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Atlántica XXII

Dupont, ¿secta o vanguardia?

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Dupont, ¿secta o vanguardia?

Dupont está en el valle de Tamón. Foto / Sergio López.

USOS Y ABUSOS DE LAS MULTINACIONALES (y II).

Patricia Simón / Periodista.

“La empresa ideal, aunque sea un poco secta”. Quizá esta definición sea la que mejor resume por qué, desde su implantación en Asturias en 1992, Dupont ha estado envuelta en un halo de misterio que ha promovido la desconfianza, la admiración y, sobre todo, la curiosidad más allá de sus instalaciones. Tanta que fuera de esta planta química de minimalistas y pulcras instalaciones, rodeadas de verdes prados, a sus trabajadores se les denomina “los duponitas”.

El orgullo de ser ‘duponita’

“Yo voy a trabajar a gusto. En Dupont te dicen lo que hay que hacer y tú te gestionas trabajando en equipo con tus compañeros. Hay muy buen ambiente porque estamos en familia”. Raúl Castro lleva 24 años trabajando en la química estadounidense, los mismos que Dupont lleva en una Asturias que por aquel entonces solo conocía el sistema de trabajo de las grandes catedrales industriales, como la vecina Arcelor. Compraron el valle de Tamón, con cabañas y ganaderías incluidas. Construyeron las plantas de tal forma que las chimeneas y canalizaciones de residuos apenas fueran perceptibles. Y contrataron a centenares de personas con condiciones laborales por encima del convenio del sector. Si un mecánico suele cobrar unos 1.500 euros de media, en Dupont recibe unos 2.100 más las primas por productividad. Aparentemente una compensación astral tras la década de los ochenta de devastación de puestos de trabajo por la desindustrialización. Los ‘duponitas’, como pronto se les empezó a llamar, se convirtieron en una especie de obreros de cuello blanco entre sus compañeros de las fábricas vecinas. Seguro médico privado, plan de pensiones opcional, comidas mensuales para hacer equipo, equipo de fútbol y, sobre todo, la sensación de estar trabajando en un ambiente seguro y agradable.

“No sientes que estás en una fábrica. Hacen que te sientas partícipe de las decisiones contándote cuáles son los planes de futuro. Fomentan el corporativismo diciéndote, por ejemplo, ‘esto no se puede contar, pero confiamos en ti’. Juegan mucho con las emociones. Por ejemplo, cuando murieron cuatro trabajadores en la planta de Carolina (Estados Unidos), al encender el ordenador te salía una fotografía de la presidenta mundial de la compañía llorando”. Quien habla no es ‘duponita’, es un trabajador de una de las contratas que prestan servicios en la empresa. Le llamaremos ‘Marcos’ porque como el resto de entrevistados, salvo Raúl Castro, prefieren guardar el anonimato por temor a las consecuencias de las opiniones vertidas.

Dupont Asturias está compuesta por tres plantas químicas: ICL, dedicada a elaborar uno de los ingredientes del Nomex, que se produce en otra y que se emplea para tejidos ignífugos, como ropa especializada, filtros para chimeneas y otras aplicaciones militares como revestimientos antibalas. La tercera está dedicada a producir insecticidas y químicos agroindustriales. También cuenta con una planta de oficinas desde la que se lleva la administración de todas las sedes de la multinacional en Europa. En total, un millar de trabajadores propios, más varios centenarios de subcontratas, que pueden llegar a los 600 en momentos de parón por mantenimiento.

Las peculiaridades en el sistema de trabajo son muchas: las condiciones son negociadas individualmente con la empresa, por contrato se prohíbe hacer público el sueldo y se obliga a acatar medidas de seguridad tan específicas como subir siempre las escaleras asidos al pasamanos o poner los bolígrafos boca abajo en el lapicero. Incumplir cualquiera de esos compromisos puede acarrear desde sanciones al despido.

“Es verdad que una obsesión por las medidas de seguridad, que terminas asumiendo no sé si porque vienen dictadas desde la dirección o por lo interiorizadas que las tienen el resto de los compañeros. En eso sí puede ser un poco secta porque terminas repitiéndolas, pero todas son cosas buenas”. Quien así habla es ‘María’, una de las trabajadoras de la planta administrativa. Su mayor queja es la sobrecarga de trabajo y el sistema de evaluación del rendimiento. Algo en lo que coincide con Raúl.

