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Atlántica XXII

Los reyes magos y el contrato social

Opinión

Los reyes magos y el contrato social

Santiago Alba Rico.

Santiago Alba Rico
@SantiagoAlbaR

Voy a hablar en favor de los Reyes Magos.

Veamos. Lo que hace creíble su existencia, incluso una vez superada la edad de la razón, es que la única alternativa imaginable resulta mucho más increíble para la razón misma. ¿Cuál es esa alternativa? La Gran Conspiración. ¿Puede un ser razonable, conocedor de la naturaleza humana y de su mezquina historia real, creer que todos los padres del mundo -junto a maestros, pediatras y medios de comunicación- se han puesto de acuerdo para mantener semejante ficción material, comprar regalos a sus hijos todos los años y atribuir tal acto de generosidad a criaturas imaginarias que, en virtud precisamente de esta increíble Gran Conspiración, cobran existencia indubitable? ¿Cómo -conociendo a los adultos- va aceptar un niño esta combinación universal de altruismo individual y consenso adulto a contrapelo de nuestras experiencias cotidianas, nuestras prácticas políticas y nuestros vínculos sociales?

La Gran Conspiración para Hacer Felices a los Niños (única alternativa delirante a la existencia de los Reyes Magos) es una patada al sentido común. Una cosa así sólo podría corresponder a un milagro antropológico y los niños -al contrario que los fantasiosos votantes- no creen en los milagros. Ocurre sin embargo ¡que ese milagro existe! Se produce de hecho todos los años; y su repetición de hecho excava por debajo de nuestros duelos sótanos luminosos y nocturnidades salvíficas. Los niños, que sólo creen en los hechos, creen en los Reyes Magos porque, realistas respecto de los adultos, no pueden creer en una Gran Conspiración que, sin embargo, es real; los adultos, que viven de fantasías, se prestan a esta Gran Conspiración virtuosa pese a que contradice su fúnebre creencia rutinaria en las grandes conspiraciones ominosas, la mayor parte de las cuales, por cierto, no existen. El acuerdo secreto de los Reyes Magos es fruto de una conspiración eficaz y universal; la CIA, Davos o el Ibex35 son pequeñas chapuzas descosidas; y si uno y otros introducen en el mundo efectos muy desiguales no es en razón de su existencia sino de su poder. El acuerdo de Epifanía existe más; la CIA existe mucho menos. Pero es que el mal transforma el mundo y el bien, en el mejor de los casos, sólo lo conserva. En cuanto a la conspiración judeo-masónica, el lobby homosexual o Fumanchú hace falta ser muy adulto y muy fantasioso para creer en eso.

Así que tenemos buenos motivos para creer en los Reyes Magos y, una vez descubierta la verdad, para alegrarnos de su inverosimilitud, que ilumina de modo inesperadamente favorable el mundo. Se puede conspirar para el Bien, y esa conspiración explica la supervivencia de la humanidad. Los Reyes Magos operan como lo contrario y lo mismo que la mano invisible de Adam Smith. Cada deseo individual de hacer feliz a un solo niño confirma y sostiene un consenso general. Si intentásemos poner de acuerdo a todos los padres del mundo para hacer una colecta y repartir regalos por el mundo, no lo conseguiríamos nunca. Si el niño individual -objeto del amor exclusivo de sus padres clandestinos- no creyera que los Reyes traen regalos a todos los niños del mundo (y a sus padres) nada funcionaría. Hace falta un misterio y una conjura. Se hace el bien común buscando un bien pequeño, doméstico, interesado y limitado. Pero de que se aloje en un misterio universal y compartido depende el placer infinito de hacer y recibir esos regalos.

Stephen Jay Gould dice que hay una situación en la que la felicidad genera el mismo efecto de solidaridad y generosidad recíproca que una catástrofe: un eclipse de sol. Están también los Reyes Magos, para demostrar que ese otro mundo posible existe ya, intraducible quizás al ámbito político, pero inspirador desde la sombra de todo contrato social digno de ese nombre.

 

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