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Atlántica XXII

“Tenemos que empezar a pensar el amor, no en el amor”

Entrevistas

“Tenemos que empezar a pensar el amor, no en el amor”

Susana Carro, autora de Cuando éramos diosas. Una estética de la resistencia de género

Foto: Carlos Álvarez.

David Remartínez | Periodista

@davidrem

Susana Carro, licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo, acaba de publicar Cuando éramos diosas. Una estética de la resistencia de género (Ediciones Trea), un libro breve y completo, ligero y erudito, académico y didáctico. Un libro dual que resume las claves del feminismo y apunta sus retos, enlazando unos y otros con un relato artístico de la mujer. Charlamos con ella en la cafetería de La Laboral una tarde de sol invernal.

–El libro funciona tanto para alguien que nunca ha leído nada de feminismo, como para quien sí lo ha hecho, porque ese análisis estético resulta muy completo.

–Quizá es por deformación profesional, pero yo doy clase en secundaria y sé que puedes echarte una tarde explicando un concepto, pero que a veces una imagen lo resume perfectamente. Por eso el ir y venir de la filosofía al arte, y del arte a la filosofía, durante el libro: porque después de exponer cada concepto trato de ejemplificarlo.

“Antes tenías que ser virgen o puta”

–Hay una frase que me ha gustado mucho porque en cierto modo resume el mensaje general: “Las mujeres tienen que adaptarse a sueños que no han construido”.

–Bueno, los hombres también…

–Pero son sueños más cómodos, ¿no?

–Sí, y además tuvisteis, históricamente hablando, mucho más margen de decisión. Nosotras no, hasta hace bien poco teníamos que representar una serie de papeles, de máscaras, que la sociedad te decía: podías ser madre, secretaria, virgen, puta… Pero eran esos modelos solo. Si no te ajustabas a esos patrones, no encajabas en sociedad. Y eran los sueños de los hombres, de los que construyeron la historia, el arte… todo el  mundo simbólico.

–¿Por qué crees que la RAE no reconoce una acepción para patriarcado que describa la sociedad tradicional, como dices en el libro?

–Pues no sé, habrá que preguntárselo a algún experto en semiología, porque no conozco los mecanismos de la RAE. Hasta hace dos días, la palabra patriarcado era de hippies radicales trasnochados. Yo creo que desde hace unos años se empezó a escuchar patriarcado en general porque Podemos la incluía en sus discursos. Yo la primera vez que la escuché en un medio de comunicación por parte de un profesional fue en un programa que hizo Jordi Évole sobre los maltratadores. Salía un educador en Bilbao hablando de su trabajo con maltratadores, y cuando Évole le preguntaba que cuál era la raíz del maltrato, respondía que el patriarcado. Y no necesitaba dar más explicaciones.

–Cuando en realidad no es una palabra que defina un problema, sino que describe una sociedad. Quizá es que pertenece a esas palabras asociadas a la ideología, y como ahora tener una ideología está mal visto…

–Bueno, sí que describe una enfermedad del sistema.

–Sí, pero la cosa cambia si por ejemplo dices que vivimos en una sociedad consumista: todos estamos de acuerdo, a nadie le parece mal esa afirmación. Con el patriarcado no pasa eso, decir que nuestra sociedad es patriarcal suena ideológico.

–Sí. Con el problema del maltrato, por ejemplo, al exponerlo y hablar de él, la gente sí entiende, en ese contexto, que el problema es el patriarcado. Como un término puramente descriptivo. Porque el resto de motivos se quedan cortos: el maltrato lo ejercen españoles y extranjeros, ricos y pobres, personas estudiadas e ignorantes. Lo ejercen todo tipo de hombres, y por eso el patriarcado se entiende como explicación global.

–¿No crees que las campañas para concienciar a la gente joven sobre el maltrato en ocasiones olvidan incidir en ese contexto cultural?

–No, creo que sí lo hacen. Yo cuando lo trabajo en las aulas hago hincapié en eso, en que nadie se sienta culpable en lo individual porque hay un contexto cultural y es ahí donde debemos leer las reacciones de esos individuos, para no repetirlas.

–Esas actitudes las llevamos dentro, asimiladas desde críos, y las tenemos que desaprender.

–Eso es precisamente lo que intenta el libro: cuando nos constituimos como sujetos lo hacemos absorbiendo unos patrones culturales sin darnos cuenta, y cuanto menos te das cuenta de ellos, más activos son en ti. En los institutos lo decimos mucho cuando algún alumno dice que no es creyente. Aunque no lo seas, o no seas practicante, esos valores y esas ideas religiosas están en ti, porque son las predominantes en esta cultura. Y lo mismo sucede con el capitalismo, con el patriarcado… El primer paso es conocer y  reconocerlo, como sucede con los complejos.

–En esos patrones tratas el amor, señalando que sois esclavas de una concepción del amor romántico. A mí me gustan mucho las comedias románticas, y la verdad es que casi siempre es el chico el que tiene que conquistar a la chica, o más bien reconquistarla, porque a menudo se la juega y se tiene que hacer perdonar. Pero rara vez es al revés.

–(Ríe) Sí, pero esos argumentos son ya fáciles de interpretar. Mi hija con 10 años ve una película de ese tipo donde hay que rescatar a una princesa y se dan cuenta, porque alrededor perciben esa igualdad. No es lo mismo que cuando nosotros éramos pequeños. Ahora, si tienes la cabeza bien amueblada vas a discernir en seguida, da igual que sea una película de ese tipo, una canción romántica o el porno convencional: sabes que hay eso, pero que también hay otros modelos y que puedes elegir.

