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Atlántica XXII

Paz Francés: “Las cárceles no dejaron de ser recogimiento de pobres”

Afondando

Paz Francés: “Las cárceles no dejaron de ser recogimiento de pobres”

Paz Andrés es penalista e integrante del colectivo Salhaketa. Foto / Iván Martínez.

Paz Andrés es penalista e integrante del colectivo Salhaketa. Foto / Iván Martínez.

Pese a gozar de uno de los niveles de criminalidad más bajos de la Unión Europea, España arrastra uno de los porcentajes más altos de población encarcelada. Más de 56.000 personas en 2014, de las que nueve de cada diez son hombres. La dureza del Código Penal español y la aplicación de las penas más altas en gran parte de las sentencias judiciales han provocado que el 47% de los presos cumplan condenas superiores a los cinco años de prisión, frente al 20% de Francia y el 12% de Alemania. Paz Francés es profesora de Derecho Penal en la Universidad de Navarra e integrante del colectivo Salhaketa, dedicado al apoyo y la reivindicación de unas condiciones de vida dignas para las personas presas y sus entornos. Entre sus estudios destaca La mediación penal, ¿un modelo de justicia restaurativa en el sistema de justicia penal?

Patricia Simón / Periodista.

La mayoría de las personas encarceladas en España lo están por robo o tráfico de drogas (58% del total), delitos que no suponen un peligro grave para la seguridad de la ciudadanía. ¿Qué sentido tiene entonces aislarlos?

La pena privativa de libertad no tiene como finalidad encerrar a personas que sean peligrosas para la sociedad, que sean castigadas, sino evitar que durante un tiempo cometan un delito. También está la llamada prevención general negativa, es decir, la intimidación para que las personas no delincan; así como la prevención positiva, esto es, que el cumplimiento de la norma sirva para una mejor cohesión social. Y por otro lado está la reinserción y la reeducación, el hecho de que una persona que comete un delito debe aprender a no volver a cometerlo.

Terrorismo de Estado carcelario

Pero los testimonios de muchas de estas personas evidencian que la posibilidad de terminar en prisión no les disuadió de delinquir.

Somos muchos los autores que planteamos que esa supuesta intimidación no está demostrada empíricamente. Es una falsa percepción que además reduce a las personas a un simplismo muy impropio del ser humano. La gente no se rige exclusivamente por el miedo y la intimidación. Son muchos los componentes que van a llevarle a tomar esa decisión de delinquir o también puede ser que venga sobrevenida, porque no siempre se delinque de manera premeditada. Considerar que la prisión solo responde a fines intimatorios es muy peligroso porque podría dar lugar a la previsión de penas muy elevadas, lo que vulneraría frontalmente los derechos humanos mínimos y sería terrorismo de Estado. Esto es lo que sucede ya con penas como la prisión permanente revisable (la cadena perpetua aprobada en 2015 por el Partido Popular), que es terrorismo de Estado.

Entonces, ¿para qué sirven las cárceles?

Ésa es la gran pregunta. Históricamente han servido para controlar a la población conforme a unos intereses que han variado a lo largo de las distintas etapas del capitalismo. Cuando se crearon, hace menos de 300 años, eran una forma de recoger excedente de mano de obra no cualificada que no fue absorbida por la revolución industrial. Las cárceles nacen como recogimiento de pobres y hoy no dejan de ser un poco eso. Además están los objetivos que se ocultan, que son los que han funcionado. La cárcel sirve para apartar a las personas que no son productivas, a las que se salen de lo considerado normal, y para mantener una sociedad relativamente disciplinada.

El poder punitivo se ha construido a imagen y semejanza del poder patriarcal: el sistema binario hombre y mujer reflejado en la división de la justicia penal entre buenos y malos, el funcionamiento a través del miedo y la dominación, y el ir de la mano del capitalismo. Y muchas otras de las características del patriarcado basadas en el castigo que nos impiden avanzar y plantearnos alternativas al castigo, en lugar de castigos alternativos a la prisión, como los que se aplican actualmente: la localización permanente, los trabajos para la comunidad, la multa, la inhabilitación…

¿Qué alternativas al castigo podríamos plantearnos?

Hemos pasado de 45.000 personas presas en 1995 a 78.000 en 2008. Si entendemos que esas 30.000 nuevas personas que fueron encerradas son resultado de decisiones políticas del bipartidismo que pueden ser cambiadas, porque no cumplen con ninguna de sus finalidades formales, podríamos plantearnos que se pueden rebajar muchísimo las penas de prisión. El discurso de que si desaparecen las cárceles va a haber un caos total legitima algo que no está demostrado y bloquea la posibilidad de explorar nuevas formas. Se denuesta el abolicionismo diciendo que es un planteamiento poco serio. Lo que es poco serio es mantener algo que no funciona.

El presupuesto de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias en 2014 fue de 1.122 millones de euros: 83 veces el del Plan Nacional sobre Drogas o el doble que el del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Esto sin contar con lo invertido en los 60 centros penitenciarios que se han construido desde los años noventa y que muchos están cerrados o medio vacíos. Si se invirtiera todo el dinero que ha costado tener a esas personas encerradas en dar respuesta a sus problemas (pobreza, exclusión, falta de educación, drogodependencias…) nos daríamos cuenta de que no necesitamos prisiones para solucionar lo que genera esos conflictos.

