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Atlántica XXII

La España de las (des)vergüenzas

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La España de las (des)vergüenzas

La Comunidad Valenciana está especialmente castigada por la corrupción. Cuando estalló la Operación Brugal, manifestantes acosan al presidente de la Diputación de Alicante, Joaquín Ripoll. Foto / Juan Navarro.

La Comunidad Valenciana está especialmente castigada por la corrupción. Cuando estalló la Operación Brugal, manifestantes acosan al presidente de la Diputación de Alicante, Joaquín Ripoll. Foto / Juan Navarro.

Luis García Oliveira.

Resulta verdaderamente curioso que aquellos que en el ámbito de la política demuestran carecer del menor atisbo de vergüenza sean precisamente quienes la hacen brotar y correr a raudales entre la mayoría ciudadana, que la sufre ajena al espectáculo sumida en la impotencia. Es parte de lo que tiene dejarse gobernar por cualquier impresentable que se incruste en el mayoritario juego político al uso: hacerse con la representatividad delegada de la ciudadanía –arrebatándosela con falsas promesas electorales, engaños, mentiras y embustes– para campar después durante cuatro años  “a su aire” y al recompensado servicio de las oligarquías económicas y financieras que tan interesadamente les promueven desde la sombra. Triste y desalentador espectáculo mil veces puesto de relieve en este singularísimo país.

Cuando algunos creíamos que el nivel de la indecencia y de la golfería política ya se había situado en cotas prácticamente insuperables, una nueva y voluminosa andanada de casos de corrupción –procedente ahora de ese inagotable filón del Partido Popular valenciano– acaba de ser vomitada en tromba sobre la ciudadanía. Y por si esto no fuese suficiente, dicen algunos conocedores del “percal” político en aquella Comunidad que esa pestilente cuestión solo ha sido medio destapada, que lo trascendido no son más que los primeros efluvios del insondable “alcantarillado” Popular y que el denso tufo de las prácticas mafiosas que allí restan por desvelar va a ser prácticamente irrespirable.

Es el penúltimo caso del latrocinio institucionalizado en un país que ya ha sido saqueado de punta a punta por una ingente caterva de políticos corruptos, amparados todos ellos en la descarada impunidad que se han dado con sus aforamientos o blindando legalmente la opacidad operativa tras la que hacen y deshacen a su conveniencia.

¿Pero cómo es posible que un sinfín de delincuentes haya encontrado tan consentido acomodo en todas las esferas de la política? Se entiende su descarado interés al respecto y también el de los conchabados acólitos que desde los intramuros partidistas mueven lo necesario para que los primeros accedan a los mejores puestos de las respectivas candidaturas; modelo este del que acaba excretándose “la flor y nata” de un pandillerismo político de la peor calaña.

Lo que ya resulta del todo incomprensible es que una significativa parte del electorado les otorgue su reiterada confianza votándoles una y otra vez, cuando lo que procedería sería botarles definitivamente del mundo de la política  independientemente de cuál sea el partido que les cobije.

En Comunidades Autónomas como Madrid, Cataluña, Andalucía o Baleares la ciudadanía ha sido testigo en primera fila de los desmanes, abusos y tropelías de quienes desde el más insultante cinismo decían  representarla. Ignoro si un tinglado político tan degradado, humillante e infame como el que aquí se nos ha disfrazado de “democracia” es motivo de reflexión para tanto conformista subyugado, pero el bochorno se hace irreprimible cuando uno se pregunta cómo se nos verá desde cualquier país mínimamente decente.

Alguien se preguntará también cómo se ha podido llegar a la generalizada indiferencia social –que tan cara nos está saliendo– en la que libremente navega la multitudinaria tropa de corruptos y de corruptores que se han enseñoreado de este país.

No son la única causa, pero los medios de comunicación son hoy día la principal y más poderosa herramienta de manipulación social en manos del poder económico, sobradamente capaces de intoxicar a la opinión pública antes de que en esta cuaje toda inquietud susceptible de colectivizarse, aunque las imprevistas consecuencias del 15-M se les hayan ido inicialmente de las manos.

No importa demasiado, nos han tomado la medida de las debilidades y saben bien cómo tratarnos. Para eso está la machacona legión de mercenarios periodísticos a sueldo encargados de “crear opinión” –la que interesa, claro está– desde los más sibilinamente camuflados hasta los más jíbaros y montaraces reaccionarios. Y para tener entretenidos a indiferentes e indolentes y que no se les ocurra empezar a pensar, pues telebasura a raudales y retransmisiones deportivas hasta que la caja tonta reviente. Es increíble, pero les funciona de maravilla.

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