–Claro, solo que sería más fácil si todos esos ejemplos artísticos que pones en el libro, de liberación y desaprendizaje, fueran asimilados por la publicidad y la ficción, ¿no?

–Sí, pero terminarán haciéndolo, porque asimilan todo. El problema será si las cosas entonces siguen igual.

–El capítulo de la maternidad plantea una tesis muy interesante: puedes querer mucho a tus hijos, pero para quererlos mejor tienes que alejarte de vez en cuando de ellos y disfrutar de tu tiempo y tu espacio personal. Incluso ahora, a parejas que solo tienen un hijo se les acaba el mundo en muchos casos porque solo viven para satisfacer sus deseos.

–Es muy difícil conciliar la vida familiar y la personal. Y trabajar. Yo coordino el colectivo Mothers, donde precisamente tratamos de combinar todo eso. Somos amigas sin tiempo para la realización personal que intentamos conciliarla.

–Hace unos meses les hicimos un reportaje a las pandereteras de Nun tamos toes. Me acuerdo que decían que, aparte de juntarse para cantar, se juntaban para tener un espacio como mujeres. Porque incluso actualmente, los hombres lo tenemos más fácil para encontrar esos espacios. El fútbol, por ejemplo.

–Los espacios masculinos siempre son respetados. En Mothers, el problema que nos encontrábamos ellas como mujeres artistas y yo como alguien a quien le gusta escribir, es que no se entendía que necesitáramos ese espacio de creación específicos para mujeres. A veces incluso entre las feministas, porque se entendía como ponernos una etiqueta. Pero esos espacios son cruciales en tanto conseguimos la igualdad, porque esa reunión entre mujeres nos permite conocer la presión común de la sociedad, y ayudarnos con la crianza de los hijos, y ver que los problemas son problemas políticos, no de orden personal. Ya lo decía Virginia Wolf: lo primero que necesita una mujer es una habitación propia. Nosotras como artistas lo conseguimos aquí en La Laboral, donde sin embargo al principio algunos nos dijeron que iba a haber problemas porque los hombres artistas pedirían también un espacio propio. Pero a ellos siempre se les respeta. Mientras que si una mujer es madre y además quiere crear, es que tiene pájaros en la cabeza. En nuestra cultura, en el hombre lo primero es su proyecto individual, su realización. La mujer, por contra, es un genérico. Primero es madre, y se realiza a través de su marido y de sus hijos. No te digo que sea así hoy, pero es nuestra cultura.

–Eso me recuerda a una cosa: los hombres siempre han dicho que a las mujeres no había quién las entendiera, mientras que las mujeres sabían siempre pronosticar cómo iban a comportarse los hombres porque todos son iguales.

–(Ríe) Es que la mujer, desde antaño, desde los primeros filósofos, es la pasión, no la razón. Por lo tanto no se puede comprender. El hombre, por el contrario, representa la razón, la luz. Eso es así en el cristianismo y en la Ilustración. Luego llegará Freud y dirá que la mujer es la histeria.

–Eso parce el nacimiento del miedo masculino hacia las mujeres con carácter. No solo es el miedo a lo distinto, sino también a lo que se rebela.

–Es algo antinatural, claro.

–El libro sorprende por la barbaridades sobre la mujer que dicen Freud y Rousseau. Deberían enseñarse en los institutos junto con el resto de su pensamiento.

–Sí, yo lo hago, porque mucha gente no lo sabe. Es lo mismo que la historia de las mujeres en la filosofía, la ciencia o el arte, que es absolutamente desconocida hasta el punto de que muchas veces se piensa que no existieron Yo recuerdo ser adolescente y hablar con uno de mis tíos, el que había podido estudiar un poco, y decirme que la historia del arte demostraba que las mujeres eran inferiores porque no había mujeres artistas. Y yo intuía que no era así, pero no conocía nada para rebatirlo.

–El periodismo y las editoriales están buceando ahora cómo recuperar esas figuras.

–Sí, y es estupendo. Lo que pasa es que a veces no podemos recoger todas esas perlas porque a veces están totalmente perdidas. Pero tú imagínate lo que hubiera sido estudiar la historia de la filosofía sin hombres: algo inconcebible. Y nosotras lo hicimos, yo estudié una historia de literatura sin mujeres.

–Bueno, como estudiar la historia sin negros, o sin homosexuales, o la historia de España sin ocho siglos de islam… Cambiando de tema, tu libro también aborda la relación muchas veces enfermiza de la mujer con su cuerpo, que en estos tiempos sufre un bombardeo constante. ¿Eres optimista en esa batalla, crees que alguien con la cabeza bien amueblada sabe diferenciar el bombardeo de la realidad?

–Hombre, la cabeza bien formada es buena para todo, aunque no es garantía de nada porque la presión social es muy importante. El problema es que esa presión forma la idea, y esa idea social no solo afecta a cómo vives tú y cómo vives tu cuerpo, sino que está vinculada al mundo de los afectos y las relaciones. A lo mejor tú tienes superada la relación con tu propio cuerpo, pero si afecta a tus relaciones afectivas, puedes flaquear y generar nuevas inseguridades. Tenemos que empezar a pensar el cuerpo, no en el cuerpo. Como tenemos que empezar a pensar el amor, no en el amor. Es decir, empezar a pensar en esas construcciones culturales, para saber si queremos eso o queremos reconstruirlas. Porque el cuerpo es siempre hermoso.

 

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