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Moldavia: la maraña del país más pobre de Europa

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Moldavia: la maraña del país más pobre de Europa

Tiendas de campaña de manifestantes frente al Parlamento moldavo, en Chinisáu. Foto / Pablo Batalla.

Tiendas de campaña de manifestantes frente al Parlamento moldavo, en Chinisáu. Foto / Pablo Batalla.

Pablo Batalla Cueto / Periodista.

En el confín oriental de Europa, silenciosamente encapsulada entre sus mucho más renombradas vecinas, Rumanía y Ucrania, se encuentra la República de Moldavia, una de las quince que emergieron en 1991 de los escombros de la Unión Soviética. Su historia independiente es breve pero tormentosa, marcada por el conflicto lingüístico y étnico establecido entre la mayoría rumanófona y la comunidad rusa, globalmente minoritaria pero hegemónica en la región conocida como Transnistria, que autoproclamó en 1991, cuando comenzaron a amplificarse en el flamante país las voces que exigían la fusión con Rumanía, una independencia vigente pero no reconocida.

Privada a causa de tal mutilación de los ingresos de esa zona que concentra la mayor parte de la industria de la antigua república socialista, Moldavia es con diferencia el país más pobre de Europa, y las multimillonarias ayudas al desarrollo recibidas de vecinos caritativos son fundamentales para esta pequeña nación que, sin embargo, es la que en el mundo dedica más porcentaje de su PIB a pagar su educación pública. Hay sed de progreso en este paisito a caballo entre dos mundos, pero no unanimidad entre su población a la hora de decidir en qué manantial saciarla.

Como más o menos ha venido sucediendo en todos los países postsoviéticos, este tiene a su población dividida en prorrusos y proeuropeos. Más allá de argumentos emocionales, para unos la Unión Europea sigue brillando con el fulgor de sus fondos de cohesión, que eclipsa todo posible desencanto ante la deriva neoliberal de Bruselas y se complementa con el persistente anhelo nacionalista de la fusión con Rumanía. Para sus rivales, nada bueno deparará a Moldavia dejar de girar en la órbita moscovita, porque Rusia es el principal socio comercial del país y ya ha lanzado en el pasado advertencias de lo que podría pasar si Moldavia pide el divorcio. En 2005, el Kremlin prohibió temporalmente la importación a Rusia del afamado vino moldavo como castigo al inicio, por parte del Gobierno de entonces, de negociaciones con la UE, y desaires mayores podrían provocar, claman los prorrusos, el corte del suministro de energía que Moldavia recibe casi en exclusiva de Rusia. A la vista de este panorama, los rusistas exigen integrarse no en la UE, sino en la Unión Eurasiática formada en mayo de 2014 con el concurso de Rusia, Bielorrusia y Kazajistán.

Cinco Gobiernos en dos años

En 2014 se celebraron las últimas elecciones legislativas del país, que se plantearon como la ocasión de dictaminar definitivamente hacia qué meca orientarse. Cinco grandes partidos concurrieron a los comicios con posibilidades de ganarlos: tres proeuropeos —el Partido Liberal Democrático, conservador, el Democrático, socialdemócrata, y el Liberal— y dos prorrusos: el Partido de los Comunistas y el de los Socialistas, cuyo cartel electoral mostraba al candidato Igor Dodon conversando con Vladímir Putin y un eslogan que rezaba «Juntos con Rusia».

Moldavia, país inestable en la periferia europea.

Moldavia, país inestable en la periferia europea.

Los resultados no fueron, sin embargo, concluyentes, y dieron lugar a un Parlamento fragmentado en el que nadie tiene una mayoría clara. El partido más votado fue el socialista, pero la mayoría global resultó ser proeuropea por un margen del 7% y permitió al PLD gobernar con el apoyo de los otros partidos proeuropeos. Desde entonces, Moldavia vive en un clima de inestabilidad, con manifestaciones multitudinarias constantes y las inmediaciones del Parlamento, en Chisináu, tomadas por decenas de tiendas de campaña divididas en dos conjuntos: uno rodeado de pancartas con eslóganes prorrusos impresos en letras rojas y otro con el azul como color predominante y banderas europeas por doquier.

Los choques violentos entre ambos campistas no son infrecuentes. En las últimas fechas, sin embargo, un enemigo común ha venido a unir, siquiera provisionalmente, a los dos bandos contendientes: la corrupción, endémica en el país desde siempre pero cuya virulencia ha vivido un salto cualitativo en el último año. Desde aquellas elecciones se han sucedido al frente del atribulado país nada menos que cinco primeros ministros, con cada nuevo premier reemplazando a uno anterior tumbado por un escándalo de corrupción: así, por ejemplo, Chiril Gaburici dimitió en junio de 2015 tras ser acusado de falsificar su diploma universitario, y su sucesor después de un mes de presidencia interina de Natalia Gherman, Valeri Strelets, lo hizo en octubre salpicado por un escándalo de malversación de fondos públicos.

Dos primeros ministros después, las cosas están lejos de ser tranquilas para el actual, Pavel Filip, cuya cabeza exigen proeuropeos y prorrusos por igual debido a sus vínculos con el oligarca Vladímir Plahotniuc, impopular por su implicación en el desfalco, por parte de los tres principales bancos del país, de 2.000 millones de dólares que tuvieron que ser repuestos por el Gobierno proeuropeo para evitar el colapso económico del Estado.

Los indignados exigen al presidente de la República, Nicolae Timofti, la disolución del parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones. No parece, en todo caso, que la maraña política moldava vaya a resolverse de ese modo: el hecho de que los escándalos de corrupción hayan implicado sobre todo a proeuropeos como el propio Plahotniuc, miembro también del PLD y cuyo nombre llegó a sonar como sustituto de Strelets antes de que Timofti se decidiera por Filip, hace previsible que el apoyo a los prorrusos crezca, igualándose aún más el apoyo que ambos bloques reciben y recrudeciéndose el conflicto tras el final de esta tregua provisional.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 44, MAYO DE 2016

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