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Atlántica XXII

Bertín Osborne no vive en tu pueblo

Opinión

Bertín Osborne no vive en tu pueblo

Alejémonos del populismo como categoría peyorativa: si uno cree que el pueblo puede ser algo tan despreciable, tan ignorante e inconsciente, tan manipulable y pulsional, es que ha abandonado la pretensión de construir desde abajo una sociedad justa

Ilustración de Toño Velasco

 

Artículo publicado en el número 60 de nuestra edición de papel (enero de 2019)

Xandru Fernández | Filósofo y escritor
@xandrufernandez

 

Esto es Televisión Española y estamos en 1976. Un desenfadado José María Íñigo presenta la actuación del grupo Vino Tinto con estas palabras: «Qué duda cabe que desde hace ya unos cuantos días, y también en los próximos días, habrá una canción, de hecho ya la hay, que está ocupando todos los rankings, en este caso inexistentes, de popularidad, una canción que una y otra vez ustedes y nosotros hemos escuchado y vamos a seguir escuchando».

¿Quién permanecería indiferente ante una canción que ha ocupado unos rankings inexistentes de popularidad? Desde luego, en la España transicional de 1976, con su Televisión Española funcionando a modo de almuédano patriótico, indiferencias las justas. La profecía de Íñigo era casi una exhortación o un mandato judicial: «vamos a seguir escuchando» esa canción «una y otra vez». La canción se convertiría en el himno oficial del referéndum sobre el Proyecto de Ley para la Reforma Política, celebrado el 15 de diciembre de 1976, que marcaría el principio del fin del Estado franquista. Su título era «Habla, pueblo, habla» y decía, entre otras cosas, lo siguiente:

Habla, pueblo, habla.
Este es el momento.
No escuches a quien diga
que guardes silencio.

Tiene su punto estrambótico que el mismo poder político que censuraba y prohibía la libre expresión de ideas y opiniones conminara ahora al pueblo a rebelarse frente a los silenciadores y lo obligara prácticamente a salir a la calle a expresarse en las urnas. Pero así era la España post-tardofranquista: estrambótica y paradójica, deletérea y esdrújula, como la prosa del Boletín Oficial del Estado. Por paradójica y deletérea, la canción de Vino Tinto (atribuida a veces a Jarcha, ignoro si porque hicieron su propia versión o porque todos los conjuntos del agit-prop vaticanista sonaban igual) cumplía con los estándares de calidad que el franquismo, ahora llamado centrismo, exigía a la cultura popular: que fuera, de entrada, popular, y que además pareciera de izquierdas sin serlo.

Al pueblo le cantaba, efectivamente, la izquierda. Desde muy jovencita, pero con lealtad variable. De la victoria del pueblo poetizó, y muy abundantemente, Pablo Neruda. Y en esa misma sintonía cantaba Quilapayún en 1973:

Y ahora el pueblo
que se alza en la lucha
con voz de gigante
gritando: ¡Adelante!
El pueblo unido
jamás será vencido

Pero ni la izquierda ni la derecha se despojarán de la acepción más común e inmediata de «pueblo» como «población de menor categoría» (según el DRAE), comunidad en el sentido de Tönnies, donde todo el mundo se conoce y las solidaridades son mecánicas, los vínculos acendrados y épica la desconfianza hacia los extraños. Así, la descripción de María Ostiz en Un pueblo es (1977) viene a ser la de una población de menor categoría con su característico entorno rural, condición indispensable esta última para que «los retoños medren al cobijo del sol», sea eso lo que sea. Claro que María Ostiz ya se siente autorizada a dar un paso más en el giro semántico que está propiciando el régimen transicional o transicionante y advierte que el pueblo, que será español o no será nada, dispone de sus propias legitimidades, inequívocamente gerontocráticas: «a un pueblo hay que ganarlo frente a frente / respetando las canas de su tierra». Es un «por si acaso»: se presiente que en el vocabulario oficial de la recién iniciada Transición se ha colado otra acepción de «pueblo», la «gente común y humilde de una población» (según el DRAE, otra vez) que protagonizaba las coplas quilapayunescas y las manifestaciones del 1º de Mayo. Miedín en las cúpulas. A ver si la democracia va a ser verdaderamente del demos.

El vaciamiento del significante «pueblo» fue, efectivamente, una maniobra exitosa, que maquillaba la mutación del franquismo en juancarlismo apropiándose de una parte de la imaginería izquierdista, precisamente de la parte más de clase media y de costumbres saludables y preferiblemente castellanas. No ha habido en España un movimiento político más explícitamente populista que el abanderado por Adolfo Suárez entre 1976 y 1979: todo era pueblo y en todas las acepciones del término. La ambigüedad era indispensable para mantener el tinglado democrático. Cuarenta años más tarde, los semantemas de la Transición han evolucionado tanto que sonroja reeditarlos bajo nuevas condiciones: sigue habiendo chorizo de pueblo, igual que hay gente de pueblo, no tanta como en 1978, pero de los otros pueblos no hemos tenido muchas noticias últimamente, ni del pueblo soberano de las manifestaciones del 1º de Mayo ni del pueblo-terruño, trasmutado en nación en el mejor de los casos. Pero, al revés que ocurría con el nombre de la rosa en la célebre novela de Umberto Eco, aun sin el término «pueblo» permanece la interpelación que ha movido a todos los populismos desde Perón a Adolfo Suárez.

