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Atlántica XXII

El anarquismo no pasó a la Historia

Afondando

El anarquismo no pasó a la Historia

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

El anarquismo tuvo una enorme presencia en la sociedad española hasta la Guerra Civil. Su influencia declinó después, aunque hay quien opina que murió de éxito, porque muchas de sus ideas se fueron imponiendo socialmente con el paso del tiempo. En el siglo XXI, con la crisis económica y de valores morales, se observa incluso un cierto resurgimiento entre los trabajadores y en la ciudadanía. El historiador Héctor González, que acaba de sacar a la calle el libro La CNT asturiana durante la Transición española (KRK), analiza el fenómeno en este artículo.

Era demasiado pronto, no es demasiado tarde

Héctor González / Historiador.

Que el anarquismo murió de éxito es una de las argumentaciones que suele exponerse para explicar los motivos de su falta de presencia, en tanto que sujeto político activo, en la sociedad española.

O que murió de fracaso. La otra gran explicación vendría a decir precisamente lo contrarío, la falta de relevancia política, en un país en el que tradicionalmente se respiraba anarquía por los poros, es merced al fracaso de su proyecto político.

Lo cierto es, que errores específicos aparte, el anarquismo español no supo gestionar o adaptarse a su propio éxito –o mejor dicho, al éxito que las ideas-fuerza libertarias habían tenido en las sociedades europeas de los años sesenta–. Ambas explicaciones son por tanto compatibles: en la razón de su éxito, el anarquismo tuvo implícito su fracaso.

La horizontalidad en la organización y toma de decisiones, el rechazo a la Monarquía, al sistema parlamentario, a los partidos políticos y al conocido como Régimen del 78 –del cual el anarquismo ha sido su más ferviente opositor ya desde la Transición– son ideas, si no mayoritarias, ampliamente extendidas en la población española y muy presentes en todos los procesos colectivos de los últimos años, tal como el 15-M.

En el campo laboral, tanto los procesos asamblearios como los nuevos fenómenos de autoorganización al margen de las estructuras sindicales tradicionales –sindicatos de manteros, de kellys, de músicos– no dejan de recordar a las formulas organizativas y de movilización de las que bebiera la CNT.

Pero más allá del movimiento obrero y el ciudadano, los Ayuntamientos participativos, las escuelas libres, las luchas por el espacio urbano y la vivienda, las ecologistas, pacifistas o feministas hunden una profunda raíz en el tronco libertario. Aunque éstas no provengan exclusivamente del anarquismo, el ideal ácrata lo tiene grabado en su ADN.

Estas propuestas político-sociales de cariz anarquista impregnan la sociedad, no solo la española, sino la occidental. Sin embargo, salvo excepciones, el anarquismo organizado no tiene una proyección social relevante.

¿Por qué? Porque el anarquismo no fue capaz, en la España de la Transición, de adaptar sus organizaciones y programas a la nueva realidad emergente, a pesar de que propuestas en ese sentido no faltaron. Fueron aquellas iniciativas que quizás se equivocaran por tener razón demasiado pronto.

Propuestas libertarias en la Transición

No fueron pocas y en su inmensa mayoría estuvieron ligadas a la CNT. No en vano, la trayectoria revolucionaria del anarcosindicalismo, su horizontalidad e independencia de partidos y organizaciones, la hacían enormemente atractiva tanto para las diferentes corrientes del pensamiento libertario como para cientos de miles de trabajadores.

De la CNT salieron las propuestas más importantes de asamblearismo y autoorganización en el mundo laboral. Una defensa a ultranza de la autonomía obrera y la asamblea que iba a contracorriente de la dirección tomada por la Transición. Propuesta acompañada además de una frontal oposición a la salida reformista de la dictadura y al proceso de pacto social.

Fue además la central anarquista paraguas de organizaciones específicas que planteaban otro tipo de luchas, como la Federación Anarquista Ibérica, la Federación Ibérica de Grupos Anarquistas o la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias. De colectivos feministas como Mujeres Libres o Mujeres Libertarias. De colectivos de presos como la COPEL y sus redes de apoyo. De revistas de temática variada como Ajoblanco, Askatasuna o Pa´lante –que al tiempo saldrían espantadas del sindicato– y de un sin fin de colectivos y ateneos libertarios preocupados por diferentes temáticas, ya fueran de índole más social o cultural.

Como la variedad de colectivos y propuestas es casi innumerable, basta citar algunos ejemplos, respecto a las propuestas de carácter más social y global, para calibrar la relevancia este fenómeno en aquellos años que siguieron a la muerte del dictador Francisco Franco.

Una asamblea del 15-M en la plaza de la Escandalera de Oviedo. Foto / María Arce.

Askatasuna

El colectivo y revista libertaria Askatasuna nacieron a iniciativa de un grupo de jóvenes vascos en 1971. A partir de 1975, sus militantes, que ya colaboraban activamente con grupos de cenetistas exiliados, impulsaron la reconstrucción de la CNT en Euskadi, siendo actores de gran relevancia hasta su salida en 1978.

Askatasuna tiene el mérito de aunar de forma muy clara todas las propuestas sociopolíticas que pretendían actualizar el anarquismo y la CNT durante la Transición, con la particularidad además de introducir un hecho de gran relevancia, tanto en aquel momento como nuestros días: la cuestión nacional.

