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Atlántica XXII

Denuncio, vuelvo a empezar, soy valiente

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Denuncio, vuelvo a empezar, soy valiente

Artículo literario de Xavier Eguiguren sobre la violencia de género y la valentía para enfrentarse a los agresores machistas.

agresiones machistas

Movilización de mujeres contra las agresiones sexuales. Foto / Imanol Rimada.

Xavier Eguiguren

No le mires a los ojos cuando estalla la tormenta. Las ganas de hacerte daño hacen que sangren mis dedos apretados. Son seis lunas de miel, seis perdones, una vida mala y un mal sueño. Gritos que hierven como la mezcla de sangre y ginebra.

Perdóname, no quería hacerte daño, princesa. Eres desigual en la maraña que cubre sus pensamientos, la semilla que quiere educar para que las heridas nunca recuerden los golpes.

La niña no dice nada, mira a la pared y tiemblan sus pequeños pies. Los zapatos negros que mamá te compró te llevan a la cama muy despacio. Los platos se rompen, las palabras “por favor, no me pegues” resuenan en su cabeza para toda la vida.

Mamá, a veces quiero descolgar la escopeta de papá, tengo miedo.

¡Ayudadme!
Pasos en un cuartel desangelado. Una mirada, un muñeco roto que habla en un lenguaje de signos. Maltrato que habita en el alma de una mujer. El daño, el castigo, se traduce en cicatrices y antidepresivos que inciden en los cimientos tambaleantes de un agente en formación al pie de la bandera. Manos doloridas de asir las desgracias, los desprecios e insultos; golpes y lesiones que abortan las garras de los torturadores.

Ocupar el lugar de la víctima, intentar conocer su soledad en una cárcel perimetrada por unos altos muros que muestran una dentadura de cristales rotos y puntiagudos.
Soy testigo de las ojeras que escuecen, de unas lágrimas que brotan canturreando un rosario cíclico. Los traumas buscan refugio tras el maquillaje. Tríada, noche, agresor y terror son inductores de mil ansiedades, devorando las entrañas del alma y arañando la piel.

¡Quiero denunciar!

Seis mil quinientos setenta días sin resuello, con cicatrices que no cierran.

Un mar de noches con el miedo punzante en la piel, pesadillas que sangran.

Miedo, sicofonía entre las paredes blancas de mi cárcel doméstica, puertas destrozadas. La imagen recurrente de mi cuerpo inerte que está y no es, que es y no está. Pronto seré un perfil de tiza blanca en el suelo de una habitación robada.

Trauma resultante de amar el desconsuelo, descolgando las campanas que tocan a golpes de voz de quien me insulta, entre ingesta de alcohol y raya de cocaína me odia como mujer, viola y ensucia mi cuerpo, destroza el alma, se ríe del llanto de agua salada que reconcome la almohada de esta cama violentada.
Orden de alejamiento.

Yo te contaré una vida que surge después de hablarle a la niña de ojos tristes, mamá no dejes que despellejen nuestro corazón.
Terror, sentía cada día la muerte podrida en cúbito prono, olor que desprende su piel a amoniaco y cocaína.

No, no quiero escribir desconsuelo. He vuelto a empezar, soy valiente, he denunciado, me quedo de pie, no te acerques.

Corro más que la bruma, adelanto al temor que se queda jugando con los árboles que flanquean el camino. Por fin la luz del sol incide en la cara, calienta y muestra, desde la distancia, la senda que lleva a la planicie tapizada de verde, la salvación.
Ladra, agresor, nunca más volveré a esconderme.

Xavier Eguiguren es escritor y guardia civil y estuvo cinco años dando protección en Asturias a mujeres víctimas de violencia de género.

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