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Atlántica XXII

Bendita locura atlántica

Opinión

Bendita locura atlántica

ATLÁNTICA XXII cumple diez años, una década de periodismo libre y valiente en la que hemos sorteado todo tipo de zancadillas de los poderosos

 

Artículo publicado en el número 61 de la edición de papel del número 61 de ATLÁNTICA XXII publicáu na edición de papel del númberu 61 d’Atlántica XXII

Xuan Cándano | Periodista, fundador y director de ATLÁNTICA XXII durante 9 años y mediox

@XuanCandano

No ceLebro los cumpleaños, pero sí lo haré gustosamente con este de AtlánticA xxii, que algo tiene que ver conmigo y con otras muchas personas que echaron a andar esta revista hace diez años. Y con la propia sociedad asturiana, o más exactamente con esa masa crítica que, aunque más reducida al mismo ritmo que su población, aún pervive y lleva una década manteniendo un medio singular, por autogestionado e independiente.

Tenía la tentación de dedicar estas líneas a los cambios en la sociedad y en el periodismo en esta década, los avances y los retrocesos: el poder mediático y su perversa alianza con el político, el nuevo periodismo que no renuncia al contrapoder y ahora se refugia en los medios digitales o en otros tan inclasificables como este periférico, que fue pionero…

Pero los cumpleaños son celebraciones festivas y no aburridas convenciones, provocan risas y estruendos, nada de sesudas reflexiones. Y estos diez años dieron para muchos divertimentos, que no están reñidos con las emoción. Para empezar hay que recordar que el nacimiento de ATLÁNTICA XII fue una auténtica locura. Muchos atlánticos lo saben y otros lo intuyen, pero no todo el mundo conoce sus detalles. Cansados de quejarnos y protestar por los chigres —ese deporte nacional asturiano cuyas competiciones etílicas suelen finalizar con la promesa siempre inclumplida de «hay que hacer»—, un reducido grupo de personas nos lanzamos a la tarea de crear una revista. Para un periódico no nos llegaba la osadía ni la pasta. La locura rozaba el delirio. Apostábamos por el papel, cuando todo el mundo vaticinaba su irremediable desaparición; y en el año 2008, cuando ya estábamos en la mayor crisis económica de la historia reciente.

La impostura de un cazasubvenciones
El parto fue complicado. Contactamos con un editor, entonces propietario de un pequeño grupo editorial. Se mostró muy interesado. Durante un año fuimos perfilando el proyecto. Yo me iría con excedencia de TVE de nuevo para dedicarme exclusivamente a dirigir la revista y lo mismo haría Nacho Pandavenes, entonces en La Voz de Asturias, que sería el subdirector. La publicación sería mensual, compartiría la redacción física con la de un periódico semanal de aquel grupo y las suscripciones, básicas para la financiación, costarían 50 euros anuales.

Cuando le informé a aquel cazasubvenciones, que aún se hace pasar por ejemplar empresario, que el proyecto estaba ya ultimado y las dos peticiones de excedencia serían inminentes, con el inicio del año, nuestro «editor» respondió con una petición inesperada: un servidor tenía que conseguir 200 suscriptores antes del número cero. El primero fue Ramón d’Andrés, porque lo pillé por la calle nada más salir de aquel despacho. Los otros 199 fueron sumándose sin problemas en poco más de un mes. Sus nombres y todos sus datos estaban en unas bonitas fichas que conservé durante mucho tiempo. Fue entonces cuando aquel hombre se esfumó.

Entre 15 personas pusimos 46.000 euros

Como no contestaba a las llamadas y recados, Nacho Pandavenes y yo nos presentamos una tarde en una editorial de su grupo empresarial, que vivía de las subvenciones públicas, porque alguien nos había confirmado que allí estaría. Su cara al verse sorprendido era un poema. Y las explicaciones que nos tuvo que dar parapetado tras su mesa fueron más bien pobres relatos de novela de humor, un género que no faltaba entre los muchos libros del local, que también era librería. Ya teníamos los 200 suscriptores exigidos, pero las cuentas no salían. Eso dijo, mientras garabateaba unas cifras en dos minutos en un papelucho que pilló de su mesa. También lo conservé durante mucho tiempo, como muestra de la impostura de un emprendedor que da lecciones sobre creación y gestión de empresas en artículos y conferencias, incluso en centros escolares.

