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Atlántica XXII

Deja de editarse ATLÁNTICA XXII

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Deja de editarse ATLÁNTICA XXII

 

 

 

Letras Atlánticas | Empresa editora de ATLÁNTICA XXII

 

 

 

El número de ATLÁNTICA XXII que está ahora a la venta, el 62, será el último que saldrá a la calle, al menos en esta primera época. Es una de esas noticias que ningún medio querría dar nunca: su propia desaparición. Lo deseable hubiera sido darla a conocer en la propia publicación, pero los acontecimientos se precipitaron tras la salida de ese número, en relación a la delicada situación económica de la revista. Pedimos disculpas a nuestros lectores por ello, aunque la edición digital es un sello más de la empresa editora, Letras Atlánticas.

 

No podemos decir que ATLÁNTICA XXII muera de éxito, porque nuestro objetivo siempre fue crecer y formar una redacción estable, pero hay que subrayar que la revista se deja de editar exclusivamente por una razón, que desde el principio impidió su rentabilidad: la falta de publicidad. Las ventas, y sobre todo las suscripciones, verdadero sostén del proyecto desde el principio, siempre fueron óptimas. Incluso excelentes en el caso de las suscripciones, que nunca dejaron de aumentar y en el momento del cierre suman 800, sobre todo de suscriptores de Asturias, pero también de toda España y de algunos países extranjeros.

 

Y si la ausencia de publicidad acabó matando a la revista, la de la institucional fue la herida mortal. ATLÁNTICA XXII soportó durante diez años y medio un auténtico boicot de la publicidad institucional, prácticamente de todas las Administraciones, porque jamás recibió el trato equitativo y obligado legalmente que le correspondía por sus ventas y su incidencia social en ninguna de ellas. Pero ese acoso y ese estrangulamiento por la vía de la publicidad institucional- que es un verdadero “fondo de reptiles” con el que el poder mantiene a medios afines y castiga a los críticos- fue verdaderamente escandaloso por parte del Principado, especialmente con los gobiernos de Javier Fernández. Su incidencia fue más allá, porque este boicot del gobierno asturiano arrastró también al de la publicidad privada de las empresas, también ausente de las páginas de esta revista, salvo honrosas excepciones. El miedo al poder y a sus represalias de muchos empresarios asturianos, en proyectos, inversiones y negocios si se anunciaban en ATLÁNTICA XXII, es algo que pudimos comprobar oyendo sus propios testimonios. Con el boicot de las grandes empresas- que financian con su publicidad, condicionando también su independencia, a los grandes medios- ya contábamos, dados los contenidos críticos de la revista. Incluso con el de los bancos con los que trabajaba Letras Atlánticas, a pesar de beneficiarse de sus depósitos y de las comisiones de sus operaciones, como el cobro a los suscriptores. Más sorprendente, pero esclarecedor, es que ni una sola de las agencias de publicidad de Asturias hayan querido trabajar con ATLÁNTICA XXII.

 

Tampoco es que esos miedos estén justificados o sirvan de pretexto, porque delatan a una sociedad  donde el clientelismo y el pesebrismo siguen siendo una lacra. ATLÁNTICA XXII acertó en su diagnóstico cuando nació, porque hay en la sociedad asturiana una masa crítica suficiente para mantener un medio libre e independiente como este, que es una demanda social en estos tiempos en los que el cuarto poder, salvo excepciones, ya no vigila a los demás, sino que se ha convertido en uno más entre los clásicos. Pero le han fallado esos empresarios, sobre todo los medianos y los pequeños, que deberían ofertar en una publicación como esta sus productos y campañas, apoyando así también a un medio que colabora a impulsar los valores democráticos y a la propia sociedad civil. Nos han mantenido durante todos estos años los lectores, también los nacionales, pero nos ha fallado el tejido económico y social asturiano, síntoma de una sociedad civil demasiado frágil.

 

La propia empresa Letras Atlánticas se podría haber convertido en una pyme rentable, creando puestos de trabajo en un sector muy castigado por el paro y la precariedad, pero esa falta de ingresos publicitarios, sobre todo los institucionales, han convertido en utopía aquella pretensión. Tremenda paradoja la de un gobierno que dice combatir el paro e impulsar la riqueza, mientras impide que lo haga una empresa mediática con éxito en el mercado.

 

En realidad haber puesto punto y final, al menos de momento, a esta singular aventura tras diez años y medio sin faltar a la cita bimestral con sus lectores, es un verdadero milagro que se podría estudiar en las Facultades de Económicas, más que en las de Periodismo, porque Letras Atlánticas nació con las aportaciones altruistas de más de una docena de fundadores, profesionales independientes y destacados en la sociedad asturiana, sin editor ni empresa detrás. Esa fue la fórmula precisamente porque no encontramos editor alguno, una figura desaparecida en los medios de comunicación españoles, ni empresa interesada en obtener beneficios económicos con ATLÁNTICA XXII, algo que se demostró perfectamente factible nada más salir a la calle con plena aceptación del mercado y un prestigio en aumento, también nacional, cuando empezaron a valorarse las grandes exclusivas periodísticas y el rigor profesional de la revista. Se ve que, más que de libre mercado, en el sector de los medios de comunicación se debe de hablar más bien de un mercado intervenido por los grandes poderes en el que importan tanto o más las influencias políticas que la línea de negocio.