Otro elemento es avanzar hacia una justicia restaurativa, como establecía una directiva europea en 2002 que nunca fue traspuesta al derecho español: poner en el centro a las personas y los conflictos, y aplicar la mediación y la conciliación para solventarlos. Y debemos empezar a deslocalizar la justicia porque hay muchos espacios donde también se puede hacer justicia como los servicios de mediación comunitaria que no obvian los problemas de las personas. Eso favorecería que la gente no tuviera que acudir a instancias superiores.

Paz Andrés es muy crítica con la política penitenciaria. Foto / Iván Martínez.

Paz Andrés es muy crítica con la política penitenciaria. Foto / Iván Martínez.

¿Hacia qué se dirige la reinserción en el sistema penitenciario español?

Seriamente hacia nada. Las personas no tienen tratamientos personalizados, pese a que tienen derecho por ley. Son un “copia y pega” del que se aplica a todos. En nombre de la reinserción y la resocialización se han hecho las mayores atrocidades contra la dignidad del ser humano. Hay que tenerlo muy presente con los nuevos tratamientos que se están planteando, se llamen UTES o módulos de respeto. Estos modelos se enfocan en lo terapéutico, la normalización conforme a los parámetros sociales exteriores basados en unas pautas de disciplina que dan lugar a un despoje del yo civil para transformarlo en un yo institucional.

En 2015 han muerto diez personas en las cárceles españolas, cinco de ellas en la asturiana de Villabona. No se han depurado responsabilidades ni han tenido repercusión mediática. ¿Por qué siguen sin importar las muertes de los presos?

Tener encerradas a estas personas hace que no se piense en las circunstancias que les han llevado hasta allí. Tampoco ayuda a que se les acoja cuando salen. Estas muertes no importan porque las vemos como al otro según esa lógica de buenos y malos. Por tanto, si mueren no importa porque ellos son los malos. Los medios de comunicación tienen mucha responsabilidad porque si pusieran en el centro de sus noticiarios estas muertes, como lo harían si muere un niño por negligencia en el patio del colegio, nuestra percepción cambiaría. Porque esto pasa mucho. Al no haber asistencia sanitaria, sufren algún tipo de accidente y mueren a los dos días, pero se presenta como una muerte natural. Los abusos son habituales en las cárceles, pero no los van a denunciar, así sea tortura, porque van a tener que seguir viviendo ahí dentro todos los días.

Infantilización

En sus investigaciones aborda la destrucción de las personas que tiene lugar en las prisiones, cuando se supone que están ahí precisamente para reconstituirse. ¿Qué dinámicas promueven esta destrucción?

Estas personas están privadas de todos sus derechos constitucionales: la asociación, la educación, la intimidad personal y familiar… El que no puedas decidir nada, ni cocinar, ni abrir una puerta, ni encender un interruptor, ni entrar en tu celda si te encuentras mal para tumbarte… La cárcel te reduce a una infantilización bestial que atenta contra la dignidad. Pierdes visión, se degeneran los sentidos del gusto y el olfato porque los menús son muy repetitivos y no cambias de escenario para oler cosas distintas. Parece insignificante, pero te destruye. Las personas que logran recuperarse y rehabilitarse lo hacen a pesar de la cárcel y gracias a su fuerza.

¿Qué discriminaciones específicas de género sufren las mujeres en prisión?

Todas. Las cárceles no están pensadas para ellas y no impactan igual en un hombre que en una mujer. Hay varios artículos de la ley destinados a sus especificidades que, básicamente,  se reducen a la menstruación y a tener hijos, consolidando el rol reproductivo de la mujer en nuestra sociedad. Luego está la lamentable situación de los niños en prisión, donde pueden estar hasta los 3 años, pero luego no se favorece que esa madre mantenga el vínculo con su hijo. Hay muchos casos de parejas que han perdido a sus hijos por estar ambos presos.

Una de las quejas más recurrentes de los presos es que los talleres que reciben son de manualidades que no les van a servir cuando salgan a la calle.

Es parte de la infantilización por la que se reduce a hombretones y mujeronas que se han comido el mundo, que han criado a cinco hijos, a hacer un estampado o una manualidad idiota. Lo hacen para entretenerles porque si no, con el hacinamiento, los conflictos se multiplicarían. Actividades que salen muy baratas o gratis si las hacen ONG’s con muy buena intención, pero que a veces son manipuladas para que los presos hagan cuatro chuminadas.

¿Qué dice de nuestra sociedad que tengamos cárceles para adolescentes como el centro de Sograndio?

Es penoso ver cómo la rueda de la exclusión lleva a niños, que han perdido a sus padres por diferentes motivos, a ser institucionalizados por la Comunidad Autónoma para terminar en centros de reforma en la adolescencia. Es tan evidente que este modelo provoca tantas vidas rotas…

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 42, ENERO DE 2016

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