Empresa editora y sociedad civil
Cornudo y apaleado, pero con 200 suscriptores entregados a la causa, no abandoné TVE con excedencia ni Nacho La Voz de Asturias. Pero aquel ataque de rabia y coraje marcó otro camino: una empresa editora formada por personas de la sociedad civil dispuestas a apoyar económicamente un proyecto que ya avalaban dos centenares de entusiastas. La ronda de contactos personales fue prolija y divertida. Se trataba de formar un grupo accionarial plural, de profesionales alejados de la política, con conciencia cívica, espíritu crítico y radical independencia. Casi nadie entre los tocados dijo que no, excepto una famosa abogada que advirtió que tenía que consultar a su marido y luego desapareció, como el presunto editor. Había quien se sumaba al carro atlántico sin participar activamente por causas justificadas, como fue el caso del economista Pepe Feito, que durante la entrevista, mientras hacía graciosos gestos con las manos por debajo de la mesa del restaurante, acuñó la frase que sirvió de titular para mi primer artículo de opinión en la revista:

—Toi con vosotros, pero no puedo participar. Y tener cuidao, en Asturias ta todo cableado.

Al final aportamos 46.000 euros entre 15 personas, demasiadas, como adelantó uno de los fundadores, avezado profesionalmente a ese tipo de aventuras. Sus nombres son públicos, siempre estuvieron en la web de la revista y juntos aparecemos en una foto del primer número. Lamentablemente acaba de fallecer uno de ellos, el abogado republicano Francisco Prendes Quirós, con quien juntarse era garantía de ilustración y divertimento. Solo dos de aquel grupo inicial somos periodistas, Javier Bauluz y yo mismo. Con la salida del primer número empezaron a descargarse las
tormentas. Aquel fundador que advirtió que con tanta tripulación en un barco tan modesto los encontronazos y las caídas por la borda serían inevitables, resultó ser un visionario. El primer editorial provocó la primera salida de un accionista que no estaba de acuerdo con que se sometiera a referéndum la forma de Estado. Otro que aspiraba a controlar la revista por encima de la redacción también se fue por falta de apoyos tras someterme a un desagradable juicio sumarísimo, que aguanté con paciencia y estoicismo, aunque a punto estuve de salir corriendo. Un tercero se fue sin dar explicación alguna. Las acciones de estos tres accionistas efímeros las adquirieron otros fundadores. Hubo un cuarto que también se apartó, disconforme con la línea de la revista, pero conservó sus acciones. Restablecida la calma y confirmada una línea informativa que marcaba la redacción con total autonomía del consejo de administración, que la podía revocar si así lo decidía, al igual que al director, ATLÁNTICA XXII se marcó un rumbo que aún mantiene diez años después.

Acosos y denuncias
Que aquel rumbo era inadmisible para los grandes poderes y muy incómodo para nuestros acompañantes, incluidos los anunciantes, se vio también desde el primer número. Tras su salida, el empresario de una importante empresa asturiana que se anunciaba en aquel ejemplar se sinceró cuando nos explicó que no habría más inserciones:

—Me encanta la revista y me haré suscriptor. Pero no puedo poner más anuncios, me comprometen.

No sería el único. Pero los suscriptores nunca dejaron de crecer, aún hoy lo siguen haciendo, y los lectores se mantienen fieles a su cita bimensual con el quiosco o la librería desde aquel ya lejano primer número, atraídos por los contenidos de la revista, esos mismos que espantaban a los anunciantes, tanto privados como públicos. El mismo banco en el que depositamos el capital aportado por los socios, que financiaba con la publicidad hasta a las fiestas de los pueblos, se negó a hacerlo con la revista. Cuando se cambió de banco la nueva entidad sí ponía anuncios, pero pronto empezó a advertir de las presiones a las que era sometido y los acabó retirando apresuradamente, cuando un número estaba en la imprenta.