Un responsable de la empresa explica su funcionamiento durante una visita abierta a los medios. Foto / Ricardo Solís.

Gran Hermano

Dupont establece una serie de objetivos a seis meses vista y un año. Dependiendo del grado de cumplimiento de éstos, el trabajador recibirá primas económicas –de hasta unos 150 euros anuales, dice María–, pero, sobre todo, paulatinos aumentos de sueldo y méritos para el ascenso de categoría. En Dupont no se cobraba antigüedad hasta hace unos años, cuando ante las quejas se implantó, aunque por cuantías irrisorias y descontándolas de las primas por productividad, según se queja ‘Pepe’.

La unanimidad en la crítica entre los entrevistados por esta medición del rendimiento es que, al tratarse de trabajo en equipo, su productividad no depende solo de ellos. “No tiene sentido y hace más daño al trabajador que bien, al enturbiar las relaciones entre compañeros”, explica Raúl.

“Siempre dicen que no hay jefes, que es una estructura plana. Pero en realidad está todo muy medido. Hay unas pantallas en las que todo el mundo puede ver tu rendimiento y tememos salir reflejados en ellas. Eso sí, les llaman ‘oportunidades de mejora’, porque en Dupont no hay errores”, explica sarcásticamente Marcos. “Pero como el trabajo no depende solo de ti, eso te genera mucha ansiedad. Es como un Gran Hermano”, añade.

María admite que “un 10% en la planta de administración tiene problemas de ansiedad por la sobrecarga de trabajo. Y es verdad que la mayoría nos quedamos haciendo horas extras, pero porque queremos sacar el trabajo adelante, no porque nos lo exija un jefe”.

“El que desarrolló Dupont en Asturias quiso implantar su propio modelo. Aquí no se cobran las horas extras ni había sindicatos, mientras que en la planta que yo visité de Estados Unidos sí se pagan y sí hay sindicatos”, añade Pepe. “Como no fichas a la salida ni a la entrada, te sientes agradecido y terminas trabajando mucho más. Yo creo que nos eligen claramente siguiendo un perfil: que no seamos revolucionarios, que trabajemos y que pasemos de los problemas con tal de que nos paguen”.

“Un día nos invitaron a un pincheo porque llevábamos seis años sin accidentes. Pero no es cierto, lo que pasa es que en Dupont los llaman incidentes. Promueven que no te cojas la baja porque tienes una paga por seguridad mayor que por accidente. Y, además, te invitan a hacer otro trabajo que te permita la lesión o lo que tengas, para que no te des de baja. Así es como consiguen que no cuenten como accidentes”, explica Marcos. Otros trabajadores, en cambio, ven como una ventaja el hecho de que la formación en diferentes tareas y la obligación de rotar entre distintas áreas les permita cumplir otras funciones en caso de lesión o accidente.

Producción y sindicatos

“Tú preguntas a los trabajadores qué fabrica Dupont y lo saben tres de cada diez. Yo he visto cómo meten en un horno unas bandejas de 40 centímetros por 10 de ancho con unas muestras durante veinte minutos. En el otro extremo de la sala hay unas placas de acero inoxidable súper anticorrosivo ¡y se oxidaban sin estar en contacto! Es importantísimo poner el boli boca abajo en el lapicero por si te caes y te lo clavas, pero no sabes qué estás respirando. Cuando intentas medir lo que sale por la arqueta que va a la ría de Avilés con sus residuos, la onda del sonido rebota. Nadie sabe lo que sale por ahí”, sostiene Marcos. “Por las lavadoras de gases dicen que sale vapor de agua, pero luego te obligan a ponerte el traje de protección y la respiración autónoma para repararlos. La diferencia con otras fábricas es que en esas ves la mierda. Pero aquí sientes la boca seca, te frotas la cara y te sale suciedad marrón. Y cuando se mueve algo en Afganistán, Corea del Norte o Irak, la planta de Novex de Estados Unidos se dedica solo a fabricar para el Ejército de Estados Unidos. Aquí lo notamos porque, entonces, ésta empieza a producir toda la fibra que puede para compensar a la otra”, añade. En cambio, Raúl y María no tienen ninguna sensación de toxicidad.