La propuesta no era otra que la transformación de la CNT en una organización que extendiera su campo de actuación a todos los ámbitos de la vida. Una CNT global.

Dado que, según sus análisis, el eje principal de explotación capitalista ya no se producía en los centros de trabajo sino en todos los aspectos de la vida cotidiana, la CNT debía superar el ámbito laboral y enfocar sus esfuerzos hacia luchas vecinales, ecologistas, antirrepresivas, culturales, feministas, pedagógicas o contra la cotidianidad.

La propuesta organizativa derivada de este análisis y de diversas críticas al sindicalismo –aunque este fuera el de la CNT– planteaba construir una organización entendida como una enorme asamblea libertaria de acción autónoma, trasladando el centro de decisión general del sindicato a la asamblea de todos los afiliados. Del mismo modo, pretendía el reconocimiento de la pluralidad de opciones orgánicas e ideológicas anarquistas para convertir a la CNT en el baluarte de la unidad obrera. Una propuesta en la que el tradicional modelo de organización, por sindicatos de ramo, quedaba relegada para cuestiones unicamente profesionales y nunca sociales.

Del mismo modo, Askatasuna –fuertemente influenciada por las luchas de liberación nacional y por la situación que atravesaba Euskadi– defendía la necesidad de que el anarquismo y la CNT asumieran como propias las diferentes realidades nacionales del Estado español y las luchas de sus diferentes pueblos contra el imperialismo y en favor de la independencia. Así, el colectivo proponía no ya una posición a favor del derecho de autodeterminación, sino una toma activa de partido en la lucha por la independencia de territorios como Euskadi.

Los Apaches

Denominados así porque se les acusaba de haber entrado en la CNT a hacer el indio, esta propuesta es más informal y bebe de los posicionamientos elaborados por Luis Andrés Edo, los cuales basculaban las fuerzas anarquistas del campo laboral hacia el social, prestando especial atención a sectores marginados –presos, luchadores por la liberación sexual, contraculturales–. El principal aporte realizado consistió en la lectura anarcosindicalista de la historia.

El anarcosindicalismo, según defendían, había dado diferentes respuestas a cada situación del movimiento obrero –fundación de la AIT, creación de la CNT, pistolerismo, revolución de julio de 1936– y, en un momento en el que éste se limitaba a luchar por una Ley Orgánica de Relaciones Laborales, la autentica vía revolucionaria pasaría por un giro en la orientación del anarcosindicalismo para alcanzar una conexión histórica con el movimiento social (de orientación extrasindical) y romper así el proceso de pacto social.

Estas propuestas chocaron con gran parte de la militancia anarquista y cenetista de la época, que entendían que el proyecto integral desnaturalizaba al sindicato en cuanto a su proyección histórica y que, en el segundo caso, daba además una desagradable imagen de la CNT, al transmitir poca preocupación por los problemas del momento. El resultado final de este choque se tradujo en la salida o la expulsión de muchos de los militantes y colectivos situados en coordenadas ideológicas sociales o globales que consideraban imprescindibles estas incorporaciones o mutaciones de las organizaciones anarquistas, para mantener una influencia social en las siguientes décadas.

¿Un anarquismo que resurge?

La explosión que supuso en todos los sentidos el 15-M puso en el centro del tablero social multitud de cuestiones y movilizaciones largo tiempo gestadas en décadas atrás. Nadie puede dudar además, porque resultaba bien visible, que tanto sus fórmulas organizativas como sus demandas eran perfectamente anarquistas.

El asamblearismo, el rechazo a los partidos, a los líderes y a los políticos profesionales, y la horizontalidad en el modelo organizativo estaban en el ADN del 15-M y ese espíritu ha dejado huella en la sociedad española, que vuelve a ver florecer hábitos y comportamientos libertarios que parecían haber pasado a la historia. Sí, el anarquismo resurge y no solo en las ideas-fuerza o colectivos que asumen su práctica y conciencia aún sin saberlo y que por descontado son cuantitativa y cualitativamente muy superiores a la década anterior.

El anarquismo, moderno y adaptado al siglo XXI, está resurgiendo en los últimos años, fomentando todo tipo de iniciativas libertarias, desde nuevos centros sociales a escuelas libres estrictamente ácratas, pasando por las redes de apoyo mutuo, nuevas organizaciones especificas y estudiantiles, nueva prensa y medios de difusión y, en definitiva, mayor presencia social. Sus organizaciones clásicas, como la CNT o la CGT, experimentan desde hace un tiempo un aumento prologando de su afiliación, participación e impulso en conflictos colectivos y huelgas a lo largo y ancho de todo el Estado. Las formaciones de Sindicatos de Inquilinos están fuertemente influenciadas por militantes libertarios, cuando no directamente son impulsadas por sus organizaciones, como el caso del Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria.

En definitiva, aunque las ideas, reivindicaciones y fórmulas libertarias lleven décadas impregnando a la sociedad y aunque algunas propuestas de actualización de quienes rechazan al Estado fueran enunciadas hace más de 40 años, parece que, ahora sí, sus propuestas son asumidas y aceptadas por la ciudadanía. Aún no es demasiado tarde para el anarquismo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 53, NOVIEMBRE DE 2017

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