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Atlántica XXII

Eduardo Romero: “Quería evitar una mirada colonial sobre los personajes”

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Eduardo Romero: “Quería evitar una mirada colonial sobre los personajes”

El escritor en el Local Cambalache de Oviedo. Foto / Javier Bauluz.

El escritor en el Local Cambalache de Oviedo. Foto / Javier Bauluz.

“Las grandes obras literarias lo son porque el autor consigue que los hechos relatados aparezcan como una constatación, no como el resultado de la elucubración del autor. Eso es lo que consigue Eduardo Romero (Oviedo 1977) en esta novela, en la que actúa como un notario de la realidad”, dijo el filósofo Santiago Alba Rico en la presentación de En mar abierto, la primera novela del autor, que también lo es de varios ensayos sobre política migratoria.

Un notario que radiografía en este libro el Oviedo que, si no se quiere, no se ve: aquel en el que las personas migrantes en situación irregular tienen que encerrarse durante días en su casa cuando las redadas racistas se hacen infranqueables, en el que los basureros tienen que correr hasta 20 kilómetros cada noche recogiendo una docena de toneladas de nuestras sobras en condiciones de explotación, en el que los adolescentes marroquíes se evaden fumando pegamento tras haber sido abandonados por las instituciones. Una ciudad atravesada por fronteras, clasismo y maltrato cuyos supervivientes se dieron cita en la presentación del libro, que por primera vez les hacía visibles.

La emotividad electrificaba el ambiente aquella tarde primaveral en Local Cambalache, motor de pensamiento e iniciativas antirracistas (Ruta contra’l Racismu y la Represión), feministas (revista La Madeja), de soberanía alimentaria y ecológica con el grupo de consumo, y literaria con su editorial. Romero es uno de los fundadores de Cambalache.

Que lo político es personal lo tiene claro cualquier activista. Llevarlo a la práctica con la coherencia que lo hace Eduardo Romero es mucho más complicado. Su lucha como miembro de la Ruta contra’l Racismu traspasa los muros de su casa, donde lleva años conviviendo con chicos marroquíes que llegaron solos a este país y otras personas migrantes. El feminismo poscolonial por el que como hombre renuncia a todos los privilegios que por razones de género podría gozar se evidencia en el uso que hace del femenino como género neutro y en la atención minuciosa a los cuidados colectivos. Su militancia política –que se inició mientras jugaba al fútbol en Tercera División–  cristalizó con el movimiento zapatista, que le impulsó a viajar a México de joven. Más adelante aprendió que no hacía falta ir lejos para conocer submundos, que en su barrio, en su ciudad, había muchos y eran los que más le interesaban como persona y activista.

Todas estas facetas confluyen en este libro, que nada tiene de militante, ni de proselitista. Y mucho de la gran novela de no ficción que bebe de la crónica periodística, tan fecunda en Estados Unidos y tan inexplorada en España. Noventa personajes corales que se entretejen a partir de un portal ovetense.

Patricia Simón / Periodista.

La historia de Jenny reúne gran parte de las violencias sociales e institucionales que sufren las mujeres migrantes en situación irregular que son explotadas como camareras de piso en hoteles, como trabajadoras domésticas, como cuidadoras de niños y ancianos, la violencia machista… Pero leyendo su historia da la sensación de que Jenny podría volverse a su país sin que ninguno la hubiéramos visto, ni la sociedad ni las instituciones que supuestamente deberían protegerla.

La historia de Jenny, por la acumulación de situaciones de sometimiento, representa muy bien cómo se entrecruza la política de extranjería y el patriarcado. Ésta es una reflexión a posteriori porque en el proceso de escritura me dejé llevar y evité la carga ideológica. Al contrario que, por ejemplo, los chicos senegaleses que cualquiera ve cuando recogen la basura por la noche, los territorios que habita Jenny son siempre invisibilizados y la opresión que sufre requiere de esa invisibilidad para poder darse. La relación que mantienen los hombres con ella puede darse porque está en territorios domésticos, por el régimen especial de las empleadas del hogar que es especialmente obsceno y precario, o por ocultarse en la economía sumergida de los cuidados que desempeñan las mujeres.

Jenny no pudo asistir a la presentación. ¿Por qué?

