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Atlántica XXII

Lo que realmente nos gusta de Asturias ye volver

Opinión

Lo que realmente nos gusta de Asturias ye volver

La ecuación existencial del asturianismo parte de las rivalidades locales y del dilema «Asturias o trabajas». Y casi siempre conduce al abrazo entre copas en la barra de un bar. De un bar extranjero, claro

Estación de autobuses de Oviedo. Mario Rojas

Fon F. Sánchez | Periodista
@fonfernandez1

Mario Rojas | Fotografía

Existe. Hay un sitio en el que un gijonés y un carbayón, incluso uno de Piedras Blancas y uno de Salinas, pueden pasear sin lanzarse los trastos a la cabeza o echarse en cara sus respectivas miserias cotidianas. Es tanto un espacio mental como físico. Y tiene nombre: el extranjero. En mis más de dos décadas en el extranjero (concepto geográfico que va desde el túnel del Huerna hacia el sur, Vegadeo hacia el oeste y Bustio hacia el este), he comprobado cómo el asturianismo, como probada religión pagana que es, comienza cuando se sale de Asturias.

Una vez fuera, sin embargo, el asturianismo es inmediato, irremediable y absoluto. Esta sí, una «verdad urbana» que distorsiona y sustituye a esa otra «leyenda urbana», ya infausta, del expresidente socialista Vicente Alberto Álvarez Areces. Puede ser en Albacete, Nigeria o en Manhattan, pero solo fuera de ese Paraíso Natural salpicado por centrales termoeléctricas y altos hornos siderúrgicos se podrá encontrar a cuatro asturianos o asturianas hablando con fraternidad y bonhomía, sin descalificaciones y reproches.

Pon ahora a esos mismos asturianos o asturianas –gracias a algún moderno avatar tecnológico– en la plaza del Mercado de Grao: saltan chispas, aparecen las zancadillas y las sospechas mutuas se multiplican. Es posible que se trate simplemente de la prolongación de otra de esas leyendas urbanas llenas de certezas que a menudo produce ese pequeño rincón del norte España con forma de sierra: Asturias o trabajas. La gente marcha en cuanto puede porque no puede dejar de marchar. Hay alguno o alguna que se queda, porque quiere y puede, pero es la excepción que confi rma la regla. Y son esos, que actúan como ancla, los que explican, desde su estado de permanencia, el inagotable movimiento del resto mayoritario, que va y viene, que marcha y vuelve, y vuelve a marchar antes de regresar, una vez más.

Hay tanta buena filosofía en las bibliotecas universitarias como en las universidades chigreras. Me lo comentaba un amigo asturiano hace unos años en una noche entre cacharros en Caracas: «A mí lo que realmente me gusta de Asturias ye volver», antes de entrar en una, no por evidente menos interesante, disquisición acerca de la necesidad tautológica de tener que irse para poder regresar.

Previamente, me había echado en cara que los de «la costa» somos la élite y siempre miramos por encima del hombro a los del interior, la cuenca minera, «el corazón que palpita y que ye la Asturias de verdá». Hablaba de Turón con incipientes lágrimas en los ojos.

Acto seguido, no me dejaba pagar y me invitaba entre empujones a las copas: «Porque, cagoenros, faltan más asturianos en el mundo». Otra amiga, de cerca de Tarna y con más de 30 años en los Estados Unidos, me confiaba su perplejidad hace poco: «¿Sabes que ahora pongo a menudo la TPA para escuchar tonada? Y las canto. Antes yo no era así». Aquí a la ecuación de la distancia se suma la variable tiempo. A mí me pasa algo parecido, veo a un asturiano escanciando sidra en la calle Galiana en Avilés, lo miro con displicencia y continúo el camino. Ahora bien: veo a una esgrimiendo la Cruz de la Victoria en una marcha feminista en Washington, y la llevo directa a casa a comer una fabaduca.

En el exterior uno se da de bruces con lo retorcido de nuestra curiosa filosofía vital, basada en un vete por ahí a buscarte la vida y luego vuelves y lo cuentas entre serrín y culines. Es entonces cuando arrecian algunas de las frases tan astures como los silenciosos castaños, las ortigas tramposas y los esquivos urogallos, y que todos llevamos tejidas en los bolsillos interiores de los pantalones para calmar nuestras incertidumbres:

«¿A que ye todo una puta mierda por ahí fuera? Ya te lo dije yo».
«No saben lo que se pierden los foriatos».
«Tamos como Dios, ho, pero no lo sabemos».
«Fato, hay que ser fatu pa pensar que se ta mejor fuera».
«Anda, indiano, paga tú que será por perres».

Son esas frases las que constituyen, a contrapelo, la arquitectura de la nostalgia que acompaña a los que marchamos para volver a regresar, marchar de nuevo, e intentar luego volver para comenzar a hacerlo todo otra vez más.

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