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Atlántica XXII

El mito de Gustavo Bueno

Cultures

El mito de Gustavo Bueno

Gustavo Bueno a la entrada de la Fundación que lleva su nombre, frente a su domicilio en Oviedo. Foto / Mario Rojas.

Gustavo Bueno a la entrada de la Fundación que lleva su nombre, frente a su domicilio en Oviedo. Foto / Mario Rojas.

Gustavo Bueno, recién fallecido a los 91 años, siempre se mantuvo firme, con una coherencia que en cierto sentido le honra, en unas posiciones ideológicas que él mismo definió como afines a las del Movimiento Nacional, “en sus corrientes más radicales”. Sin embargo, consiguió tener crédito entre demócratas de distinto signo, un hecho insólito que Luis Feás Costilla trató de desentrañar en el artículo publicado en el número 9 de ATLÁNTICA XXII de julio de 2010, que por su interés reproducimos en dos entregas, hoy y mañana.

Luis Feás Costilla / Periodista.

Pensador contra la tolerancia, el filósofo Gustavo Bueno Martínez siempre ha gozado de crédito entre las izquierdas y el liberalismo, a pesar de su evidente escolasticismo ultramontano. Considerado materialista y ateo, no obstante su declarado catolicismo, su aproximación al marxismo en los últimos años de la dictadura hace que sus opiniones sigan siendo recogidas por los medios de comunicación democráticos, cuando en realidad sus posiciones se acercan más a otro tipo de radicalismos políticos. La complacencia con Bueno, con sus análisis y planteamientos, hace necesaria la tarea de revisar y demoler su mito, de la misma manera que él lo ha hecho con las ideas de cultura, izquierda o derecha, significándose.

En 1995, Gustavo Bueno participaba en el ciclo 50 propuestas para el próximo milenio, celebrado en el antiguo Café Español de Oviedo, en el que también intervenían Luis Racionero, Gabriel Albiac, José Saramago y Antonio Escohotado. Entre las diez propuestas de Bueno había de todo, desde algunas simplemente anecdóticas y curiosas hasta otras plausibles (como la “limitación de la dedicación profesional a la política”), al menos discutibles (como la “defensa de la energía nuclear”) o directamente inasumibles (como la instauración de una república platónica en la que hubiera un “servicio nacional obligatorio sin posibilidad de objeción de conciencia” y se asignara a pensionistas y parados, considerados como “población ociosa”, tareas “de interés público”).

Pero lo que mayor asombro y conmoción provocó fue que defendiera la “implantación de la eutanasia para asesinos convictos y confesos de crímenes horrendos”, una proposición inaudita que ratificaría intempestivamente dos años después, en julio de 1997, con motivo del asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco a manos de los terroristas de ETA, para los que pediría ya directamente, sin edulcorantes, la pena de muerte, en una entrevista en la prensa local reproducida a toda página y con un titular de llamada en la portada. Su argumento era que los responsables de crímenes horrendos no son personas y “si no son personas son ratas, y a las ratas se las mata”, explicaba, al mismo tiempo que millones de españoles exigían ejemplarmente en la calle y sin violencia el fin definitivo del terrorismo, algo que él criticaría por “débil”. “Las consecuencias de esta situación cualquiera puede extraerlas con el simple recurso de las reglas de la lógica”, concluía sofísticamente el entonces catedrático emérito de la Universidad de Oviedo, causando el estupor general, mientras en el diario La Nueva España se afirmaba que sus tesis eran tan “radicales y novedosas” que mareaban “a los bienpensantes de siempre para regocijo del resto”.

Coherencia ideológica

Se iniciaba entonces un período de máxima cobertura de sus opiniones “radicales” que abarca al menos los últimos trece años, coincidiendo con la publicación por la editorial Prensa Ibérica de El mito de la cultura, en 1997. Durante estos años, ha tenido tiempo para divulgar su pensamiento sobre España y el separatismo (España frente a Europa, 2000; España no es un mito: claves para una defensa razonada, 2005), la izquierda (El mito de la izquierda, 2003), el terrorismo (La vuelta a la caverna: terrorismo, guerra y globalización, 2004), la democracia (Panfleto contra la democracia realmente existente, 2004; El fundamentalismo democrático, 2010) y la derecha (El mito de la derecha, 2008), en ediciones costeadas por los grupos Z, Unidad Editorial y sobre todo Planeta.

