Hoja de Lata.

DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL A LA LUCHA ARMADA

Ayers, pero también otros miembros de los Weathermen como Mark Rudd, venían del Students for a Democratic
Society (SDS), la mayor organización estudiantil y la mejor expresión de la New Left en los Estados Unidos de los años sesenta. Fue la implosión del SDS en 1969 lo que favoreció la radicalización de algunos sectores. Gestionar el post-68 no fue fácil, ni en Estados Unidos ni en otros países de Europa occidental, para unos movimientos estudiantiles que eran extremadamente heterogéneos y abarcaban posiciones muy diferentes. Se propusieron estrategias distintas, hubo escisiones y también autodisoluciones, como en el caso del SDS.

Lo que pasó con el movimiento estudiantil en Estados Unidos tiene muchos parecidos con lo que se vivió en esos mismos años en Alemania Occidental o en Italia, dos de los países donde, excluida España, que no vivía en un contexto democrático, vieron la luz los grupos terroristas más importantes de los años setenta. Fueron las diferentes posturas dentro del movimiento estudiantil, junto a la durísima represión sufrida, lo que llevaron a algunos jóvenes a fundar en 1970 la Fracción del Ejército Rojo (RAF), más conocida como banda Baader-Meinhof. La violencia policial en las protestas contra la visita del sha de Persia en junio de 1967 y el intento de asesinato del líder estudiantil Rudi Dutschke en abril de 1968 fueron la gota que colmó el vaso para Andreas Baader, Ulriche Meinhof y Gudrun Ensslin. El final es de sobra conocido con los asesinatos-suicidios de los terroristas encarcelados en la cárcel de Stammheim en el dramático «otoño alemán» de 1977.

El caso italiano es quizás el más complejo. Ya en 1968, de un movimiento estudiantil en pleno auge nacieron diferentes partidos políticos de la nueva izquierda: Lotta Continua, Potere Operaio, los maoistas de Servire il Popolo, los trostkistas de Avanguardia Operaia y muchos más. Se trataba de organizaciones centralizadas, leninistas, que rompían los esquemas de la horizontalidad del Movimento Studentesco, que de todos modos siguió existiendo. Las dinámicas italianas fueron muy distintas de las francesas: estudiantes y trabajadores no se juntaron inmediatamente como en el mayo parisino, sino que tuvieron que esperar al «otoño caliente» de 1969. Si hubo radicalización ya en esta primera fase, esta fue limitada. Un claro viraje se dio sin embargo tras el atentado neofascista de la Piazza Fontana de Milán, cuando una bomba estalló en la sede del Banco Nacional de la Agricultura. Muchos consideran ese momento como el «fin de la inocencia»: a partir de aquel entonces se empezó a hablar de lucha armada y nacieron las Brigadas Rojas, en las cuales, junto a los estudiantes, militaron también muchos obreros.

En este giro, al cual se sumaron en los años siguientes otros grupúsculos como Prima Linea, los Nuclei Armati Proletari o las Unità Comuniste Combattenti, pesó la llamada estrategia de la tensión desarrollada durante toda la década con atentados terroristas realizados por organizaciones de extrema derecha con la colaboración de servicios secretos del Estado. Pesó también la percepción del riesgo de una involución autoritaria con la posibilidad de un golpe de Estado neofascista al estilo griego o chileno y, también, la posición del poderoso Partido Comunista Italiano (PCI), que decidió abrazar la vía moderada del compromiso histórico. La guerra fría lo marcaba todo. En Italia, pero también en Alemania y en otros países. Se tildó al PCI de revisionista y se reformuló el mito de la Resistencia al nazifascismo interpretándola como una revolución inacabada y traicionada. De ahí también el nombre de Brigadas Rojas que recuperaban el nombre de las brigadas partisanas de 1943-45.

Este proceso se cierra tan sólo en los años ochenta, tras haber dejado tras de si casi 400 muertos y 2.000 heridos, la mayoría realizados por las acciones de la extrema derecha, más 4.000 personas condenadas a penas de cárcel y unos 20.000 imputados. Una generación arrasada. Sin embargo, el momento que marca un antes y un después fue el secuestro y el asesinato del presidente de la Democracia Cristiana y expresidente del Gobierno, Aldo Moro, en la primavera de 1978 por mano de las Brigadas Rojas. Con ese acontecimiento se cierra en Italia el «largo 68». Al año siguiente la Lady de Hierro, Margaret Thatcher, ganará las elecciones en el Reino Unido. En 1981 será el turno de Ronald Reagan al otro lado del charco. Se cerraba definitivamente una etapa intensa, revolucionaria, utópica. Se abría otra: la de la contrarrevolución neoliberal.

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