 

Ese milagro de más de una década haciendo buen periodismo frente al boicot y el acoso de los grandes poderes, con un medio sin empresa detrás, autogestionado exclusivamente por un grupo de periodistas, es para quienes lo hicimos posible motivo de orgullo y satisfacción. Así que excluyamos lamentos y derrotismos, porque de ellos está lamentablemente infectada la sociedad asturiana y constituyen una lacra que siempre combatió ATLÁNTICA XXII.

 

Pese a ello, hay que asumir que lo peor de la desaparición de este medio de comunicación es la pérdida de calidad democrática que ello supone, especialmente para la sociedad asturiana, pero también para la española. Muchas informaciones y opiniones de las que nos venimos haciendo eco, tan solventes como críticas, es difícil que tengan acogida en el sector, como lamentablemente hemos comprobado durante más de una década. También se echará en falta esa labor de vigilancia y control, que es la esencia del periodismo y siempre distinguió la línea informativa y la editorial de ATLÁNTICA XXII. Un ejercicio de contrapoder y una luz, para mostrar lo que se pretende que permanezca en la oscuridad y en las cloacas, que resultan ahora más necesarios que nunca en Asturias, que vive una crisis económica y social, pero también de identidad y autoestima. Y para solucionarla el papel de los medios de comunicación independientes es imprescindible.

 

Esperemos que el espíritu atlántico no desaparezca con la revista. Podría ocurrir incluso que el medio permaneciera, volcándose en su edición digital, cuyos costes son infinitamente más baratos, si sale adelante esa pretensión de un grupo de periodistas y colaboradores de ATLÁNTICA XXII, que se plasmaría en un nuevo proyecto a diseñar ahora con vistas a hacerlo realidad dentro de unos meses. Que eso salga adelante dependerá de su acierto y también de la permanencia del apoyo de lectores y suscriptores. De momento nuestra pretensión es que la web de ATLÁNTICA XXI permanezca activa, se pueda acceder a través de ella a lo publicado en la revista e informe de cualquier novedad interna. Lectores, suscriptores y cualquier ciudadano que precise información o la quiera ofertar podrá contactar con la revista durante este periodo de unos meses, mientras Letras Atlánticas ultima su disolución, a través del correo electrónico letrasatlanticas@gmail.com.

 

Solo nos queda iniciar una amplia relación de agradecimientos, que sin duda será corta en relación a las personas, empresas, colectivos y organizaciones que hicieron posible la afortunada aventura de una revista bimestral que ha durado mucho más que las que tenía como referentes, tanto en Asturias como en España. En primer lugar a los dos directores que tuvo ATLÁNTICA XXII. El primero, Xuan Cándano, fue también fundador, el principal impulsor y director durante nueve años. El segundo, David Remartínez, tuvo el acierto, a pesar del enorme reto, de renovar el formato y los contenidos de la revista en esta última etapa. La labor de ambos no hubiera sido posible sin la entrega, la generosidad y la calidad profesional de un amplísimo grupo de periodistas, reporteros gráficos y colaboradores, con su núcleo central en Asturias pero repartidos por toda España. Impecable fue la labor de Luis Feás en la edición, una faceta a la que concedimos gran importancia. Muy destacable fue el trabajo desde el primer número de la diseñadora, Amelia Celaya, que ha dejado su sello y su estilo en la publicación. Lo mismo se puede decir de los ilustradores, entre los que deja un imborrable recuerdo Alberto Cimadevilla, autor de muchos trabajos y de la popular tira “Hernández y Fernández: yo diría más”, en colaboración con el guionista Adolfo Manzano. También desde el principio contamos con el apoyo y el entusiasmo de la distribuidora asturiana Arbesú, muy comprometida con el proyecto, al igual que muchos vendedores, en quioscos y librerías. Lo mismo ocurrió con las imprentas asturianas en las que se imprimió la revista, aunque es obligada una especial mención a Gófer, con la que más dilatada y estrecha relación establecimos. Un público reconocimiento también a todas las personas que llevaron la parte administrativa y económico/fiscal de Letras Atlánticas, sobre todo a la empresa Fisco. Tampoco olvidaremos el apoyo de Miguel Moro, que se encargó desde el principio de la parte técnica y el mantenimiento de la web. Gracias también a los escasos anunciantes que tuvimos, más en el sector público que en el privado, especialmente algunos de los grandes ayuntamientos asturianos. Y queremos mostrar sobre todo un enorme y emotivo agradecimiento a los lectores de la revista, especialmente a sus suscriptores, que han sido quienes han mantenido a ATLÁNTICA XXII durante todos estos años. No solo con su dinero, también con su fidelidad y su solidaridad siempre, no solo cuando la revista sufrió un brutal acoso judicial, concretado en cinco denuncias que no prosperaron, pero que hicieron peligrar la continuidad del proyecto. Su aliento, sus indicaciones, sus opiniones y sus críticas fueron el motor de la nave atlántica, que ahora se ve obligada a detener su singladura. Ojalá los vientos de la libertad vuelvan algún día a impulsar sus sueños.

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