Constitución el año pasado de la sección sindical de SOMA-UGT en Dupont, la primera en la historia de la factoría. Foto / Ricardo Solís.

Hasta este año no ha habido comité de empresa en Dupont, porque los trabajadores no veían la necesidad, según muchos de ellos. Aunque también es obvio que en una fábrica donde las negociaciones individuales sustituyen a las colectivas los sindicatos pueden resultar un estorbo. “Negociabas directamente con los jefes y funcionábamos bien así. El problema fue que unos mandos intermedios empezaron a tratar despóticamente a unos compañeros de la planta agro. Así que vimos la necesidad de crear un comité y llamaron a UGT”, relata Raúl. “Muchos nos rebelamos porque no queríamos a este sindicato y formamos una candidatura independiente que ganó las elecciones. La empresa tenía su favorito, nosotros, pero no hubo favoritismo”, continúa. En otras empresas eso se llamaría amarillismo. En esta jamás hubo una huelga.

Pepe considera que ahora se mejorarán las condiciones de negociación y Marcos que los sindicatos se van a ver reforzados con el escenario que se abre ante la anunciada fusión de Dupont con su única competencia, Dow Chemical. Según la nueva directora de Dupont España y Portugal, Ángela Santianés –que no ha querido contestar a las preguntas de ATLÁNTICA XXII– no puede descartar “el escenario” de que la fusión suponga una reducción de la plantilla, “pero no creo que ése sea el más probable”, respondió en una entrevista en El Comercio.

Ser ‘duponita’ o no ser

“Yo vi prepotencia, mucha, hacia los contratistas. Un trato despectivo por parte de algunos compañeros”, admite Pepe. Marcos, que lo fue durante varios años, lo sintió en carne propia. “Hay una zona que se llama ‘Villa Contratistas’, una explanada donde están los contenedores de obra de las empresas, donde nos tenemos que cambiar porque no nos está permitido hacerlo en los vestuarios de los ‘duponitas’. Y ahí nos ves a todos con la toalla y en chanclas, cruzando varias decenas de metros a la intemperie para ir a las duchas que están en otro contenedor”. También tienen separada la zona de aparcamiento “y si aparcas porque estás reparando algo y es urgente, te llaman por megafonía. Es muy denso el ambiente”. Eso sí, destaca Marcos, “Dupont paga a 60 días a las contratas y exige que se pague a tiempo a los trabajadores. Eso no lo he visto en ninguna otra empresa de España”.

“Dupont es una sociedad en la que, aunque digan que es plana, ellos mismos son sus propios jueces. Si no encajas en esa cultura, estás fuera. Pero han conseguido que la mayoría estén encantados. Lo hicieron perfecto”, critica Marcos. En cambio, Raúl desea que “se les deje de ver como si fueran bichos raros. Se teme decir que se trabaja en Dupont por eso de que es una secta. Pero es que trabajar en un buen ambiente es bueno para el trabajador y para la empresa, es lo más productivo”.

La militarista historia de la Dupont

La Dupont nace en 1802 en Estados Unidos como fábrica de pólvora, convirtiéndose en poco tiempo en la principal proveedora de los Estados del Norte en la Guerra de Secesión. Por ello, amplía su producción a la dinamita. Durante la II Guerra Mundial, participa en el desarrollo de la bomba atómica, encargándose de la producción de plutonio.

Entre sus cuestionables logros, también se encuentra el invento del CFC, las sustancias responsables de la destrucción de la capa de ozono, siendo hasta finales de los años ochenta responsable del 25% de estas emisiones. A pesar de que ya en 1974 declaró que eliminaría esta sustancia ante la peligrosidad de sus efectos, no fue hasta mediados de los años noventa cuando empezó a sustituirla por otros.

También ha sido acusada por la Agencia de Protección Medioambiental estadounidense de ocultar los efectos del C-8 (ácido perfluorooctanoico, usado en el teflón). Por ello, ha sido condenada a pagar 16,5 millones de dólares por sus efectos cancerígenos.

En Argentina, la empresa fue condenada por trata de personas, insuficiente remuneración a sus trabajadores y condiciones inadecuadas de trabajo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 47, NOVIEMBRE DE 2016

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