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Atlántica XXII

El divorcio entre la izquierda y las clases populares: el caso francés

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El divorcio entre la izquierda y las clases populares: el caso francés

Carteles electorales del fracasado dirigente socialista Benoît Hamon.

Luis Aurelio González Prieto / Historiador, escritor y profesor de Enseñanzas Medias.

Los partidos de izquierda socialistas surgen en el último cuarto del siglo XIX como organizaciones que buscan conseguir representantes de los obreros en los parlamentos, eminentemente burgueses de la época, para la defensa de sus intereses. En la mayoría de estos incipientes partidos socialistas, influidos por el marxismo, se definían como partidos de clase que tenían como misión transformar la sociedad capitalista en una sociedad colectivista o socialista. Se trata sin duda de organizaciones políticas que proclaman su vocación proletaria y como fin último el establecimiento de una sociedad más justa y sin clases.

Uno de los ejemplos más relevantes de este tipo de partidos fue la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), antecedente del Partido Socialista Francés actual, que en su primigenia declaración de principios proclamaba la conquista de los poderes públicos con la intención de alcanzar una sociedad sin clases. Como dice M. Lipset, en su clásica obra Political man (1960), el voto de las clases obreras a los partidos de izquierda era expresión electoral de la lucha de clases. Era, pues, fundamental obtener el apoyo de una gran parte de la clase obrera a los partidos de izquierdas y en concreto a los socialdemócratas.

Nonna Mayer, en su trabajo Sociologie des comportements politiques (2010), constataba, siguiendo lo establecido por las Escuelas de Columbia y Michigan, que los determinantes sociológicos de clase y religión, combinados con los psicopolíticos de alineación política con un posicionamiento ideológico concreto, constituían la explicación dominante del voto en Europa. Es decir, una gran parte de las clases obreras y populares votaban repetidamente a los partidos de izquierdas. Pero esta situación va a cambiar drásticamente a partir de los años ochenta. Es lo que Richard Rose e Ian McAllister identifican como el paso de un sistema electoral de clases cerrado a otro abierto. El voto cambia según el momento y las circunstancias y no permanece estático adscrito a un partido concreto.

Mayo del 68

La ruptura de la clase obrera con los partidos de izquierda, como ha estudiado Line Rennwald, se está produciendo en la mayoría de los países europeos, Gran Bretaña, Alemania, Austria o Suiza, pero la situación de ruptura es dramática en Francia, donde una gran parte de la clase obrera y popular ha dejado de votar a los partidos de izquierda, a la vez que comienza a votar a la extrema derecha o derecha radical.

Las causas de este distanciamiento, como no podía ser de otra manera, son múltiples: económicas, ideológicas, sociales, etc. Señala la sociología política que una de las causas es la desaparición de la grandes fábricas y centros de trabajadores con miles de obreros, a partir de la crisis de los años setenta y ochenta, donde las condiciones de sociabilidad y la influencia de los sindicatos jugaban un rol importante para la movilización del voto obrero. Por otro lado, la terciarización de la economía, es decir, el aumento considerable del sector servicio, donde las empresas y centros de trabajos son muy pequeños y con pocos obreros, y las posibilidades reales de movilización política y sindical muy escasas.

A su vez, a finales de los años sesenta y sobre todo a partir de Mayo del 68, se produce una importante ruptura entre las clases obreras y populares y las élites estudiantiles e intelectuales de izquierdas, ya que los obreros no ayudaron a los estudiantes en la medida que ellos esperaban en su revolución. De alguna forma, se viene abajo la visión mítica de la clase obrera heroica, militante y solidaria, a la vez que se empieza a conformar otra visión más prosaica, conformista, egoísta e insolidaria. Como señala el redactor del Nouvelle Observateur Hervé Algalarrondo, se produce una ruptura definitiva entre los intelectuales alineados con la izquierda y la clase obrera, llegando al paroxismo en la prolofobia, que ve al obrero blanco como un ser inculto, egoísta, racista e incluso idiota.

Por otro lado, el movimiento estudiantil había estado influido por las nuevas ideas de izquierda que venían de la Escuela de Fráncfort, en particular de Herbert Marcuse, que rompía con los viejos esquemas representados por los partidos obreros y propugnaba una izquierda más libertaria, por lo que se irá construyendo una nueva ideología de izquierdas, en la que prima lo cultural sobre lo social y económico.

Izquierda “bobo”

Esta nueva ideología de izquierdas se orienta hacia las políticas de la identidad, siguiendo los postulados del filósofo quebecois Charles Taylor. Frente a la homogeneización de las identidades culturales de individuos propugnada por la tendencia universalista e internacionalista de los viejos postulados marxistas, lo progresista y de izquierdas es afianzar y mantener la supervivencia de las diferencias culturales de aquellas comunidades minoritarias, etnias, naciones, minorías, feminismo, etc, que requerirán una política de reconocimiento. De modo que las élites dirigentes de los partidos de izquierda sustituyen al obrero como eje central de sus reivindicaciones por otros colectivos a los que consideran en peor situación, como los inmigrantes, la propias mujeres o los LGTB, entre otros.

Algalarrondo llega a decir que la nueva izquierda “bobo”, que podemos traducir por la izquierda guay, formada por las clases medias intelectuales, prefiere al emigrante como eje de sus reivindicaciones frente a las clases populares nacionales y tacha de cuasi-fascista a todo aquel que ponga algún tipo de reparo en acoger a todos los inmigrantes, ya que de esta forma se compensa la explotación colonial a la que fueron sometidos por Occidente.

Protestas en París contra la reforma laboral.