El apoyo a la pena de muerte, la crítica de la democracia, su equiparación formal con el franquismo, la justificación de la guerra de Iraq y declaraciones como la de que “Aznar es de izquierdas” han provocado que Bueno haya sido acusado de traición por algunos sectores progresistas, incluso dentro de la propia escuela materialista. Pero, en realidad, siempre se ha mantenido firme en sus posiciones ideológicas, con una coherencia que en cierto sentido le honra. Lo grave de estos ensayos no es que someta a su lógica implacable a la izquierda, y mucho menos al actual y desnortado gobierno socialista (Zapatero y el pensamiento Alicia: un presidente en el país de las maravillas, 2006), sino que en ellos sostenga ideas que se concretan políticamente en unos pocos principios, como son la defensa de la unidad indivisible de España y su monolitismo cultural y lingüístico, el “Imperio católico universal” o un Estado fuerte como único garante de la aplicación de las leyes, que a poco que se les preste atención recuerdan inevitablemente a las directrices del fascismo español, no sólo del falangismo en general, sino más concretamente de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos.

Durante un acto en la Universidad de Oviedo en 1965, comparten el primer banco, de izquierda a derecha, los profesores Fabio Suárez, Manuel Julivert, Gustavo Bueno y Luis Sela. Foto / Universidad de Oviedo.

Durante un acto en la Universidad de Oviedo en 1965, comparten el primer banco, de izquierda a derecha, los profesores Fabio Suárez, Manuel Julivert, Gustavo Bueno y Luis Sela. Foto / Universidad de Oviedo.

Falangismo

Según su biografía oficial, publicada en una página web afín a su fundación, Gustavo Bueno Martínez nació en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) en 1924, hijo del médico antidarwinista Gustavo Bueno Arnedillo. Culminó los estudios de bachillerato en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «Goya», de Zaragoza en 1941. El profesor Eugenio Frutos Cortés, cristiano y falangista, influyó notablemente para que se decidiera a estudiar Filosofía. Una vez realizados los cursos comunes en la Universidad de Zaragoza, terminó la licenciatura en Filosofía en la Universidad de Madrid. Becario del Instituto «Luis Vives» de Filosofía, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, defendió su tesis doctoral en 1947, bajo la dirección del catedrático Santiago Montero Díaz, destacado nacional-sindicalista, que había sido organizador de las JONS en Galicia. Entre los miembros del tribunal estaban los también catedráticos José María Sánchez de Muniaín, propagandista católico, y Juan Francisco Yela Utrilla, fundador de Falange Española en Asturias junto a Celso García de Tuñón.

A los veinticuatro años, Bueno se incorpora como Catedrático de Filosofía al Cuerpo de Catedráticos Numerarios de Institutos Nacionales de Enseñanza Media, desempeñando su cometido como funcionario en el Instituto femenino “Lucía de Medrano” de Salamanca, del que fue jefe de estudios en 1949-50 y director desde 1951 hasta 1960. El falangismo (o mejor jonsismo) de sus escritos actuales es tan evidente que no es necesario dar demasiado énfasis a informaciones como la del periodista conservador Pedro Casado, publicada en La Gaceta de Salamanca en 1989, en la que le reprochaba su ateísmo y recordaba haberle visto levantarse y protestar enérgicamente en el Cinema Salamanca contra una película que “atentaba” contra los principios fundamentales del Movimiento y las creencias católicas españolas. Casado también aludía a una fotografía de Bueno “vistiendo la camisa azul, en un acto celebrado en la ermita del caudillo en San Fernando, muy cerca del palio, bajo el que aparecía o el jefe nacional del Movimiento o algún otro jerarca importante”. De la fotografía nada se sabe, pero aún hay algunos testigos que vieron al filósofo con la camisa azul falangista en Salamanca. Su entonces compañero en la universidad, el filósofo anarquista José Luis García Rúa, se lo encontró de esas trazas en el histórico café Novelty de la plaza mayor salmantina acompañando a Dionisio Ridruejo tras un mitin. El propio Gustavo Bueno reconoce en un artículo reciente que sus posiciones políticas “eran entonces afines a las del Movimiento, en sus corrientes más radicales”.