Le hacía mucha ilusión porque durante meses ella me había ido contando su historia y, como hice con otros protagonistas, yo la iba escribiendo y leyéndosela, a veces en persona, otras por teléfono. Cuando supimos la fecha de presentación, ella se pasó mucho tiempo ideando cómo pedirles a los dueños de la casa donde trabaja como interna que le dieran esa tarde de sábado libre. Finalmente no se atrevió. La actitud agresiva que muestran hacia ella le hacía sospechar que, además de negarle la tarde libre, le acarrearía una bronca.

Cuenta que una de sus tantas empleadoras ha sido una profesora universitaria experta en temas de género que la contrata, supuestamente, para hacerle un favor y termina explotándola. Un ejemplo de lo que se ha llamado la “transfronterización de los cuidados”, un fenómeno por el que mujeres de países pobres migran para sustituir en los cuidados a las de los países ricos que se incorporan al mundo laboral sin que los hombres hayan asumido sus responsabilidades en el espacio doméstico.

Sí, efectivamente sería tramposo culpabilizarlas a ellas cuando se trata de sociedades que no han repartido los cuidados de manera justa entre hombres y mujeres. Las cifras muestran cómo la gran incorporación de las mujeres al mundo laboral fue seguida del gran desembarco de mujeres migrantes. Fue una especie de sustitución de unas mujeres por otras, y eso generó una relación asimétrica en la que, efectivamente, las mujeres que salen a trabajar en otros sectores, lógicamente, cobran más porque, si no, no les compensaría.

La muerte de Mandaw

Para la novela investigó el tema del sistema de recogida de basuras en Oviedo y cómo su privatización benefició a unas cuantas empresas que contrataban y explotaban a personas en situación administrativa irregular. ¿Cómo llega a la historia del joven que murió?

En tiempos de Gabino de Lorenzo se cambió el sistema por uno de recogida portal a portal y, al día siguiente de anunciarlo, aparecieron en los buzones publicidad de Cubo Express, la empresa que aparece en la novela con su nombre real. Conocí al primo de Mandaw, el chico que murió haciendo este trabajo, que, además de ser bastante penoso –subiendo y bajando del camión a toda velocidad colocando los cubos, cargando peso mientras corres decenas de kilómetros al día–, te provoca desajustes en el sueño porque una vez que los has colocado tienes que esperar unas horas y, ya de madrugada, recogerlos y lavarlos. Tenían poco o ningún periodo de descanso y a la explotación a la que les sometían por no tener papeles se sumaban humillaciones, insultos racistas. Han pasado ocho años desde la muerte de Mandaw y aún no se ha celebrado el juicio. Según la Fiscalía está demostrando que la mayoría de los chicos estaban trabajando con papeles falsos suministrados por la propia empresa. Les pagaban entre 400 y 700 euros. Era todo muy arbitrario.

Otro protagonista son los menores marroquíes que llegan a España sin sus familias. Frente al relato criminalizador que nos llega a través de los medios de comunicación, usted reconstruye sus vidas y las muestra en su globalidad. ¿Qué debería saber la gente para que vuelva a verlos como menores o jóvenes y no como peligrosos delincuentes?

De todas las realidades que cuento, ésta es la que mejor conozco porque he convivido durante años con algunos de ellos. Yo no negaría la conflictividad que puede producirse alrededor de la vida de estos chavales porque muchos de ellos vienen de una vida muy dura en Marruecos, de situaciones de abandono familiar o de haber tenido que buscarse la vida desde los 10 o 12 años. Otros prácticamente han sido vendidos para que los traigan a la península. La falta de un proyecto educativo consistente cuando llegan favorece que muchos continúen con el consumo de sustancias como el disolvente o el tranquimazín. Los centros de acogida están montados para aquellos que se integran perfectamente en ese modelo, que son los que terminarán teniendo acceso a pisos de acogida e inserción laboral. Los demás, que son 9 de cada 10, que están ahí porque han tenido una infancia de exclusión o traumática y, por tanto, es normal que tengan problemas, son castigados por la Administración primero con el abandono y la vida a la intemperie cuando cumplen los 18 años y, en breve, por la apisonadora de la política de extranjería: la retirada de los papeles y la amenaza de la deportación. En el caso de Oviedo, es una ciudad en la que se sienten especialmente oprimidos porque están demasiado visibles, expuestos y hostigados: sienten el racismo de las miradas y el control férreo de la policía, por lo que muchos terminan yéndose a otros lugares donde pasan más desapercibidos y sienten una especie de alivio.