Por otro lado, la inmensa mayoría de los cuadros de los partidos de izquierda pertenecen a las clases medias intelectuales que han aumentado su número gracias a la ampliación del Estado del Bienestar. Unas clases medias intelectuales cuyos puestos de trabajo no se ven amenazados por ese ejército de reserva inacabable que representan los inmigrantes y con los que no tienen problemas de convivencia por choque cultural, ya que no habitan en los barrios populares donde se asienta este nuevo lumpenproletariado. En 1981, el secretario general del Partido Comunista Francés, Georges Marchais, alertaba de que era necesario frenar la entrada descontrolada de una masa en aumento de inmigrantes que ponía en peligro los derechos adquiridos por los proletarios. Hoy esas afirmaciones se verían como un despropósito.

Ahora bien, la ruptura total entre los partidos de izquierdas y la clase obrera es corroborada en 2012 por la Fundación Terranova del Partido Socialista Francés, en el informe elaborado por Bruno Jeanbart, Olivier Ferrand y Romain Prudent, titulado “Gauche: Quelle majorite electorale pour 2012?” [“La izquierda: ¿Qué mayoría electoral para 2012?”, accesible en línea: http://tnova.fr/rapports/gauche-quelle-majorite-electorale-pour-2012]. En él se estudiaba sobre qué grupos de la sociedad se debía incidir para obtener un voto y formar la necesaria mayoría de izquierdas que aupase a la Presidencia de la República a François Hollande. Reflexionando sobre el origen de los partidos de izquierda, dirán que durante muchos años habían sido portavoces de reivindicaciones de la clase obrera: poder adquisitivo, salario mínimo, vacaciones pagadas, seguridad social, nacionalización de las grandes empresa, regulación de precios… Estas reivindicaciones socioeconómicas, por sí solas, son vistas como algo conservador y no deberían considerarse prioridades. En el estudio entendían que la nueva sociedad surgida del mundo globalizado necesita tolerancia con los diferentes, una actitud favorable a los inmigrantes, al islam, a la homosexualidad, la solidaridad con los disminuidos, políticas ecológicas sostenibles, etc. En una palabra, políticas de la identidad.

Mientras, se constataba que los obreros nacionales están haciendo el camino inverso, replegándose contra los inmigrantes, contra los asistidos, defendiendo a toda costa sus fábricas contaminantes con tal de poder mantener su puesto de trabajo. Finalmente, admitían que, siendo realistas, el ejercicio del poder por parte de la izquierda obligaba, en gran medida, a renunciar a las aspiraciones económico-sociales del mundo obrero.

Hacer una campaña electoral dirigida únicamente a defender los intereses socioeconómicos de las clases populares sería ir contracorriente, y muchos piensan que las clases populares están basculando hacia la derecha. El Frente Nacional de Marine Le Pen ha abandonado sus primigenias posturas neoliberales (anti-Estado, anti-funcionario y anti-impuestos) para adoptar un programa de protección económica y social en consonancia con los intereses de las clases populares francesas. Un programa que es contrario a las políticas tecnocráticas-liberales provenientes de la Unión Europea y al euro como moneda, un programa favorable a un proteccionismo económico nacional que defienda la industria francesa frente a la competencia exterior, así como una política anti-inmigración.

El Frente Nacional

Por todo ello, los intelectuales de izquierdas de la Fundación Terranova proclaman que la coalición histórica electoral de la izquierda, fundamentada sobre el voto de la clase obrera, está en total declive. El cambio de valores de la izquierda lleva a configurar una nueva base electoral con diplomados, jóvenes, minorías religiosas de los barrios populares y habitantes de las zonas urbanas, donde se prescinde totalmente de la clases obreras y populares.

Esa nueva base electoral de la izquierda, y en concreto del Partido Socialista, que fue denominada con el sugerente nombre de la Francia del mañana, conseguía aupar al Eliseo al candidato socialista. La élites del Partido Socialista francés asumían que el viejo partido obrero se había modernizado y ya no necesitaba apoyarse en la clase obrera originaria y en sus reivindicaciones, que les parecían propias del siglo pasado y no de una sociedad moderna y plural.

Ahora bien, la base electoral sobre la que el Partido Socialista Francés asentó su victoria en las presidenciales de 2012, la famosa Francia del mañana, sin sustrato ideológico preciso, encontró rápidamente sustituto en el nuevo partido de Emmanuel Macron para la defensa de sus aspiraciones. A su vez, la fiel clase obrera que, elección tras elección, manifestaba sin ambages su fidelidad partidaria en el voto y sustentaba al partido socialista en los momentos de debacle electoral, cuando el resto de grupos votaban según el momento, comienza a abandonar a estas siglas en busca de otras opciones electorales y desemboca cada vez más en la derecha radical cuyo programa electoral demuestra interés por sus problemas.

Singularmente dura es la situación en la región Nord-Pas de Calais, de siempre el bastión más importante del Partido Socialista, donde incluso se compuso el himno de lucha de la clase obrera: La Internacional. Aquí las clases obreras y populares han optado en buena medida por el Frente Nacional. Como señala Pascal Perrineau, en Francia una buena parte de la clase obrera, que ideológicamente todavía se considera de izquierdas, vota al Frente Nacional.

De este modo, en las últimas elecciones, el partido heredero de la Sección Francesa de la Internacional Obrera, SFIO, que ya había pasado a llamarse simplemente PS, ha conseguido muy poco votos y puede estar a punto de desaparecer, entre otras cosas por dar la espalda a aquellos que lo crearon y sostuvieron durante gran parte de su historia.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 53, NOVIEMBRE DE 2017

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