Nunca supimos cuál era el artículo incendiario que desbordó la paciencia de aquellos directivos, o más bien de sus superiores, en el mundo financiero o en el político, que vienen a ser lo mismo. Con la publicidad institucional, que es millonaria y sostiene a auténticos chiringuitos de partido y todo tipo de medios afines, pasó algo parecido. Al margen de los ayuntamientos, salvo Avilés, feudo arecista, solo la insertaron las consejerías que tenía IU en el gobierno de coalición con el PSOE de Tini Areces y de manera ocasional el gabinete de Foro Asturias que presidió Francisco Álvarez-Cascos. IU recibía presiones del PSOE para que imitara su veto. La consejera y portavoz del gobierno, Ana Rosa Migoya, se lo solicitaba a la de la coalición, Noemí Martín, sin ocultar su perplejidad:

—Estáis locos, les ponéis anuncios y os ponen a parir.

A veces las vías para ahogar a la publicación por medio de la publicidad eran indirectas. Cuando desvelamos el corazón del caso Villa en 2013, detallando la corrupción en la construcción del geriátrico de Felechosa del Montepío minero, la mutua presidida por José Antonio Postigo retiró una campaña de publicidad de una importante emisora de radio que anunciaba la salida de cada número de AtlánticA xxii mediante un intercambio de anuncios gratuitos. Tras otros episodios parecidos, años después la emisora se vio obligada a finalizar su relación con la revista. El último fue la retirada de otra campaña por parte de un empresario estrechamente vinculado al Principado, del que la revista desveló sus oscuros negocios públicos. Nos cortaban las alas y no podíamos volar, pero algo debíamos estar haciendo bien para que los gobiernos nos consideran un problema y un enemigo a batir. Los socialistas, tanto de Areces como de Javier Fernández, vetaron incluso a la revista para facilitar informaciones y sus cargos públicos no atienden las llamadas de ATLÁNTICA XXII. Una vez que lo hizo un alto cargo de una consejería, que aceptó además ser entrevistado, aquello provocó una insólita conmoción interna y el tema suscitó incluso una reunión en la presidencia del Principado con presencia de Javier Fernández. La consejera me citó para tomar un café y convencerme de que no siguiéramos con la idea de la entrevista para no perjudicar al entrevistado, que fue muy digno y no se echó atrás. Ya no sigue en política.

Sufrimos el veto de la publicidad institucional

Con el paso del tiempo, la salida de más números y la publicación de innumerables exclusivas e informaciones relevantes y comprometedoras, para derecha, izquierda, empresarios, sindicatos, instituciones, banqueros y grupos de poder, aumentaron los riesgos, pero también la credibilidad de la revista, aunque su labor informativa solo es apreciada y reconocida en el gremio por los medios nacionales.

Por ética profesional y responsabilidad, pero también por extremar la prudencia ante el material informativo altamente peligroso que traemos entre manos, la redacción de AtlánticA xxii siempre comprobó fehacientemente cada información, desechando muchas verídicas insuficientemente documentadas, lo que dificulta la presentación de denuncias judiciales.

UGT quiso ser pionera y comenzar un acoso judicial a lo grande. El sindicato puso cinco denuncias, todas falsas, la primera laboral a través del comité de empresa de TVE-Asturias, que controla, contra el director. Las otras en juzgados ordinarios, también contra el periodista Fernando Romero y la empresa editora. Un miembro de la cúpula ugetista le había aconsejado al secretario general que no emprendiese aquella ofensiva judicial, vaticinando que la nave atlántica, aunque frágil, «no dobla», según me confesó él mismo. Pero no le hicieron caso:

—A estos hay que tapa-yos la boca.