En 1960, se establece definitivamente en Oviedo, al ganar la cátedra de Historia de la Filosofía y de los Sistemas Filosóficos de la universidad. Gustavo Bueno siempre ha considerado a Asturias como la cuna de su idea sobre la nación española, imperialista y católica, como se puede leer todavía en el manifiesto reproducido en la guarda de contraportada de su revista El Basilisco, fundada en 1978. En esos convulsos años del tardofranquismo se produce por su parte un acercamiento desde el totalitarismo de derecha al totalitarismo de izquierdas, a la manera del viraje de otro ilustre exfalangista, Manuel Sacristán, entonces destacado comunista, con quien comparte una común aversión al liberalismo o a lo que Bueno llamaría democracia procedimental ascendente no sancionada por el Estado jerárquico.

La diferencia está en que mientras la carrera académica de Sacristán estuvo plagada de dificultades por su significación antifranquista, al igual que la de otros ilustres exfalangistas como José Luis López Aranguren o el mismo Santiago Montero Díaz, expulsados de la universidad en la depuración de 1965, Gustavo Bueno no vio puesta en cuestión su cátedra en ningún momento, ni su influencia política en los grupos de oposición fue nunca más allá de su condición de carismático polemista. Su notoriedad fue además tardía: de los dos incidentes conocidos en que se vio envuelto, el primero sucedió en 1975, en pleno conflicto chino-soviético, cuando unos estudiantes maoístas procedentes de Barcelona le tiraron a la cara un bote de pintura, protestando por, según ellos, apoyar a la URSS frente a China. El otro ocurrió dos años más tarde, en 1977, cuando un despistado grupo de extrema derecha, denominado Alianza Apostólica Anticomunista (AAA o Triple A), incendió de madrugada un todo-terreno de su propiedad en su casa de la Avenida de Galicia de Oviedo, lo que ha servido para otorgarle cierta legitimidad antifascista.

Radicalismo filosófico

De hecho, la famosa polémica entre Sacristán y Bueno, librada en 1968, no pasó de ser una disputa académica sobre el papel de la filosofía en la enseñanza y en el conjunto del saber. Gustavo Bueno basa la impresión de radicalidad de su pensamiento filosófico en su materialismo religioso, ya presente en su tesis doctoral, Fundamento formal y material de la moderna filosofía de la religión. Sus ideas al respecto le llevaron a la publicación en 1985 de su libro El Animal Divino, con el que entró en una larga polémica con el embajador Gonzalo Puente Ojea. Para Bueno, las religiones surgen en un proceso histórico y dialéctico que se inicia con el culto a los animales, mientras que para Puente Ojea nacen mediante la introspección y las preguntas que asaltaron al hombre primitivo ante el vasto mundo que le rodeaba buscando la trascendencia. Bonita polémica sobre el sexo de los ángeles entre dos ateos, como si el ateísmo fuera de por sí suficiente garantía contra toda tentación derechista.

Bueno es además el autor principal del sistema filosófico de base estructuralista conocido como materialismo filosófico, presentado no sólo como un materialismo cosmológico sino como un materialismo histórico, para el que se sirve del marxismo en la medida en que éste constituye la crítica de todo idealismo histórico y de su intento de explicar la historia humana en función de una “conciencia autónoma”. Porque el suyo es un sistema totalitario más que totalizador, a la manera de su admirado Platón, que además de anular lo individual privilegia lo lógico-epistemológico-cognitivo y desprecia tanto la ética no positiva (que considera como “metafísica” y por tanto científicamente irrelevante o mera “psicología”, lo que le ha enfrentado públicamente con Fernando Savater y José Antonio Marina) como la estética no racionalista (clasifica dentro de la “izquierda divagante” a los pintores y artistas, a los que habría que expulsar de la república ideal). Estos hechos, junto a otros tan significativos como su negativa a ubicarse en lo político (tercerposicionismo), bastarían para retratarle definitivamente, si no fuera por la afición de algunos a comulgar con ruedas de molino.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 9, JULIO DE 2010

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