Con respecto a la conflictividad, algo que he querido cuidar en la novela es tomar distancia con las personas, dibujar escenas sin una carga ideológica demasiado presente, que hablen por sí mismas. No quería hacer una novela militante de pedagogía política burda y también quería evitar el riesgo de mirar a mis personajes desde una perspectiva esencialista, victimista, idealizadora o que negara la conflictividad. Todo eso se resume en no tener una mirada colonial sobre los personajes, algo en lo que también hemos trabajado mucho en la Ruta contra’l Racismu y en Local Cambalache. Tener una mirada más profunda, políticamente mucho más potente, aunque sea más compleja. La historia de estos chicos en la novela está organizada en torno al caso de Rachid, un chico marroquí que, tras robar en Gijón, fue perseguido por la policía, se tiró al mar y se ahogó. Quise reconstruir su vida y su memoria.

Redadas racistas

A lo largo de sus ensayos y artículos ha demostrado cómo la política de extranjería impone fronteras dentro de las propias ciudades, convirtiéndolas en pequeñas cárceles. En el caso de Oviedo, ¿cómo se plasman esas fronteras invisibles?

Uno de los personajes senegaleses cuenta en la novela cómo tiene en la cabeza los itinerarios del callejero de Oviedo en los que hay menor riesgo de sufrir una redada racista. Eso refleja la cotidianeidad de los controles policiales. Hay personas que en momentos de gran intensidad de estas identificaciones no se atreven a salir de casa. Chavales marroquíes que cuando les preguntaba cuántas veces les habían identificado en un año me decían 50. Como no parecían muy seguros, les explicaba que eso sería 4 veces al mes y me respondían que entonces muchísimas más porque había días que les habían pedido los papeles hasta seis veces.

Retrata también a unos personajes muy peculiares que son las familias que viven de alquilar decrépitos pisos a precios bajos, fruto de la ausencia de una política digna de acceso a la vivienda.

He conocido a varias de estas familias que me han alquilado algún piso. Son bastante frecuentes en esta ciudad y, como aparece en la novela, cuando vas a pagarles buscan entre decenas de recibos porque pueden tener más de un centenar de pisos en cuyo mantenimiento no invierten nada. Son alquileres de 250 a 350 euros.

Hay datos reveladores como que los basureros distinguen los desechos de los barrios pobres de los ricos, porque los de los primeros pesan más porque hay más restos orgánicos, mientras que los segundos compran muchos más productos envasados. O toda la tipología de personas que viven de la reventa de nuestros residuos. Y eso está muy relacionado con el homenaje que le hace a Fina, la dueña del ultramarinos que resiste en el barrio antiguo de Oviedo.  

Sí, y su contraste con la imagen de riadas de gente que salen y entran corriendo en las superficies comerciales con bolsas de plástico llenas de más plástico con algo de comida dentro. Y por el contrario, el mundo propio de la tienda de Fina –que yo defino en la novela como un resto antropológico del barrio antiguo– en la que la gente va a otro ritmo, donde le dan la vuelta a las cajas de patatas cuando están vacías para sentarse y charlar un rato. Los yonquis que llegan para recoger el bocadillo que ella les da. Una imagen que, por otra parte, tanto tiene que ver con los procesos de gentrificación de los barrios por el que se expulsa a los vecinos con menos recursos para ser reemplazados por otros más pudientes.

Decía que quería borrar toda militancia de la novela, pero ¿qué queda de usted en el hilo narrativo?

La voz en tercera persona, distanciada, la he interrumpido una decena de veces para meterme en la historia. Visto ahora, creo que era necesario para darle un plus de veracidad a lo que estaba contando y mostrar que yo también estaba presente. Con mi aparición, lo que realmente estoy diciendo es que todas y todos estamos presentes en esta historia como parte de esta ciudad, ya sea por omisión o acción.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 45, JULIO DE 2016

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