Movieron todas sus influencias, que son muchas y poderosas, para taponar esa vía de agua por la que fluye la libertad de expresión que tanto les incomoda, pero se toparon con los jueces y con la opinión pública. Las denuncias no prosperaron, una a una, desde la primera en un Juzgado de lo Social hasta la última en el Tribunal Supremo, aunque sigue pendiente en Europa una injusta e inquietante condena al exsindicalista Cándido González Carnero por unas declaraciones. Los lectores de la revista se movilizaron, delante del juzgado y en Internet, pagando los cuantiosos gastos judiciales de aquella batalla judicial que pudo haber provocado el cierre de la publicación solo por la vía del agujero económico provocado. También se movilizó el mundo de la cultura y los músicos pusieron unas notas de impagable solidaridad.

Empresarios y banqueros
Aquella fue la reacción, desmesurada y soberbia, de nuevo rico. Los poderosos pata negra, los de toda la vida, actúan con más discreción e inteligencia. El día en el que salió el número sobre el holding y la saga de la familia Cosmen, el patriarca y uno de sus hijos fueron a cenar, como era habitual, a un restaurante de confianza. Despistado y solícito, el dueño del establecimiento, suscriptor de la publicación, quiso halagar a sus clientes al ver en la portada una gran foto de Cosmen padre, sin reparar en el artículo que no había leído. Nunca aquel empresario debió de recibir tan desagradable aperitivo, adornado con su propio rostro, cuando le pusieron aquel ejemplar en la mesa, que sin duda ya le había amargado el desayuno.

—Estos periodistas lo que quieren es que les pongamos una denuncia para darles publicidad.

Unos empresarios de la construcción, con otro número que informaba de sus relaciones nada ejemplarizantes con el poder político, optaron por respuesta más directa y eficaz: mandaron a sus empleados a comprar cuantos ejemplares pudieran en los puntos de venta. Aquel número fue uno de los que se agotó nada más ponerse a la venta, pero en este caso no precisamente porque los lectores asaltasen los quioscos. Los banqueros, más avezados a la oscuridad y a los secretos indescifrables, son más sutiles.

Nunca Pepe Cosmen tuvo un aperitivo tan desagradable

Manuel Menéndez nunca abrió la boca cuando publicamos que había trasvasado dos millones de euros de su patrimonio familiar de una cuenta de Liberbank a otra del Banco Santander, mientras la entidad que sigue presidiendo estuvo a punto de ser intervenida. Fue la primera pregunta a la que tuvo que contestar cuando, sintiéndose humillado, tuvo que comparecer en la Junta General del Principado. Si algún día se contara cómo llegó a la letra impresa aquella información absolutamente veraz y las consecuencias que tuvo su publicación, habría que escribir una novela negra.

Mitos y certezas en crisis
Diez años no son nada para un medio de comunicación, ni siquiera veinte, como dice el tango de Carlos Gardel. Pero son un venturoso milagro para uno como este, hecho por pura devoción al periodismo por una redacción casi heroica, que nunca logró tener estabilidad y condiciones laborales adecuadas. Y son ya muchos más que los años que sus lectores pudieron disfrutar de la Revista de Asturias del Grupo de Oviedo de los institucionistas de finales del siglo XIX, de Asturias Semanal en el franquismo y de Los Cuadernos del Norte de los primeros años de la democracia, los grandes referentes con los que nació ATLÁNTICA XXII.

En estos diez años han pasado por Asturias tres presidentes, han caído mitos y certezas, ha habido grandes cambios, para bien y para mal, y hemos descubierto enormes escándalos que han contribuido a modificar las relaciones entre ciudadanos, gobernantes, agentes sociales y medios de comunicación. Y aquí estuvimos para contarlos, sin renunciar a nuestros sueños, excepto los de grandeza, porque lamentablemente seguimos sin ser otra cosa que una persistente mosca cojonera, todo un orgullo, pero poca cosa en relación a la demanda de una sociedad cada vez más crítica y exigente. Aún tenemos retos por delante. Mi enhorabuena al equipo que dirige David Remartínez, un excelente periodista que ha logrado dar un fuerte empujón a la travesía atlántica, renovando energías, contenidos y continentes. La fiesta continúa. Bendita locura

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