Para que no haya dudas: populismo es siempre el de los otros. Aunque es verdad que hay gente para todo, y que no faltará el partido o el dirigente que en un rapto de infantilismo punki se autoatribuya esa etiqueta, por lo general son los demás los que nos parecen populistas, y al denunciarlo sentimos que estamos favoreciendo o fortaleciendo la causa de la democracia. El empedrado infernal de las buenas intenciones: nada más lejos del êthos democrático que el populismo, incluso cuando solo es un concepto que atribuimos a otros.

No hay populismo sin pueblo, pero el pueblo de los populistas no es tan fácil de caracterizar como el de María Ostiz, y de hecho se opone al de la cantautora avilesina precisamente porque el de esta exhibía una cierta jerarquía (aquello de las canas, ¿recuerdan?), mientras que el de los populistas es una totalidad sin matices, con una identidad evanescente pero homogénea, que cambia y se desplaza sin fisuras, sin grietas ni adelgazamientos, como si fuera gelatina. En efecto, la sustancia del pueblo es gelatinosa, y en esa cualidad reside la posibilidad de manipularlo, moldearlo, enarbolarlo y oprimirlo por un lado para que se hinche por otro: el pueblo se estira como el chicle.

Así entendido, el pueblo hace abstracción de sus componentes. En él no hay individuos, ciudadanos y ciudadanas, hombres o mujeres, no hay otro sujeto que el pueblo mismo, el cual, por otra parte, es definido siempre por una instancia aduladora o un enemigo real o ficticio. El pueblo es el conjunto de sus pulsiones, sus emociones, en menor medida sus sentimientos. Al pueblo se le habla como si fuera duro de oído, a voz en grito, procurando que el vibrato se sostenga. Cuando se le susurra, proyectando sobre él el lenguaje del sentimiento, la política se convierte en un arte cursi que avergüenza a todo el mundo salvo al que lo practica. La cursilería es el refugio de los políticos fracasados. O más bien el dispositivo por el que los políticos fracasados se resisten a desaparecer.

Alejémonos del populismo como categoría peyorativa: si uno cree que el pueblo puede ser algo tan despreciable, tan ignorante e inconsciente, tan manipulable y pulsional, es que ha abandonado la pretensión de construir desde abajo una sociedad justa, en la que la felicidad de cada individuo sea la medida inalienable de las ambiciones y las metas del conjunto. Cuando los publicistas del gobierno de Suárez se dirigían al pueblo daban eso por sentado: que en los oídos de esa entidad amorfa los eslóganes se amplificarían sin que nadie pensara en ellos. Intuían los pilotos de la Transición que el pueblo exaltado y adorado por los cantores de la izquierda era de suyo manipulable e irracional, y que bastaba con sacar en la tele a cuatro barbudos para que hasta el ácrata más pertinaz se conmoviera con los Pactos de la Moncloa. Pero la gente del demos, del barrio, los que componen las mayorías sociales que históricamente han articulado proyectos emancipatorios, no son simples agregados de cuerpos intercambiables cuya suma genere una mole pulsional fácil de enardecer y de dirigir. Las efusiones de las mayorías sociales en procesos revolucionarios, los arranques de venganza masiva, las exhibiciones de fanatismo y terror, son siempre reacciones promovidas por un grupo dirigente, inyectadas por un partido o una iglesia, expresión y consecuencia de un discurso fundado en el odio a la masa, en la desconfianza hacia el pueblo y en el desprecio de las personas que lo componen.

No nos hagamos trampas: el pueblo, si es algo, se expresa como un coro, no con una sola voz. La tan manida voz del pueblo de los cantautores de izquierdas no ha existido jamás: existió la voz del partido, la voz del sindicato, la voz de la asociación de vecinos, y si me preguntan a mí les diré que todas y cada una de esas voces hicieron mejor el mundo que habitamos, pero
ninguna era la del pueblo. Para que el pueblo llegue a ser algo, quienes deben hablar son los ciudadanos y las ciudadanas. Mucho o poco, las personas hablaron unas con otras en aquellas jornadas de lo que dio en llamarse 15M, y hablan, mientras escribo esto, por las carreteras y las calles francesas, y seguro que lo que dicen algunas nos gusta pero nos desagrada lo que dicen otras. Eso es lo lógico y lo que hace pueblo. En cambio, las martingalas preconciliares de los que vienen a decirles «a los políticos» lo que piensa de verdad el pueblo, no me interesan lo más mínimo, no porque vengan del pueblo, sino justamente porque no vienen de él: demasiado a menudo coinciden esos regüeldos con las obsesiones y los intereses de unas elites que solo saben hacerse mayoritarias mediante la adulación y la exhortación al odio.

Conviene que nos fijemos en que la animadversión de ese pueblo ficticio por «políticos e intelectuales» coincide y es casi la misma que esas dos especies despiertan en las elites, unas elites que, al menos en la historia reciente de España, no se caracterizan precisamente por su altura de miras parlamentarias, por su aprecio hacia las artes y las ciencias, antes bien son más afectas a la caza y al burdel, a la misa y al cachondeo. El problema en España no es que el pueblo piense como Bertín Osborne, sino que son las elites las que lo hacen. De hecho, son las elites las que mejor se lo pasan con ese tipo de personajes, a los que erigen en portavoces oficiosos y guías espirituales de esas masas presuntamente ignaras que, no obstante, son las que estudian sus bachilleratos y sus carreras, las que acaban sus ingenierías y sus arquitecturas y las que construyen sus puentes y sus rascacielos. No es la España vacía la que vota y da color al neofascismo de Vox, es la España del adosado y la finca de recreo, la de los mismos que siguen creyendo que un pueblo es «abrir una ventana en la mañana y respirar» pero no se han acercado a alguien del pueblo en su vida, como no sea para exigir, cobrar o castigar

 

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