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Atlántica XXII

Barbarie o transformación radical de la sociedad

Opinión

Barbarie o transformación radical de la sociedad

sindicatos mayoritarios

Momento de la manifestación en Cádiz, donde los sindicatos mayoritarios pidieron no participar. Foto /Álex Zapico

Mario José Diego Rodríguez, sindicalista jubilado

Queramos o no, hay un vínculo profundo entre acontecimientos mundiales tan diferentes como pueden ser –o parecer ser– inestabilidad económica o inestabilidad política, rupturas diplomáticas o enfrentamientos bélicos, diluvios interminables o tsunamis asesinos, recalentamiento climático o contaminación de los océanos. El cemento que solidariza estos acontecimientos es el caótico sistema capitalista que reina en el planeta, en donde los intereses colectivos se diluyen a medida que las crisis económicas repetitivas, provocadas por el propio capitalismo, se multiplican y se agudizan.

A pesar de los obstáculos que representa la propiedad privada de los medios de producción y la competencia entre los monopolios, la ciencia y la técnica siguen avanzando. Este hecho pone aún más en evidencia una de las contradicciones fundamentales de la economía capitalista entre, por una parte, las posibilidades ilimitadas del sistema productivo proporcionadas por dicho avance y, por la otra, los límites del mercado.

Hoy en día, el conjunto del sistema productivo no crece lo suficiente para incrementar la plusvalía global de la que se apropian los capitalistas explotando a la clase trabajadora que participa en dicho sistema productivo. Con lo cual, ese sistema económico, cuya existencia está basada sobre la obtención de beneficios privados, genera una guerra feroz entre los propios capitalistas con el objetivo de incrementar cada cual su propio volumen de ganancias en detrimento de su rival.

Se genera una guerra feroz entre los propios capitalistas con el objetivo de incrementar cada cual su propio volumen de ganancias

Los intereses particulares de los capitalistas no solo se oponen a los intereses colectivos de la sociedad pero también a los propios intereses de su clase social. Esa guerra entre capitalistas, en la que los más fuertes aplastan a los más débiles, acaba también perjudicando la producción. Aunque los capitalistas aparenten ser, cara a sus explotados, una clase teniendo intereses comunes, difícilmente pueden escamotear la ley de la jungla que reina entre ellos. Son las dos caras de una misma moneda.

Como si esto fuese poco, a esa oposición dialéctica entre el interés global de la clase capitalista y los intereses individuales de cada capitalista, se añade –empeorando aún más la situación– la financiarización de la economía. Entre los beneficios atesorados por la burguesía, los procedentes de los trapicheos bursátiles prevalen, a medida que pasa el tiempo, sobre los obtenidos por el sistema productivo. Razón por la cual el gran capital invierte cada vez más dinero en operaciones financieras y cada vez menos en la producción, convirtiendo la financiarización en un ogro, engullendo –en circuito cerrado y en mayor cantidad – la plusvalía globalmente creada.

Cuando los correveidiles del capital hablan de “crecimiento”, en realidad, están aludiendo a los beneficios procedentes de la financiarización y de los generados por las empresas más potentes, asegurando, con estos, las fortunas de sus propietarios y accionarios. La economía capitalista está bajo el control del capital financiero desde que entró en su fase imperialista, o “globalizadora”, como lo estipula el vocabulario moderno. Cuanto más se financiariza la economía, más dicha financia parasita el conjunto de las otras actividades económicas. Y el hecho de que detrás de las otras actividades económicas se encuentre el mismo capital, particularmente, el mismo gran capital monopolizado por la alta burguesía, esto no impide a la finanza de cobrar su prebenda, lo que internamente roe la economía capitalista.

La economía capitalista está bajo el control del capital financiero desde que entró en su fase imperialista, o “globalizadora”

Esa carrera y competencia entre capitalistas por la obtención de la parte más importante de la plusvalía global, genera la guerra sin cuartel que la burguesía declaró a la clase trabajadora, en cualquier parte del mundo. Las trabajadoras y trabajadores afortunados que poseen un trabajo, ven sus condiciones de trabajo empeorar y aquellas o aquellos que no tienen trabajo se añaden a los que el sistema ya marginalizó, convirtiéndose, los unos y los otros, en parias de la sociedad.

En todos los países, más allá de las particularidades de cada uno de ellos y los colores políticos de los que los gobiernan, las medidas anti-clase trabajadora y las políticas de austeridad se generalizan, planteándose como principal objetivo aquel que consiste en acaparar la parte del león para los poderosos, aplastando a la clase trabajadora como también a la pequeña  burguesía o clase media. Si la crisis actual no es comparable con la de 1929, no obstante, tiene tintes muy similares en cuanto a sus consecuencias para las clases populares.

La crisis de 1929 acabó conduciendo la humanidad hacia la barbarie que ha sido  la Segunda Guerra mundial. Si la historia nunca se repite exactamente dos veces de la misma manera, para dicha humanidad, los efectos de la crisis actual pueden llevarnos por los mismos derroteros y plantearnos una vez más la misma alternativa que ese antaño lejano: barbarie o transformación radical de la sociedad. ¿Esa transformación radical de la sociedad podría realizarse –con o sin el permiso de  los poderosos– dentro del marco parlamentarista existente en nuestra mal llamada democracia? Es la pregunta que toca hacernos ya. El tiempo quizá sea infinito, desgraciadamente no es el caso para las mujeres y hombres, individualmente, viviendo en el planeta.

En todos los países las medidas anti-clase trabajadora y las políticas de austeridad se generalizan

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