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Atlántica XXII

Franco y los adolescentes asturianos

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Franco y los adolescentes asturianos

Retirada de un medallón de Franco en Oviedo. Foto / Iván Martínez.

David Remartínez | periodista

@davidrem

 

La semana pasada me invitaron, en representación de esta revista, a un debate con adolescentes en el Instituto de Educación Secundaria de Llanes. El tema: Francisco Franco y la Ley de Memoria Histórica. Fui encantado, claro. Cualquier debate con adolescentes es siempre atractivo, ya que discutir con personas que aún no se han vuelto dogmáticas, o que al menos están dispuestas a cambiar de opinión sobre algunos asuntos, o que albergan distintos miedos y prejuicios de los que arrastramos los adultos, siempre resulta sugerente. Al tratar con un adolescente has de cambiar el punto de vista obligatoriamente si te quieres hacer entender, y solo ese ejercicio hace agradable la conversación –siempre que no sean tus hijos, claro–. Encima, la chavalería iba a hablar de Franco, o sea que perfecto.

En España no sabemos discutir sobre Franco. Tampoco sobre Cataluña, sobre nuestros salarios o sobre la corrupción. En general, no sabemos discutir sobre política. En realidad, en España no sabemos discutir: entendemos ese ejercicio intelectual como una competición, como una lucha de garrotes, en lugar de como un entretenimiento, un aprendizaje o una forma de relacionarse con los demás. En cada discusión nos va la vida, porque en cada opinión depositamos nuestra seguridad personal; casi nuestra identidad.

Aquí se discute, más que para convencer, para vencer. Por eso asociamos la palabra discusión con bronca: si el de enfrente no cede, le atacamos. Si persiste, le despreciamos. Y si se rebela, le sometemos. Algunos –como Franco– incluso matan sin remordimiento a quienes deciden pensar, vestir o vivir distinto. Y lo hacen por el bien de España. Porque España somos todos los que piensan igual que yo. Ole.

Ese fue el principal legado que nos dejó el franquismo.

Vivimos tiempos muy pertinentes para tener presente semejante tara de nuestra personalidad nacional.

Más o menos, eso les dije en mi presentación a los estudiantes. A partir de ahí, la jornada en el IES Llanes me sorprendió porque:

  1. Se habían preparado el tema a conciencia, un mérito propiciado por el departamento de Filosofía, organizador y tutor del debate. Varios chicos y chicas expusieron trabajos sobre el dictador, sobre el Valle de los Caídos, sobre la Transición y sobre la Ley de Memoria Histórica. En todos los asuntos habían procurado separar los hechos de los juicios de valor, cual periodistas serios o historiadores responsables.
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  2. Las preguntas que nos habían preparado a los invitados eran precisas y certeras. Eran preguntas que, en muchos casos, no acostumbran a plantearse quienes guardan una opinión incuestionable sobre estos asuntos. O sea, muchos adultos. ¿Es lícito exhumar el cadáver de Franco con los argumentos esgrimidos? ¿Es justa la Ley de Memoria Histórica? ¿Por qué la Iglesia Católica gestiona y respalda el mausoleo que ensalza a los ganadores de la Guerra Civil? Dudas así, imposibles de responder con un tuit o con un carajillo.

El tercer elemento que me llamó la atención fue que ninguno de los adolescentes que participó en el debate dudó sobre la primera condición de Francisco Franco: un dictador que durante 40 años prohibió la democracia, persiguió a parte de la ciudadanía y asesinó a quien consideró conveniente para mantener su poder absoluto. Franco hizo otras cosas, sobre las que también podemos discutir, pero las antedichas son las principales. Porque nada hay más importante que decidir si alguien vive o no.

Contemplar esa unanimidad sobre la figura más pequeña y a la vez más amarga que ha dado España entre la primera generación de españoles que no han vivido una conexión directa con la Guerra Civil y con la dictadura, es decir, que están libres de esa herencia sentimental que lógicamente nubla el buen juicio y en la que nacimos los hoy adultos, me reconfortó. Porque cuando tu abuela te cuenta cómo mataron a tu abuelo, es difícil ser ecuánime al hablar de Franco. Y ni te cuento cuando fue tu padre o tu hermano al que mataron o exiliaron o violaron o enterraron anónimo en una fosa común. Tiene que llegar una generación distinta para tomar la distancia final con semejante tragedia y evitar que se repita.

Vivimos tiempos muy pertinentes para tener presente semejante drama.

Después de un par de horas de debate, Marina Díaz Valeiro, una alumna de primero de bachillerato, subió al estrado para cerrar la mañana con un texto personal, poético y muy duro. Y de una calidad literaria inusual. Es este que os reproducimos a continuación. Seguro que con su contenido se sentirán identificados muchos adultos.

“España fue una nación gobernada por la injusticia donde el odio a la libertad y el culto a la opresión se convirtieron en tradición cultural. Muerta estuvo por mucho tiempo la voz de la tragedia, enterrada por las palas del gobierno en el ataúd fascista de la alta sociedad.

El polvo de miles de cadáveres se usó como fertilizante para plantar las flores que conquistarían a la guerra. 
Rosas amarillas por los huesos de oro de los ricos, rosas rojas por la sangre del pueblo eternamente maldito.

La paz fue usada como propaganda electoral para ocultar los problemas que profanaban la igualdad. Indiferente fue la historia hacia las víctimas cuyo honor nunca fue restituido, y sus muertes innecesarias cayeron en el olvido sepultadas por los uniformes del ejército del terror blanco.

El 20 de noviembre se inhumó la dictadura y el águila al fin escapó de su prisión. Con nostalgia miró sus alas rotas y aceptó su inmerecido castigo. Mientras sus plumas se teñían con la sangre morada y se rendía ante el cansancio de una vida de esclava, sonreía aliviada, porque sabía que la revolución vengaría su tortura.

La política franquista desposó a la Iglesia, que tras quedar viuda se reunió con su amante, la borbónica dinastía. Rey y reina gobernaron como sucesores del caudillo, y enterraron a la difunta República en el Valle de los Caídos, construida por las manos hermanas de los presos políticos.

Nuestro polémico pasado irreparable nos atormenta. Horribles crímenes incoherentes marcan la memoria de nuestro país, siendo para muchos motivo de honra y para otros de absoluta vergüenza. La absurda e irrespetuosa falta de moralidad que sigue presente en la actualidad abre continuos debates caóticos, habitualmente basados en valores antiguos que no respetan la controversia.

El agotado y maltratado espíritu del pueblo español está encerrado en las cunetas de una patética sociedad dividida y regida por los dogmas del oportunismo, en la que preocupa más el coste monetario de desenterrar unos huesos sin vida que desenterrar las libertades que por tanto tiempo nos han sido arrebatadas”.

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